Hasta el lunes     
 
 El País.    21/02/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Hasta el lunes

El FRACASO de Leopoldo Calvo Sotelo para conseguir su investidura como

presidente del Gobierno por mayoría absoluta en la primera vuelta no es una

manifestación de incapacidad personal del candidato, sino un indicio del cambio

de rumbo emprendido por Unión de Centro Democrático a partir de la dimisión,

todavía politicamente inexplicada, de Adolfo Suárez. Digamos a este respecto que

la embarullada y encrespada tentativa de Agustín Rodriguez, Sahagún de presentar

corno la quintaesencia de la vida democrática la renuncia del presidente en

funciones confundió los aspectos formales del trámite de dimisión, apenas

regulados por la Constitución, con su significado político.

Unión de Centro Democrático logró para su candidato la mayoría absoluta (183

votos) en la sesión de investidura de marro de 1979 y esbozó, en el Pleno de la

confian/a de septiembre, un pacto implícito de legislatura con la Minoría

Catalana, a fin de permitir que Adolfo Suárez alcanzara por segunda vez la

mayoría absoluta, esta vez, con 180 votos. No cabe olvidar que el Grupo

Parlamentario Centrista no tiene por sí mismo tal mayoría absoluta (actualmente

sus 165 diputados ocupan el 47,147 de la Cámara baja), y que sus sufragias

populares en marzo de 1979. potenciados parlamentariamente por una ley electoral

que le resulta favorable, representaron el 34,33% de los votos emitidos y el

23.35% del censo. Y tampoco parece ocioso recordar que, a lo largo de 1980, el

espectacular revés de UCD en el referéndum andaluz, los resultados de las

elecciones a los parlamentos vasco y catalán y el patético naufragio centrista

en los comicios parciales para el Senado en Sevilla y Almería han mostrado una

firme tendencia u la baja del respaldo popular al partido gubernamental.

Ante ese panorama, la voluntad de Leopoldo Calvo Sotelo de recibir un suspenso

en la prueba de investidura por mayoría absoluta (169 votos a favor, 158 en

contra y 17 abstenciones) y de resignarse a conseguir el nombramiento de

presidente del Gobierno en segunda vuelta y por mayoría simple, aunque impecable

desde un punto de vista juríídico-constitucional, ya que el artículo 99 asi lo

permite, podría parecer, en una perspectiva propiamente política, una decisión

bastante arriesgada y algo arrogante. Si Adolfo Suárez buscó con denuedo la

mayoría absoluta para su investidura cuando todavía estaban calientes los

resultados de las urnas de mar/o de 1979 y si en septiembre de 1980 el entonces

presidente del Gobierno trató de ampliar sus apoyos parlamentarios, cabria

considerar casi como un despropósito que tras los movimientos sísmicos que

hicieron temblar a UCD desde el pasado verano, y que culminaron en la enigmática

crisis del 29 de enero, el candidato centrista no tenga reparos en aceptar como

normal su investidura minoritaria. Actitud esta tanto más sorprendente cuanto

que Leopoldo Calvo Sotelo se ha jactado de su firme propósito de llegar

incólume, aunque sea a trancas y barrancas, a las elecciones previstas para

marzo de 1983.

No se trata, empero, de una decisión personal del candidato, sino de una opción

estratégica adoptada por su partido, que se ha inclinado por la fórmula del

Gobierno monocolor con respaldo minoritario en el Congreso, todavía más

minoritario si se traducen los escaños en sufragios populares, como consecuencia

de un análisis de la situación política general. De un lado, la moción de

censura presentada por el PSOE en mayo de 1980 puso de relieve las casi

invencibles dificultades que la actual relación de fuerzas parlamentarias crea

para que Felipe Gonzalez, llegue a formar Gobierno sin nuevas elecciones. Las

esperanzas puestas por los socialistas en una eventual ruptura de UCD, única

posibilidad de que se abriera paso una fórmula alternativa, se han mostrado

hasta ahora vanas, y no parece probable que lleguen minea a pasar del estadio de

las ilusiones infundadas Los criticos se consideran moralmente triunfadores del

congreso de Palma, los suaristas y martinvillistas se han enmadrado en el

aparato del partido y los socialdemocrata no terminan de romper el cordón

umbilical con el poder, les trate éste bien, regular o mal. De otro lado, el

generalizado temor de todos los partidos a unas elecciones anticipadas, al menos

antes del próximo otoño, concede un considerable espacio de maniobra a UCD y se

convierte en la clave de arco o del semirruinoso edificio del Gobierno monocolor

y minoritario.

Por lo demás, también resulta posible aventurar otras hipótesis, más

problemáticas pero plausibles, acerca de la estrategia centrista. Por ejemplo,

la deriva hacia la derecha de UCD podría permitir a Leopoldo Calvo Sotelo contar

con una mayoría de hecho en el Congreso, que no sería otra que la forma incoada

de esa gran derecha que propugnan destacados líderes, tanto de Alianza Popular

como del partido gubernamental. A este respecto, el silencio de Leopoldo Calvo

Sotelo ante la intervención de Manuel Fraga puede tener una interpretación que

no sea la de su condenatorio disgusto por el tono mitinero, demagógico y

ligeramente energuménico del discurso del líder aliancista. Es lógico que a

Manuel Fraga le moleste, e incluso le encolerice, la falta de formalización

pública en pactos de legislatura y en acuerdos futuros de carácter electoral o

gubernamental, del rumoreado tacto de codos entre UCD y Coalición Democrática,

ya que quien aspira a una boda solemne y con invitados difícilmente puede

conformarse con un noviazgo vergonzante y clandestino. Pero también se comprende

que Leopoldo Calvo Sotelo prefiera a las marchas nupciales con Fraga, que le

pueden crear serios problemas dentro de UCD, los acuerdos de hecho con Coalición

Democrática, que le permitan aprobar su programa legislativo con sus votos, pero

sin pactos de legislatura. Tras los sufragios favorables al candidato de

Areilza, Osorio y Senillosa, el berrinche de Fraga parece más bien una explosión

de.su irascible carácter que una decisión con futuro, ya que, quiéralo o no, se

verá obligado, por la lógica de los hechos, a sumarse, en un plano subordinado,

a esa deriva hacia la derecha del grupo centrista, al que no le faltarán tampoco

los votos de la Minoría Catalana y del PNV en el desarrollo de su política

económica y exterior.

 

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