Autor: Dávila, Carlos. 
 Calvo-Sotelo, de nuevo con el Rey. 
 Felipe González: "Esta fórmula será tan inestable como las anteriores"     
 
 ABC.    11/02/1981.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Felipe González: «Esta fórmula será tan inestable como las anteriores»

MADRID (Carlos Dávlla). Mientras Leopoldo Calvo-Sotelo, candidato elegido por el

Rey, preparaba con su equipo habitual el primer borrador de sus intervenciones

en la investidura, los socialistas se reunían en Madrid en una sesión de trabajo

que si en principio tenía carácter de ordinaria (había sido fijada con

anterioridad) rápidamente se transformó en un auténtico análisis de la

estrategia que seguirán en el Parlamento cuando Calvo-Sotelo requiera la

confianza mayoritaria de la Cámara.

El candidato presidencial quiere hacer, si las primeras informaciones que se han

conocido tienen siquiera visos de aproximación, un planteamiento pormenorizado

de todos los temas de Gobierno. Un planteamiento que se ha echado en falta

escandalosamente en el Congreso centrista, donde la selva estatutaria no ha

dejado ver el bosque de crisis que envuelve la nada gratificante realidad del

país. Calvo-Sotelo ha pedido a todos los Ministerios bocetos y síntesis de sus

programas actuales y de las situaciones concretas y sectoriales. Es posible, por

tanto, que, obligado por la propia dinámica de la investidura, y también por su

interés en marcar distancias con el escaso protagonismo que su antecesor, Adolfo

Suárez, tuvo en el precedente constitucional, las intervenciones del candidato

sean continuas y hasta beligerantes. Se tiene el criterio de que es mejor

marchar por delante y diferenciar las posiciones partidistas, que ir, como hasta

ahora ha sucedido, a remolque de las pretensiones socialistas, pretensiones,

dicho sea de paso, que esta vez tendrán un objetivo inicial: conocer si el

desencadenamiento de la crisis se ha derivado de la interna que ha sufrido UCD.

CRISIS DE LA «FOMULA UCD»

Este fin, confesado ayer en rueda de Prensa por el secretario general, Felipe

González, conformará la estrategia de la oposición e incluso el nivel del tono y

formas dialécticas que los socialistas utilicen en el debate. Felipe González no

quiso a este respecto revelar ninguno de los detalles que componen la táctica de

su partido para conseguir el rechazo de la Cámara al programa esbozado por el

candidato. El secretario general del PSOE piensa particularmente que se va a

formar un Gobierno más conservador que los precedentes, aunque no cree en que el

partido gubernamental haya entrado, tras su frustado Congreso, en un proceso

general de «derechización». «Pero —se preguntó al líder de la oposición-- ¿qué

es lo que se puede derechizar aquí?», y anadió: «Porque este país no es

Portugal, donde la Alianza Democrática recogió la voz de una derecha que había

sufrido unas nacionalizaciones rápidas, algunas sin indemnización.»

Calvo-Sotelo está, al parecer, decidido a continuar protagonizando la dirección

de la economía.

Es muy posible por ello que el PSOE utilice una mayor carga política para

oponerse a la elección del candidato; no querrá, quizá, entrar en la dinámica de

una discusión que por su incidencia en aspectos esencialmente financieros pueda

resultar aparentemente una repetición de la habida en la cuestión de confianza

de septiembre.

ESTABILIDAD AL PROCESO

Felipe González ha dicho con firmeza que respeta «absolutamente» la decisión

real,

pero al tiempo se ha ratificado en que «esta fórmula será, al menos, tan

inestable como la que le ha precedido». «Es justo preguntarse —expuso— si lo que

está en crisis no es la propia fórmula de UCD.» Al margen de la razón que pueda

tener el líder de la oposición en su hábil reflexión, debe constatarse que sus

declaraciones de ayer no arrojaron demasiada luz sobre su propio proyecto de

Gobierno. Los socialistas no han querido anunciar cuál hubiera sido el método,

el sistema y la forma que hubieran elegido para componer una mayoriá

parlamentaria estable, caso de que él Rey les hubiera ofrecido la formación del

Gabinete. Felipe González respondió a una pregunta sobre este tema con una

insuficiente evasiva: «Aquí nunca nadie ha despreciado un voto, viniera de donde

viniera. Si nosotros hubiéramos recurrido a ellos, a estas horas estaríamos

sumando todos los escaños sumables desde un punto de vista lógico; los votos

que, en resumidas cuentas, pueden salir de donde están.»

Parecía aludir con esta sugerencia a las voluntades de los centristas de origen

social-demócrata que, dirigidos por el ministro Fernández Ordóñez, han mostrado

su inclinación, en algún concreto instante, a ofrecer apoyos a tos socialistas

«si alguien rompe el partido».

LOS COMUNISTAS, RADICALES La incidencia de los socialistas en la estabilidad es,

por otra parte, un arma arrojadiza que con toda seguridad manejarán

delicadamente para cuestionar la factibilidad y el propio éxito del Gobierno

Calvo-Sotelo. Tiene razón Felipe González cuando apunta castizamente «que el

país no está para bromas» y «que si en septiembre se nos aseguró que aquél era

el mejor Gobierno posible y ha fracasado, ¿qué se nos va a decir ahora?». Sin

embargo, su actitud política en esta ocasión se fundamenta en una dosis de

apriorismo que, curiosamente, se apresura a negar y lo hace a pesar de que

reconoce, por otro lado, «que tampoco un Gobierno de coalición hubiera sido

conveniente; en ese caso será mejor apelar a las urnas». Desechada, pues, esta

unión de coyuntura y muy poco esclarecida la oferta socialista, parece que la

mejor posibilidad, si no la única, es la que va a intentar Calvo-Sotelo. La

izquierda aparecerá nuevamente conjuntada en la investidura para poner en

fuertes aprietos a) candidato. Los comunsitas confesaron ayer con estrépito que

«harán una oposición radical en et Parlamento y en la calle». A nadie debe

extrañar tal amenaza si se tiene en cuenta que Carrillo, criticado en su partido

y descompuesto políticamente, tiene que recuperar de aquí a mayo (fecha del

Congreso del PCE) su imagen de dureza y su credibilidad interior. Y esto, aunque

sea a costa de contribuir aún más al desequilibrio social del país. Carrillo

sigue, una vez más, su vieja receta pseudo-rrevolucionaria: «Cuanto peor,

mejor.»

 

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