Autor: Gutiérrez, José Luis. 
 Cara a cara; Calvo-Sotelo hace balance de su año y medio de gobierno, en declaraciones exclusivas a José Luis Gutiérrez. 
 Los últimos días de un presidente     
 
 Diario 16.    17/10/1982.  Página: 1-4. Páginas: 5. Párrafos: 106. 

Diario 16/17-octubre-82

CARA A CARA

Calvo-Sotelo hace balance de su año y medio de gobierno, en declaraciones

exclusivas a José Luis Gutiérrez

Acaso sea la inminencia de su relevo —apenas dos meses le quedan de permanencia

en la Moncloa— lo que ha convertido a Calvo-Sotelo en un personaje

inesperadamente distendido y hasta sonriente, como demuestra esta rara

entrevista que el presidente del Gobierno mantiene con José Luis Gutiérrez. Los

últimos días de un presidente que accedió a la más alta magistratura ejecutiva

de la nación, no por el mandato de las urnas, sino por la complicidad fortuita

de los hados, se desgranan, pausadamente, bajo los plátanos otoñales de palacio.

Es el Leopoldo de siempre, aparentemente rígido, agudo, con un humor sutil, de

porcelana, no siempre perceptible. El tuteo fluye con naturalidad en la

conversación —que a veces se tensa imperceptiblemente por las aristas de una

pregunta—, aunque la dignidad del cargo reclame el «usted» presidencial para las

transcripciones.

LOS ÚLTIMOS MAS DE UN PRESIDENTE

La Moncloa es un palacete minúsculo, casi una bombonera. Apenas, en su planta

baja, hay lugar para el despacho presidencial y el de ayudantes, junto al del

imprescindible Luis Sánchez Merlo, responsable de rotos y descosidos.

El amplio hall de las columnas, la decoración recargada, de saloncito galante,

espejos, cornucopias y panes de oro. En un ala, el despacho que construyera para

sí el anterior inquilino, Adolfo Suárez, una estancia «rupturísta» en relación

con el resto del edificio, fría, vacía, «ejecutiva», geométrica. En la planta

superior, la vivienda presidencial, y poco más.

Silencio, soledad y cada cosa en su sitio, salvo una gigantesca fotografía en

color, de más de dos metros, del inquilino de la casa, arrumbada en una esquina,

leve toque surrealista, como un decorado abandonado por Fellini.

Estamos, obviamente, en campaña, y hasta la casa del presídante se contagia de

estas juveniles y ajetreadas provisionalidades, de urgencia y desórdenes

electorales.

Llega el presidente. Ciertamente, Calvo-Sotelo es codiciada presa para los

victimarios de la Nikon; el ensayo de Susan Sontag, «On photography», debería

incluir el «paradigma Leopoldo» en la abultada casustica de impotencias y hasta

de injusticias acreditadas a la fotografía como arte y como testimonio. La

semántica de las lentes no es aún un lenguaje suficiente como para retratar los

espíritus, o al menos espíritus tan refinados como el de Leopoldo.

La apresurada fisonomía que de él conservamos es la de su impavidez de cera, de

museo, la inmovilidad de «ninot», la expresión inconfundible: la frente, surcada

por anguladas arrugas en delta, como acentos circunflejos; el ceño, levemente

fruncido, como el entrecejo de un Citroen. Arrugas que acaso traduzcan una suave

soledad, un tenue infortunio. Detrás, sin embargó, está el Leopoldo auténtico,

su sarcasmo de muchos quilates, ese raro humor anglogalaico, no siempre

perceptible la cordialidad atisbada y distante, una inesperada ternura y su muy

bien disimulada timidez para desmentir el estereotipo de un Leopoldo inerte,

hierático, de hombre de hielo, ya con un pie en el estribo.

Hablamos ante la presencia silenciosa de Sánchez Merlo y los jadeos de fumador

exagerado de Ignacio

Aguirre. El diálogo —no sé si a causa de la inminencia del relevo— tiene lugar

con un presidente inesperadamente jovial y desinhibido. El tuteo fluye con

naturalidad en la conversacioón —que a veces se tensa ante las aristas de una

pregunta—, aunque la dignidad del cargo reclame el «usted» para las

trascripciones.

J. L. G. - Yo percibo una cierta sensación de soledad en usted, señor

presidente, en este ámbito, y en este momento...

C.S. — Se me ocurren dos reflexiones. La primera, que el que manda está siempre

solo a la hora de decidir, la soledad acompaña casi siempre a las personas con

responsabilidades importantes.

(Aquí el presidente recurre a una de sus debilidades: la cita erudita. El tumo

en esta ocasión corresponde a Vigny, cuando habla de Moisés, «poderoso y

solitario».

La segunda parte de la respuesta —añade— se refiere más a mi circunstancia

concreta. Dentro de un partido como UCD, en el que siempre ha habido corrientes,

yo nunca he pertenecido a ninguna de ellas. Sólo he sido de UCD y desde 1977. Y

me tocó hacer el papel —ya he hablado de ello otras veces— del clavillo del

abanico que sujeta a todas las varillas.

La función que me correspondió me impedía formar parte de cualquiera de aquellas

varillas.

J. L. G. — Quizá en estas circunstancias, la proximidad del relevo, etcétera,

acentúe esta soledad consustancial al poder. Pero, siendo Calvo-Sotelo el

presidente de Gobierno, que, sin embargo, aparece en las listas de su partido en

el número dos del «ranking», ¿no podría decirse que es usted un político que no

presenta batalla, muy proclive a las abdicaciones, a las renuncias?

C.S. — Decir eso de quien tiene la trayectoria personal y política que yo tengo

no parece que sea sostenible. Yo no he dicho nunca que no, a nada. He aceptado

los retos como me han ido viniendo, con responsabilidad. Para citar sólo

algunas: he sido ministro de Comercio, ministro de Obras Públicas, portavoz

parlamentario, ministro de las Comunidades, vicepresidente económico y

presidente del Gobierno...

Esta historia responde, yo creo que negativamente, a esa pregunta. No he dejado

nunca sin atender un reto.

Habilidad

J- L. G. — Yo creo, presidente, que tiene usted una habilidad realmente

diabólica para revestir los hechos con las interpretaciones más convenientes a

su propio interés personal y político.

C.S. — Nunca me habían dicho esto. Lo que yo sé desde hace mucho tiempo, y saben

los hombres nada menos que desde Hornero, es que las cosas están hechas para ser

contadas. Por tanto, soy bastante fiel a esa norma de dar mi propia versión de

los hechos...

J. L. G. — Pero con una enorme habilidad; el presidente es un gran narrador.

C.S. — Agradezco lo que haya ahí -de elogio, pero no lo creo. Yo procuro

hablar con sinceridad y con precisión.

J. L. G. — Creo que vamos a tener ocasión de comprobar todo esto ahora. Por

ejemplo el presidente Calvo-Sotelo tiene fama de haber pronunciado frases que

con el tiempo han resultado inoportunas.

2

Gutiérrez — Percibo una cierta sensación de soledad en este ámbito y en este

momento...

Calvo-Sotelo -- E1 que manda está siempre solo... En UCD me ha tocado hacer el

papel del clavillo del abanico que sujeta todas las varillas

Gutiérrez — Usted tiene fama de pronunciar frases de una notable inoportunidad.

Calvo-Sotelo — Tengo, desde niño, una gran vocación literaria —frustrada— y

reconozco una cierta

satisfacción cuando se me ocurre una frase especialmente aguda.

Guitérrez — A pesar de haber contado con unas condiciones irrepetibles, los

resultados de su gobierno no han estado a Ja altura histórica que podía

presumirse...

Calvo-Sotelo — Eso no se tiene en pie. Yo recibí la presidencia en peores

condiciones que nadie

durante el último medio siglo de historia de España.

C.S. — Hombre, no. Lo que si puedo haber tenido es una cierta tentación por la

frase... Probablemente —si se me anima a una confesión, a un análisis

introspectivo—, porque yo tengo desde niño una gran vocación literaria,

frustrada, pero viva, que tengo una cierta satisfacción cuando se me ocurre

alguna frase especialmente gráfica, certera o aguda. Creo que a los periodistas

o a los escritores les ocurre algo parecido. Es cierto que circulan por ahí

ciertas frases que yo he dicho y a las que se ha atribuido un significado que no

tienen. ¿Inoportunas?

Me resisto a creerlo. ¿Gafes?, la expresión no me gusta. Más vale que no

aparezca en la entrevista...

Frases...

J. L. G. — No, me refiero a ciertas frases que si el presidente tuviera ocasión

de hacer girar la movióla, posiblemente no las hubiera repetido. Por ejemplo,

cuando el «frenazo» de Giscard al ingreso de España en la CEE. El entonces

ministro de la CEE, Calvo-Sotelo diría: «Hemos parado el golpe.» El «distinto y

distante» de las Malvinas.

C.S. — La información que teníamos decía que el objetivo de Giscard era detener

la negociación. Pretendía que su tesis fuera reconocida por !a Comunidad. Y eso

no lo consiguieron. Se produjo un cambio en el ritmo, pero no una ruptura. Y me

pareció que la manera más gráfica de decirlo era lo de «parar el golpe».

Separando las frases de su contexto, se entienden mal y a veces se tergiversan.

La frase de las Malvinas respondía a una pregunta referida a nuestra actitud que

se me hizo en el campo de Gibraltar. Yo señalé que lo de las Malvinas era algo

distinto y lejano además. Ese era el sentido. Que nadie pensara que España iba a

actuar como lo hizo Galtierí, con el uso de la fuerza.

Yo creo, no obstante, que : el oficio de hacer frases es un oficio peligroso. Se

acuñan, se separan de su contexto, adquieren vida propia, se interpretan sin que

el autor pueda matizar el alcance y e! contenido como yo puedo ahora, y algunas

acaban volviéndose contra quien las ingenió.

J. L. G. - Tras el 23-F, junto a los aciertos del presidente del Gobierno —

serénización de la vida política, supresión de aquellas terribles crispaciones —

, quizá se le hace al presidente una crítica más global, que señala que, a pesar

de haber contado con unas condiciones objetivas irrepetibles — una oposición

atemorizada por el golpe, una prensa dispuesta a colaborar—, los resultados

obtenidos no han estado a la altura histórica que podía presumirse

inicialmente...

C.S. — A mí me parece muy rebuscado convertir las condiciones dramáticas en que

yo me hice cargo de la Presidencia del Gobierno en circunstancias favorables. Me

parece que no se tiene de pie la afirmación de que al hacerme cargo del Gobierno

estaba yo en unas condiciones favorables. La oposición estaba, como estuvimos

todos unas semanas, bajo la sombra de aquel hecho extraordinariamente grave, la

ocupación del Congreso. Pero, muy pronto, las votaciones y debates en la Cámara

volvieron a ser a «cara de perro». Y tuvimos que ganar las votaciones una a una,

a pulso.

Nada tiene que ver la discusión de la LOAPA, una negociación larga y difícil,

con ese dibujo que pretende hacerse de una oposicón atemorizada. Si llegamos a

un acuerdo es porque la política autonómica del Gobierno convencía o conventa

también al partido socialista. En cuanto al Acuerdo Nacional sobre el Empleo,

también fueron conversaciones larguísimas y vehementes, y el Gobierno consiguió

algo importante, que debería haberse repetido este año, y si no ha sido así es

por la coyuntura electoral.

Así que de ninguna manera puedo aceptar que se diga que yo accedía a la

presidencia en condiciones favorables.

Y si yo, en aquellos meses —con un golpe reciente aunque fracasado, con los

ataques del terrorismo, la gravísima situación económica—, di la impresión de

serenidad y de decisión, fue porque yo soy un hombre sereno y decidido, y si la

prensa entonces recogió estos rasgos, me parece que no hizo otra cosa que

reflejar una realidad. Pero, si apenas salimos del 23-F, cuando ya surgió aquel

gravísimo incidente del Banco Central, en el que actuamos con la prensa y la

oposición en contra, porque no se conocía la naturaleza exacta de lo que luego

resultó ser un simple intento de delincuentes comunes... Yo recibí la

presidencia en peores circunstancias que nadie en el último medio siglo de la

historia de España. Y creo que he salido con bien.

«Boutade»

J. L. G. — Hay una frase de Adolfo Suárez...

C.S. - Adolfo Suárez hacía, en cambio, pocas frases. No tenía, o no tiene, esa

debilidad, esa preferencia que yo tengo por las frases...

J. L. G. - Sí... No, decía que Adolfo Suárez señalaba hace pocas semanas que él

no era como el presidente Calvo-Sotelo, que, al parecer, «lo ha hecho todo

maravillosamente bien...»

(Aquí tras el sarcasmo, el gesto de Calvo-Sotelo pierde un tanto la inmovilidad

y se hace desdeñoso, displicente.)

C.S. -- Sí. He leído este juicio, aunque no creo que llegue a ser un juicio. Es,

simplemente, una «boutade». No sé de dónde saca Adolfo Suárez esta ¡dea de que

yo creo que lo he hecho todo muy bien.

No lo sé. De mis diálogos con él, no. El, que me conoce, sabe que yo soy

enormemente autocrítico con mi propia labor. Desde la elaboración de los textos,

que corrijo cuando no los redacto personalmente, hasta el análisis de las

acciones pasadas y de las decisiones a tomar en el futuro.

(El entrevistador puede dar fe de esta actitud presidencial. Parece como si

aquel ocasional oficio de juventud de Leopoldo —corrector de pruebas— estuviera

perpetuamente presente en todos sus actos. Me pide ver estas cuartillas antes de

qué pasen a la imprenta para que sus respuestas tengan los «matices exactos» que

él pretendió darles.)

Cuando leí la frase de Adolfo Suárez —continúa Calvo-Sotelo— me vino a la

memoria una intervención mía en las Cortes, en la que señalé: «Yo creo que el

Gobierno lo ha hecho muy bien...» Pero no tengo yo la impresión de estar

haciéndolo muy bien. Al contrario, nadie mejor que un presidente del Gobierno

sabe cómo la realidad le obliga a alejarse de los ideales, de los proyectos o

los programas.

Esa sensación de lo que Françoise Giroud llamaba la «impotencia del poder» yo la

he tenido y la he vivido.

Errores

J. L G. — ¿Cuáles son entonces los errores?

C.S. — Se me ocurre uno inmediatamente. No me he ocupado de comunicar, en el más

ancho sentido de la palabra, de hablar con la prensa, la radio, la televisión.

J. L. G. — Pues ese parece ser un error general y congénito de la UCD, porque

también Suárez se lamenta de lo mismo, cuando habla de aquellos meses aislado

aquí, en la Moncloa...

C.S. — Yo no me he encerrado o aislado en la Moncloa. Yo he salido, he estado

fuera. Lo que no he hecho ha sido dedicar el tiempo suficiente para presentar

mis actos a la opinión.

J. L. G. — ¿No se podría hablar, ante la ausencia de cambios bruscos, de

volantazos en la manera de gobernar, de una cierta timidez, una cierta falta de

audacia? ¿No hubiera sido necesario, por ejemplo, un gran cambio de Gobierno que

hubiera incorporado caras nuevas, figuras nuevas y no el mismo Gabinete de

Suárez?

C.S. — Respondo a los dos puntos. Volantazos: ni en automóvil ni en el Gobierno

me gustan. No es la forma de conducir ni un coche ni un país. Esto no quiere

decir que no haya gobernado con firmeza.

En cuanto al Gobierno que yo hice, vuelvo a recordar la situación: el golpe, el

vacío de poder, etcétera. Dos días después del 23-F se votaba mi investidura. No

creí oportuno prolongar la situación de zozobra con la elaboración de un nuevo

Gabinete, que hubiera requerido muchos días de preparación. Yo me propuse cerrar

la crisis lo más rápidamente posible. Esta fue la razón fundamental. Y hay una

segunda razón: yo estimaba mucho a las personas que formaban aquel Gobierno, del

cual yo era vicepresidente, aunque en algunos casos he variado mi apreciación.

J. L. G. — Volviendo una vez más a los símiles automovilísticos, ¿no es Calvo-

Sotelo un hombre excesivamente prudente, un pacifico conductor de utilitarios al

que, súbitamente, sientan a los mandos de un vertiginoso fórmula uno?

C.S. — Quizá agotar las imágenes no sea bueno. Lo que digo es que el país que yo

recibí el 23 de febrero no estaba ni para audacias ni para cambios bruscos ni

experimentos. Estaba para la seguridad y el sosiego.

Y creo que yo supe interpretar los deseos del país. Ahora, cuando tal actitud ya

ha tenido sus efectos positivos, podría hablarse de audacias o de volantazos. Si

las elecciones no estuvieran encima, y a mí me quedasen dos años de gobierno por

delante, le aseguro que mi comportamiento hubiera sido muy distinto.

Pero creo que aquí olvidamos muy deprisa, nos olvidamos de aquellos momentos en

los que nadie daba un duro por la democracia española.

Militares

J. L. G. — Cuestión militar: las famosas frases sobre el final de la transición,

la sombra del golpe que ya no existe...

C.S. — Yo creo que son niveles distintos. Yo creo que la transición —entendida

como el paso de un régimen dictatorial a una democracia— está terminada. No lo

está la construcción del nuevo Estado, que exigirá un plazo más largo.

J. L. G. — Quería decir que esas actitudes rebeldes tienen su origen en

fenómenos más propios de la situación anterior más que de la democracia...

C.S. — En el momento que me hago cargo de la presidencia, el gran cambio estaba

ya hecho. Esa afirmación de la sombra del golpe es también cierta. El

descubrimiento de una nueva intentona no es más que un éxito del Gobierno y de

sus servicios de información. No estamos ahora como en la primavera del año

pasado.

J. L. G. — Pero uno de los «ítems» electorales es el intento de golpe. Incluso

un ministro del Gobierno ha dicho frases equívocas sobre Fraga, diciendo que

tiene «un pie aquí y otro allá».

Gutierrez — ¿No se le podría achacar una cierta timidez, una cierta falta de

audacia en la forma de gobernar?

Calvo-Sotelo — Ni en el automóvil ni en el Gobierno me gustan los volantazos. No

es la forma de conducir, ni un coche, ni un país.

Gutiérrez — ¿No hubiera sido necesario un gran cambio de Gobierno con figuras

nuevas, en vez del mismo Gabinete de Suárez?

Calvo-Sotelo – Yo estimaba mucho a las personas que formaban aquel Gobierno del

que era vicepresidente, aunque en algunos casos he variado mi apreciación.

Gutiérrez — Uno de los grandes temas del momento es el intento de golpe.

Calvo-Sotelo - Todo el mundo sabe ahora que no va a haber otro 23-F. El Ejército

ha producido

manifestaciones inequívocas de sumisión constitucional y obediencia al Gobierno.

C.S. — Efectivamente. Pero todo el mundo sabe ahora que no va a ver otro 23-F. Y

yo tengo la más absoluta seguridad. En este momento, todos tenemos la

tranquilidad de saber que el Ejército está en su sitio, ha hecho manifestaciones

inequívocas de su sumisión a la Constitución y su obediencia al Gobierno. Podrá

haber algunos tenientes coroneles que se dediquen, insensatamente, a escriba

sobre un proyecto de golpe de Estado. Pero vayamos a otros temas porque creo que

al asunto militar no le corresponde objetivamente tanto tiempo de entrevista.

La prensa

J. L. G. — Las acusaciones de debilidad en la política militar del Gobierno, las

numerosas críticas...

C.S. — A mi juicio, totalmente injustas. Pero como no existe una prensa dedicada

a pedirle cuentas a la prensa, porque a la prensa nadie le pide cuentas, pues

quedan impunes una serie de afirmaciones que después la propia realidad

desmiente. Por ejemplo: Yo he tenido que soportar reiteradamente la tesis de

algunos medios de que aquí no se iba a celebrar nunca el juicio. Y luego lo ha

habido. Se inicia el juicio, y lo mismo. Aquí no va a haber una sentencia, dado

el clima de la sala, etcétera. Y hubo sentencia, que puede ser discutible^, pero

el Gobierno no la discute: se limita a recurriría. Y se produce el recurso. Y

siguen en prisión los responsables.

Si comparamos aquella situación de febrero, en la que el Ejército se conmociona

profundamente, con ésta nueva, en la cual se pronuncia a través del Consejo

Superior, y de la palabra autorizadísima de dos generales que al tomar posesión

de sus cargos se manifiestan inequívocamente leales al poder civil, a la

Constitución, al Gobierno, creo que la situación militar es buena, que no es ni

mucho menos ¡la de hace veinte meses.

J. L. G. — Pero el propio recurso del Gobierno contra la sentencia es quizá la

constatación de los errores previos por parte de ese mismo Gobierno...

C.S. — La sentencia ha sido muy discutida, pero el Gobierno no la ha discutido.

La ha recurrido. Y nadie le podrá negar la ejemplaridad en algunas de las penas.

En cambio, creo que puede exhibirse, como resultado de una buena política

general militar, el actúal estado de ánimo que reina en los cuarteles.

J. L. G. — Quizá eso que señalaba usted antes sobre los pronósticos

catastrofistas de la prensa se deba a

ese viejo fatalismo hispano, que está en la calle, de verlo todo negro...

C.S. — Si a todos aquellos que han pronosticado tantas desgracias se les pudiera

pedir cuentas cuando la realidad ha venido a desmentir sus temores y

pronósticos, estaríamos mucho mejor. Creo que la prensa es bastante impune, que

hacen a veces profecías que no se cumplen y nadie se lo recuerda. Pero salgamos

de este tema militar, que, no es objetivamente tan importante como para

dedicarle toda la entrevista...

J. L. G. — Para terminar con él me gustaría, señor presidente, que me

desmintiera usted, si es posible, esa creencia que existe en ciertos ambientes,

según la cual el Gobierno no intervino para nada en el nombramiento de la nueva

Junta de Jefes de Estado Mayor (JUJEM). C.S. — Decir que el Gobierno, que nombra

a la JUJEM, no interviene en su nombramiento es una afirmación tan absolutamente

ridícula que no merece la pena comentarla.

También recuerdo que la prensa dijo que no éramos capaces de producir un cambio

profundo en la cúpula militar. Pues se produjo. Y se hizo de forma impecable,

por sorpresa. Nadie lo adivinó. El ministro de Defensa y yo lo preparamos

minuciosamente antes, con el mayor sigilo y respeto a las personas.

El Gobierno, por supuesto, hace !a modificación de la cúpula militar, la prepara

y la ejecuta. Suárez

J. L. G. — Hablemos ahora de la UCD, y del «desertor» Adolfo Suárez...

C.S. — -Esta entrevista transcurre por terrenos minados, me lleva usted a dar un

paseo a través de campos de:

Gutiérrez — Las acusaciones de debilidad en la política militar del gobierno,

las numerosas críticas...

Calvo-Sotelo — Totalmente injustas, Como no existe una prensa dedicada a pedirle

cuentas a la prensa, pues quedan impunes una serie de afirmaciones que después

la realidad desmiente minas; salimos de uno y entramos en otro. Aunque puede que

ésa sea la misión de un periodista sagaz... Creo, no obstante, que hay lugares

más apacibles para pasear. Pero ya supongo que las buenas noticias no son

noticias. Dejemos constancia de ello y adelante.

J. L. G. - Hablando de Adolfo Suárez. Existe una clara y mal reprimida

hostilidad en él y en sus colaboradores hacia el presidente Calvo-Sotelo...

C.S. — Si yo he podido también advertir eso. Saberlo me produjo una gran

sorpresa y un cierto dolor.

Desde el momento en que regresó de aquellas vacaciones que tuvo de un mes en

América tras los sucesos del 23-F, yo le he llamado sistemáticamente para

hablar, incluso con la debida delicadeza le pedía que eligiera el lugar donde

quería que nos viéramos. He hablado con él con más claridad de la que pudiera

tener con mis propios ministros. Quizá he cometido errores, y he herido, sin yo

Tsaberlo.

J. L.G. — Acaso la famosa política de gestos no le gustó demasiado, su propio

perfil un tanto culterano...

C.S. — Naturalmente que somos personas muy distintas. Lo que yo puedo decir es

que no me he movido nunca por un deseo de distinguirme de mi antecesor. Cuando

me ha parecido que tenia algo que hacer, lo he hecho, sin pararme a pensar lo

que hubiera hecho mi antecesor.

Quizá en Suárez exista una especia de «complejo de Rebeca», pero a la inversa;

es decir, que si en aquella película la sombra de la antecesora pesaba como una

losa sobre la sucesora, aquí quizá no la sombra, sino la realidad del sucesor,

proyecta su sombra sobre el antecesor, no lo sé.

«Rebeca»

Yo no seré siempre presidente, algún día habrá otro, y entonces se pondrá a

prueba mi propio temple. Yo pienso que nunca tendré «complejo de Rebeca», ni al

derecho ni al revés.

J. L. G. — Hombre, quizá aquello de que en Moncloa habla más teléfonos que

libros...

C.S. — No. No fue así. Yo hice aquel comentario en la entrega de unos premios

intelectuales y me rejfería no a mi antecesor, sino a mi mismo, a la

imposibilidad de leer en el ejercicio de la presidencia, porque, para mi

desgracia, el oficio de presidente tiene más teléfonos que libros. Este es el

verdadero sentido de la frase. Los teléfonos le han ganado la batalla a los

libros. Naturalmente, aquí hay muchos teléfonos, porque un político se gana la

vida electrónicamente, entre teléfonos y micrófonos.

J. L. G. — ¿Y aquella metáfora del convento, ante el grupo parlamentario, de la

madre Margarita?

(Calvo-Sotelo, tras tomar posesión, se reunió con los parlamentarios

centristas y les contó la historia de la madre Margarita, superíora de un

convento, que un día murió, y su sucesora comenzó su mandato diciendo: «Tal como

hubiera hecho la recordada madre Margarita, hoy haremos esto...» Y así todos los

días. Después de un año, aquel convento no se parecía en nada al que regentaba

la madre Margarita.)

C.S. — Es lo mismo que &&lo de «el volantazo». Quizás mi sangre gallega me hace

ser cauto, y por ello me acordé de aquella anécdota, para hablar del centro, de

su esencia reformista, no rupturista. Porque el país que UCD gobierna ahora no

tiene nada que ver con el país que recibió. Esa es la esencia del cambio, la

moderación. Hay que tener la piel muy escocida para darse por aludido.

UCD

J. L. G. — ¿No ha tenido usted una conducta zigzagueante en UCD? Presidente del

Gobierno, del partido, para después dimitir...

C.S. — Me importa mucho decir que no. Ha sido simplemente una trayectoria de ida

y vuelta

De todos los fieles a Suárez, y yo era uno de ellos, yo fui e! que más insistió

para que Suárez no abandonara la presidencia del partido cuando vi que su

decisión da abandonar el Gobierno era firme. Dejó la presidencia de UCD y la

dejó en unas manos que no eran las que yo hubiera preferido para el partido; yo

hubiera aceptado las de Suárez, pero acepté con más dificultad las que salieron

del congreso de Palma.

Y creo que no necesito extenderme más y que todo el mundo entenderá mis

razones..

Gutiérrez — Existe una clara hostilidad de Adolfo Suárez hacia el presidente

Calvo-Sotelo

Calvo-Sotelo – Yo también he podido advertir eso y saberlo me produjo una gran

sorpresa y un cierto dolor.

Gutiérrez — Quizá a Suárez no le guste demasiado su famosa política de gestos,

su perfil culterano...

Calvo-Sotelo — Quizá en Suárez exista un «complejo de Rebeca», pero a la

inversa, y aquí quizá la realidad del sucesor proyecte su sombra sobre el

sucedido...

Gutiérrez — Algunos esperaban que Calvo-Sotelo fuera el defensor de las tesis de

la «mayoría natural» dentro de UCD y, sin embargo, no fue así...

Calvo-Sotelo – El discurso más hostil en mi investidura fue el de Fraga. Si la

«mayoría natural» era

Conceptualmente posible, él la rompió.

¿Qué sucedía? Pues una situación de incomodidad creciente. Se pretendía, desde

los órganos colegiados del partido, un control sobre las actividades del

Gobierno, y hubo dos o tres casos en los que se me exigía que llevara la

discusión de un problema al comité ejecutivo del partido antes de tratarlo en el

Consejo de Ministros. Esto era difícilmente aceptable para mí y para mis

colaboradores. De ahí nació lo que desde la prensa, insistentemente, se llamaba

el desembarco. Entonces yo, bien a mi pesar, me propuse ocupar la presidencia

del partido.

Me ocupé activamente, como presidente del partido, de !a campaña en las

elecciones andaluzas. Recorrí todas las provincias. Me comprometí con aquella

aventura. Los resultados fueron muy malos para UCD.

Y a mí me pareció que, ante tales resultados, tenia que poner mi presidencia

encima de la mesa, a disposición del partido. Y en ese momento, como me parecía

peligroso abrir un vacío de poder en el partido, propuse al comité ejecutivo la

toma en consideración como sucesor a Landelino Lavilla.

J. L.G. — Más adelante, cuando se debatía en el seno de UCD la cuestión de la

«mayoría natural», se esperaba, por algunos, que Calvo-Sotelo fuera el defensor

decisivo de esta hipótesis. Y al final no ocurrió así. ¿No serla que no se

atrevió a enfrentarse a la responsabilidad de tener que hacerse cargo nuevamente

de la presidencia del partido, ante la amenaza de Landelino de poner en marcha

el «efecto devolutivo» y dimitir si se hacia la mayoria con Fraga?

C.-S. — Invito a que se me enseñe algún signo o declaración mía que indique una

sola tendencia a la «mayoría natural». En el momento de mi investidura, el

discurso más hiriente, rriás hostil, que recibo no es el de! PCE ni el del PSOE,

es el de Fraga. Tan agresivo fue que es la única intervención que yo no

contesto. La «mayoría natural», si era algo conceptualmente posible, la rompe

Fraga entonces.

En cuanto al temor al «efecto devolutivo», tengo que decir aquí, con todo el

respeto para Landelino Lavilla, que la argucia de jurista que supone el citado

«efecto devolutivo», políticamente no se tiene en pie.

Nunca me preocupó. Esa puede ser una cláusula eficaz en un contrato mercantil,

pero no en una operación política. Nunca actué condicionado por aquel temor.

Porque, además, nunca me hubiera importado asumir nuevamente la responsabilidad

del partido, si el partido me lo hubiera pedido.

Por otra parte, cuando tras las elecciones andaluzas, Fraga viene a verme, yo le

contesto que ni mi partido ni yo estamos a favor de la «mayoría natural». ¿De

dónde sale la tesis ésa entonces? ¿Quién hace semejante proceso de intenciones?

La campaña

J. L. G. — Con respecto a las elecciones, ¿cómo valora su desarrollo y las

sucesivas apariciones de los líderes en Televisión Española?

C.S. — La campaña se desarrolla con normalidad. Va haciéndose más vehemente y

agria a medida que se aproxima el 28-0, pero esto es también normal.

En cuanto a las entrevistas de los líderes en TV, debo decir, situándome como

espectador —al fin y al cabo yo no encabezo ninguna lista — , que no me

parecieron en conjunto de gran calidad, porque creo, que España merece unos

dirigentes capaces de mayor concreción, mayor brillantez, de mayor compromiso,

cuando ante las cámaras unos periodistas les interrogan. Yo he visto a dos

personas —Adolfo Suárez y Felipe González— muy parecidas en tono y estilo, con

muy poca precisión conceptual, sin entrar de verdad en los problemas, confiando

más en sus dotes personales de simpatía y atractivo que en los argumentos o en

la solidez de las posiciones.

He visto a un Santiago Carrillo que, si mantiene en el análisis el rigor propio

de un partido marxista, no mantiene en cambio la vehemencia y la capacidad de

convicción que en otros momentos tuyo.

He visto a un Manuel Fraga, dominando sus propios impulsos, tal vez más

brillante que otros, pero asomando en algunos momentos las dificultades a que le

conduce su propio temperamento. He visto a Landelino Lavilla, con una gran

claridad de exposición, muy dueño de la entrevista, mandando en ella,

conduciéndola bien. Es posible que, a veces, de forma excesivamente doctoral,

pero yo creo que la claridad y la precisión son virtudes que el político le debe

siempre a sus electores, y prefiero eso, aunque sea tachado de academicismo, al

diálogo simpático, que casi es una tertulia, en la que lo que más cuenta son los

rasgos temperamentales y en la que no se intenta afinar ni comprometerse.

Y hago estas observaciones, situándome fuera de este juego, no como presidente

del Gobierno, sino como Leopoldo Calvo-Sotelo, observador de la política.

Debates

J. L. G. - ¿Y este asunto de los debates? ¿No está pareciendo aquí que el

presidente del Gobierno es Felipe González?

C.-S. — No Naturalmente, Felipe González intenta hacer de todo arma en su favor

en la campaña.

En lo que a mí respecta, yo he estado silencioso, pero hay un momento en el que

Felipe González dice que con quien quiere debatirse es con el presidente del

Gobierno. Yo, con toda naturalidad, respondo que estoy a su disposición donde

quiera y como quiera. Y que naturalmente deberíamos hablar no sólo de mi

gestión, sino también del programa del PSOE, que pretende ser un programa de

gobierno.

J. L. G. — ¿Se va a producir el debate?

C.S. — A mí, desde luego, me apetece, porque yo tengo un talante muy dialéctico,

pero no olvido que yo no soy uno de los caballos que participan en primera línea

de carrera. Pero yo estoy dispuesto a responder de mi Gobierno ante la opinión

pública, a través de un debate con el líder de la oposición.

Fraga y el golpe

J. L. G. — ¿Y qué opina el presidente del Gobierno de la actitud de Fraga, en la

Diputación Permanente, con respecto al último intento de golpe? Porque en este

asunto ha habido una cierta controversia...

C.S. — Hubo un momento en que, me pareció que lo que Fraga hacía era una

invitación a todos para que comprendiéramos la actitud de los golpistas. Y eso,

a mi juicio, no es aceptable. A mí me parece grave pedir comprensión para algo

que en sí mismo es tan grave como la actitud golpista. Yo, desde luego, aunque

me invite Fraga, no estoy dispuesto a esa actitud de comprensión.

J. L. G. — Acabemos ya, presidente, con una pregunta más personal. ¿Cómo es

Leopoldo Calvo-Sotelo el político? ¿No se trata de un líder un poco «ancíen

regime» —y no estoy lógicamente hablando de franquismo— con unos métodos y un

estilo quizá un poco periclitados?

C.S. — No he oído nunca eso. Confieso que he oído cosas desagradables de mí,

pero es la primera vez que me dicen eso. «¿Ancien regime?» Yo creo que no. ¿Qué

se me atribuye a mí?

Una seriedad. La tengo, y la he tenido siempre. ¿Qué más se me atribuye? Una

falta de concesiones a la galería. Ni las he hecho nunca, ni las haré.

Probablemente he comenzado a ocuparme de la política activa a una edad en la

cual ya no se cambia. Se me ha dicho que a veces he tardado en tomar decisiones

(aunque también, a veces, se me ha dicho que las he tomado demasiado deprisa,

como cuando sustituí a Fernández Ordoñez). Es verdad que soy persona

acostumbrada, por formación profesional, a decidir con el mayor número posible

de elementos en la mano.

Si para ser moderno hay que apoyarse en la ligereza y, la improvisación,

entonces sí, soy un político «ancien regime».

J. L G. — Bueno, señor presidente, yo me refería un poco a aquellos políticos,

aquellos parlamentarios de brillante retórica...

C.S. — Levanto la mano otra vez. Yo no tengo —y me gustaría— las condiciones

para el ejercicio de la retórica. Felipe González, por ejemplo, es mucho más

retórico que yo. Felipe González puede subirse a una tribuna y hablar durante

largos periodos de tiempo sin decir casi nada. Yo soy incapaz de subir a una

tribuna y no decir nada. A mí eso de Felipe González me parece, y lo digo casi

sin ironía, admirable. Eso de subir a un pódium con gestos oratorios ampulosos,

con enorme énfasis, para no decir absolutamente nada, tiene su mérito. Yo, en

cambio, procuro ser sobrio.

J. L. G. — Pero, ¿es usted consciente, en todo momento, de ser un empleado, un

asalariado de toda esa gente que hay ahí afuera?

C.S. — Hombre, de asalariado, poco, porque ya se sabe que la política no da

dinero. Digamos servidor de los treinta y ocho millones de españoles, por

supuesto. Si no lo supiera, no habría podido soportar la dureza de mi vida como

presidente del Gobierno...

Fotos: Enrique CANO

 

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