Autor: Gutiérrez, José Luis. 
   Claro, Calvo...     
 
 Diario 16.    19/03/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

GRITOS Y SUSURROS

Claro, Calvo...

¿ CUAL fue la característica principal de la intervención de Leopoldo ayer en el

discurso de investidura? Hubo muchas, la verdad, lector. Fue una intervención

con claridad seria, sin sobresaltos, pero también sin complejos, realista,

valiente en algunas cosas... e inequívocamente de derechas. Como debe ser en tan

significado vocero, por otra parte. Y, como decía Felipe González, enseñando

solamente la patita. Es decir, que se ha dejado multitud de enfoques y

argumentos para el debate de hoy que Leopoldo ha ensayado hasta la saciedad,

respondiendo a las más inverosímiles preguntas y utilizando «sparrings» que han

representado «papeles» socialistas, comunistas, vascos y demás.

Quizá la parte más espectacular del discurso haya sido la referente al

presidente Suárez. No ha hecho la menor concesión a Adolfo. Cinco escuetas

líneas de reconocimiento para, acto seguido, desprenderse, casi con fría

crueldad, del lastre suarista, como uno de esos depósitos de combustible vacíos

e inservibles que, una vez usados, abandonan en el espacio los «Soyuz» y los

«Apollo». «Con su retirada termina la transición», y «creo que puedo inaugurar

una etapa nueva», son dos de las frases más elegantemente despiadadas de todo el

discurso, surgidas de la intención y el ánimo de José Pedro Pérez Llorca, uno de

los hombres clave del «entourage» del candidato.

Y hablando de Pérez-Llorca, especialmente sensible ha sido la izquierda a la

parte internacional de la intervención (Tamames: «Creí que iba a hablar de la

bomba de neutrones.»), la innecesaria mención a la Unión Soviética y la promesa

formal de preparar el ingreso en la OTAN.

Y ahora les voy a contar una graciosa anécdota de hemiciclo. Ya saben ustedes

que Bandrés y Blas Pinar, ambos instalados en los escaños del grupo mixto,

mantienen unas exquisitamente educadas relaciones, a pesar de las abisales

distancias ideológicas y políticas que separan a ambos. Ayer, los dos

mantuvieron el siguiente diálogo, en presencia de sus vecinos:

B.P. — Oye, Juan Mari, ¿de cuántos minutos disponemos nosotros para intervenir

mañana?

J.M.B. — Cuatro minutos cada uno, Blas, con posibilidad de ampliarlos a cinco...

B.P. — Bueno, suficientes. Total, para decir «no» y «vete a la mierda» me sobra

tiempo...

Bonito, ¿no?

 

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