Ante los segundos cien días     
 
 Diario 16.    05/06/1981.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Ante los segundos cien días

Si Adolfo Suárez hubiera contado ante el Pleno del Congreso la historia de

«Antonio Luis» y sus relaciones en Perpiñán con el «número uno», la nación

estaría dividida entre quienes no le habrían creído una sola palabra desde el

principio y quienes argumentarían que sólo un presidente que no habla idiomas

puede cometer la torpeza de explicar una película que luego la Policía termina

considerando falsa.

Tratándose de Calvo-Sotelo, la reacción ha sido la contraria. En un principio

las palabras del presidente sonaron verosímiles a la opinión pública y a la

propia clase política. Luego, en medio del chasco colectivo que supone asumir la

idea de que «El Rubio» engañó a la Policía, nadie ha criticado su precipitación

al transmitir lo que sabía.

El factor que diferencia a ambos personajes no es otro sino la credibilidad,

fielmente reflejada en las encuestas de opinión: mientras su partido se

encuentra en una auténtica sima de impopularidad, el jefe del Gobierno, como ser

humano, merece un creciente respeto a los ciudadanos.

Tal vez ésta sea la gran clave de los cien días transcurridos desde su

investidura: Calvo-Sotelo no despierta ningún tipo de fervores carismáticos,

pero con su talante de hombre serio, trabajador y hasta poco ambicioso, en el

sentido más voraz del término, está logrando devolver un aura de dignidad a la

alta magistratura que encarna.

Sus primeros tres meses han supuesto, pues, un ingrediente de estabilización del

sistema, al que de manera decisiva ha contribuido la serenidad y sensatez de

socialistas y comunistas.

Y no se ha tratado solamente de una cuestión de gestos —que también tienen por

cierto su importancia iconográfica—, sino que hay que reconocer que el balance

de estos cien días incluye una mayor definición de nuestra política exterior y

de seguridad, un importante esfuerzo por aplicar el sentido común a la política

autonómica y hasta el balbuceante inicio de una disposición a asumir la lucha

contra la crisis económica desde una perspectiva de Estado.

En el otro platillo de la balanza pesa la atmósfera medrosa y pusilánime, creada

al conjuro de los fantasmas del terrorismo y el golpismo, en la que se inscriben

desde trágicos abusos de poder como el suceso de Almería hasta discrecionales

violaciones de la libertad de expresión como la padecida hace muy poco más de un

mes por DIARIO 16.

A juzgar por la desaparición de la palestra pública de temas de debate propios

de cualquier democracia avanzada, no parece sino que el espectro político se

haya desviado de tal forma que Calvo-Sotelo sea la izquierda, Tejero la derecha

y Manuel Fraga haya recuperado al fin todo su centro perdido.

La única manera de devolver la normalidad a nuestra vida democrática es

clausurando por la vía legal el incómodo interregno abierto el 23 de febrero. Ya

se han escuchado las primeras voces llamándole a la impunidad «amnistía» y sin

duda en el otoño habrá quienes desde una posición timorata y pusilánime

particpen de ese coro, ignorando que un mal parche de ese estilo vaciaría de

credibilidad moral, no ya a los gobernantes, sino al propio sistema en su

conjunto.

Por eso pensamos que si los primeros cien días de Calvo-Sotelo han servido para

salir del bache, los siguientes cien días han de devolver su pulso natural y

espontáneo a la política española, poniendo cruz y raya al «tejerazo» con la

sentencia judicial correspondiente.

 

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