Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   "Gobernar es elegir"     
 
 Diario 16.    23/02/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 20. 

PEDRO J. RAMÍREZ

«Gobernar es elegir»

"Una de las mejores

cosas que podrían decirse de la etapa que ahora inicia Calvo-Sotelo es que

sirvió para que los socialistas llegaran al poder en un clima de consolidación y

asentamiento "

ESTOY convencido de que si Suárez hubiera afrontado su investidura de marzo

del 79 con el mismo talante con que lo ha hecho Calvo-Sotelo ahora, la salud

de la nación no sería en estos momentos tan mala. No se trata de hacer leña del

árbol caído, pero lo ocurrido la semana pasada en el Congreso constituye todo un

alegato, por la vía del contraste, frente al comportamiento del hasta ayer

inquilino de la Moncloa.

Si no existiera ya este elemento de referencia, podría haber quedado flotando en

el ambiente la queja lastimera de un Adolfo Suárez capaz de denunciar en

televisión las «descalificaciones globales» de que había sido víctima por parte

de la prensa. Quienes veníamos escribiendo desde hace más de dos años que su

gran defecto —compendio de todos los demás— era su incapacidad de entender la

entraña de lo que significa gobernar en democracia, podremos, sin embargo,

añadir a partir de ahora un ejemplo de lo que queríamos decir, extraído de las

propias filas de UCD.

Desprovisto del carisma personal de Suárez y desprovisto también de su bagaje

histórico como ingeniero del tránsito, Calvo-Sotelo ha tenido el acierto inicial

de asumir exactamente el papel que la Constitución asigna al candidato a jefe de

Gobierno. Su planteamiento no ha sido el del «heredero del imperio» que se

limita a tomar posesión de cuanto patrimonialmente se le transfiere, sino el de

un hombre realista y pragmático que pide ayuda a las distintas instituciones y

estamentos para intentar arreglar algunas cosas con . medios ciertamente

limitados.

«Democracia valiente»

Calvo-Sotelo es consciente de que cuanto más avancemos en la consolidación de la

democracia, mayor será la dispersión del poder y no va a caer, por tanto, en el

error de su antecesor, que pretendió seguir mandando como si aún existieran los

márgenes de discrecionalidad propios del sistema que él mismo había dinamitado.

El nuevo presidente se da cuenta de que la alta magistratura que a partir de

esta tarde encarnará, no es sino parte de un detallado engranaje de equilibrios

y controles en el que cada pieza debe cumplir una función concreta y limitada.

Todo parece indicar que Calvo-Sotelo está dispuesto a potenciar el Consejo de

Ministros como órgano colegiado, a respetar la autonomía democrática del partido

que le ha elegido y a rendir cuentas periódicas, tanto a través del Parlamento,

como a través de la prensa, cuantas veces sea preciso. Gobernará mal o bien, se

equivocará mucho o poco, pero no creo que tengamos que perseguirle con la

escopeta cargada para que cumpla con su obligación. ´

«Gobernar es elegir», dijo al comienzo de la exposición con que se abrió su

maratoniano y agotador examen de tres días. Esta frase, que al final le hará

desembocar en el concepto de «democracia valiente», deberla quedar grabada en el

frontispicio del palacio de la Moncloa; por si alguna vez vuelve a habitarlo

alguien imbuido de la alucinación suarista de hacer todas las políticas a un

tiempo con el ánimo de contentar a todos a la vez.

Estoy seguro de que a Calvo-Sotelo jamás se le ha pasado por la cabeza el

delirio de los ciento siete años.

Sabe, por el contrario, que su mandato es perecedero y que probablemente será

corto. Por

eso, creo que conseguirá concluir la legislatura: sólo quien se considera

inmarcesible puede permitirse el lujo de la inmovilidad y la parálisis; cuando

nos sentimos presionados por el vencimiento de unos plazos es, en cambio, cuando

mayor actividad desplegamos y es, precisamente, en esa actividad en la que se

asientan las bases, primero de nuestra supervivencia, después de nuestro

desarrollo.

La «homologación occidental de España»

El país está mucho más vivo, mucho más deseoso de ponerse en marcha de lo que la

presente atonía puede sugerir. Hacía falta que se le marcara un rumbo claro y

ahora ya lo tiene. Calvo-Sotelo ha «elegido» un plan de prioridades que todo el

mundo entiende: desarrollo de la energía nuclear; incremento de la productividad

estimulando la recuperación empresarial; plan de lucha contra el paro pactado

con la patronal y las centrales; control de la inflación mediante la reducción

del déficit público; ingreso en la CEE y la Alianza Atlántica, culminación en

dos años del proceso autonómico.

Si exceptuamos el último objetivo, genuinamente relacionado con nuestro tránsito

político, todos los demás podrían englobarse bajo el rótulo de la «homologación

occidental de España». Todas las democracias atlánticas han apostado

decididamente por las centrales atómicas, basan en recetas neoliberales su

estrategia de recuperación económica y tratan de perfeccionar sus "mecanismos de

seguridad frente a la amenaza del bloque soviético.

Nadie con un cierto sentido del equilibrio considera en Europa o los Estados

Unidos que ésta sea una política «reaccionaria», y si en algunos casos le cuadra

bien la etiqueta de «conservadora» es porque se habla de países que desde hace

al menos cuatro décadas han asentado en esos mismos parámetros políticos una

tradición de estabilidad y bienestar que sus ciudadanos quieren lógicamente

«conservar».

No es este el caso de España, y de ahí que la única personalidad occidental

expresamente aludida por Calvo-Sotelo durante el debate no haya sido ni la

Thatcher, ni Reagan, sino el presidente de la Internacional Liberal, Gastón

Thorn.

Quienes interpretamos los acontecimientos políticos para el hombre de la calle

tenemos que intentar liberarnos del maniqueismo apriorista que los actores del

retablo utilizan para descalificar a sus competidores. Si las propuestas de

Calvo-Sotelo funcionan, no serán «conservadoras» sino «progresistas», porque

ayudarán a «progresar» a una colectividad atrasada y aturdida. Tan falsa como la

idea del ocaso de las ideologías es la pretensión de analizarlo todo en función

de un calidoscopio ideológico compuesto de inamovibles clichés. No le faltaba

razón al candidato cuando alegó que hay veces en que las soluciones no son ni de

izquierdas ni de derechas, porque son simplemente soluciones.

Más la «despensa» que la «escuela»

Esta defensa del afluente de esperanza que significa la investidura de Calvo-

Sotelo resultaría, sin embargo, tan incompleta y tendenciosa como la mayoría de

las crtícas formuladas en su contra, si no advirtiera que, junto al bienestar

material y la estabilidad política existe otro atractivo horizonte de progreso

en el que el candidato apenas si ha incidido. Me refiero al ámbito de las

libertades públicas, derechos humanos y garantías individuales: las reglas del

juego que aseguran, en suma, la justicia redistributiva del sistema, por la vía

de la igualdad de oportunidades.

Está claro que de las dos obsesiones de Joaquín Costa a Calvo-Sotelo le preocupa

mucho más la «despensa» que la «escuela». Mucho me temo que, al cabo de casi

ocho años de crisis económica, ése sea también el estado de ánimo de la mayoría

de los ciudadanos. Y, sin embargo, no será posible palpar un verdadero

«regeneracionismo» español hasta que ambos planos vayan acompasados y el hombre

de la calle perciba una estrecha realción entre la vigencia de un sistema de

libertades y la mejora de su calidad de vida.

Aunque pueda alegarse que estemos ante un círculo vicioso, la historia demuestra

que la democracia es al final un asunto de elevada renta per cápita y baja tasa

de inflación. De ahí que me parezca que una de las mejores cosas que podrían

decirse de la etapa que ahora inicia Calvo-Sotelo es que sirvió para que el

Partido Socialista llegara al poder en un clima de consolidación y asentamiento.

El diálogo entre el candidato y Felipe González en la última sesión del debate

sirvió para demostrar que de los intentos que hagan ambos pueden surgir

beneficios para España y que ninguna de las dos alternativas va a producir ya

niveles de crispación insoportables en aquellos electores que se sientan más

identificados con la otra. Lo ideal sería que al cabo de dos décadas pudiéramos

girar la vista atrás y contemplar diez años de hegemonía socialista,

entreverados en otros tantos de hegemonía centrista.

Y lo ideal sería, también, que cualquier correctivo a este esquema de turnismo

bipartidista llegara a través de opciones intermedias como las minorías

nacionalistas o el tan traído y llevado partido-bisagra. Lo que ha demostrado

este debate es que ni Carrillo ni Fraga tienen absolutamente nada que aportar a

la sociedad española, sino agresividad e intolerancia. El gastado líder

comunista no ha podido recuperarse del duro golpe que para su solidez dialéctica

ha supuesto el desenlace del congreso del PSUC, por la sencilla razón de que su

eurocomunismo jamás fue un planteamiento activo. Fraga nunca podrá ser otra cosa

sino un acendrado ególatra —tan brillante como soberbio—, incapaz de distinguir

entre su propia conveniencia y la de la nación. Tal y como ha quedado subrayado

por la enérgica pero civilizada reacción del conde de Motrico, su comportamiento

en esta encrucijada ha perjudicado notablemente los intereses y anhelos de sus

electores menos exaltados.

Ordóñez y Rosón

Todo indica que Calvo-Sotelo va a redondear la imagen de eficacia proyectada en

el Parlamento, mediante un rápido anuncio de la composición del nuevo Gobierno.

Su armazón básico será, al parecer, el mismo del Gabinete hasta hoy en

funciones, sin duda el mejor de los constituidos por Suárez. Desde esta

perspectiva de continuidad en lo positivo, sería muy aconsejable el

mantenimiento en sus actuales cargos de Fernández Ordóñez y Rosón, dos ministros

muy controvertidos en los últimos días desde perspectivas diferentes.

Sería decepcionante que el nuevo Gobierno alterara algún aspecto sustantivo de

la ley de Divorcio, obligando así al ministro de Justicia a dejar el puesto.

Retoques técnicos al margen, el actual proyecto supone una importante conquista

para la libertad individual de la que sería muy triste retroceder. Esto no

significa, naturalmente, que los periódicos debamos ocuparnos cada uno de los

trescientos sesenta y cinco días del año de lo que hará el Gobierno con relación

al divorcio, pues si bien es cierto que, quien más quien menos, todos hemos

pensado en nuestros woodyallenescos «sueños de seductor», en usar dicha

posibilidad legal al menos con una docena de mujeres diferentes, luego la

realidad nos indica que son otros los problemas que le agobian a la gente.

Sé que no es popular defender a Rosón en un momento como éste, pero me permite

hacerlo el hecho de escribir en un periódico que desde el mismo día que publicó

la muerte de Arregui llamó a las cosas por su nombre y exigió implacables

acciones legales contra los implicados. Nadie puede negar que un ministro es

políticamente responsable de los actos de sus subordinados y que en cualquier

país normalizado su cese habría llegado de manera automática. Pero en nuestro

caso cabe formular dos interrogantes que inciden y modifican esta regla general.

¿Qué hubiera ocurrido con nuestra infraestructura de seguridad interior de no

mediar en las difíciles horas del martes y miércoles la mano de hierro con

guante de seda de Juan Rosón? ¿Existe otra persona en mejor situación que él

para llevar a cabo la imprescindible reforma de la Policía con la máxima

celeridad y la mínima pérdida de eficacia posibles?

 

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