Autor: Aparicio, Juan. 
 Mis testimonios. 
 El miedo insatisfecho     
 
 El Alcázar.    17/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

EL MIEDO

INSATISFECHO

Desde la cultura más antigua a la estratagema coyuntura! del eurocomunlsmo, el miedo, en su

vertiente divina y bíblica del temor a ´Dios, de aquél temor tan humanísimo que hizo a los

dioses, según una lírica hipótesis profana, o en su vertiente más vulgar y plebeya de la jipdana

y el canguelo, es la batuta mágica y psicológica que ha dirigido las contradanzas de la Historia

y las traiciones de las personas, es el ingrediente de todas las espantadas, sin que guarde ai fin

ninguna viña metafórica, ni nos libere con su superación simuladora y reflexiva de las angustias

individuales y milenarias.

El miedo es libre, contagioso y pandémico, aunque haya versificada Virgilio en la Eneida, como

una moraleja para la´ cautela universal, ante las dadivosidades ajenas, el ancestral pavor del

pueblo autóctono de Italia, en presencia de cualquier componenda o compromiso rumboso:

«Timeo Danos dones feren tes». Explicitándose el pavor a los griegos, más orientales, como

los moscovitas, que arribaban con la oferta de regalos opulentos. Esa antigua medrosidad, que

sacudió ios cimientos y los firmamentos de la Edad Media, inspirando dentro de todas las

civilizaciones tas deidades maléficas y benéficas, los arrepentimientos, los exorcismos y las

conjuras, se generalizó en la Francia de 1789, expropiadora y destructora de la Bastilla, ridicula

prisión de Estado, produciendo la «grande peur», el miedo colosal y extendido en círculos

concéntricos, premonitorios del Terror jacobino.

La Revolución Rusa hace sesenta años engendró una escala móvil

de temores frente a sus antagonistas, quienes colaboraron siempre con la U.R.S.S. y en

relación consigo misma; pues sus tiranos, sus funcionarios civiles y militares, sus subditos y

tecnócratas han convivido continuamente recelosos y amedrentados, fingiendo triquiñuelas

para darse ánimos internos y engañar al prójimo, a su vez especiante y empavorecido. Lenin se

sacó de las mangas de una blusa campesina de mujic la Nueva Política Económica, cuyas

iniciales NEP parecieron un respiro a los kulaks, a los labriegos más ricachones y a la

neocapitalista Sociedad Occidental, capitaneada por la Alemania del Kaiser vencida, que pactó

en Rapado con los bolcheviques; ya que el neocapitalismo social-demócrata y demócrata-

cristiano son los gemelos resultados de la primera posguerra de la lucha mundial.

Los tricentenarios norteamericanos, unidos por el Polo Norte con los Zares y sus

descendientes, en expansión común y jamás beligerante., salvo ias intrigas y espionajes de sus

Servicios Secretos, utilizaron sus quintas columnas democréticas y plutocráticas para favorecer

el Hinterland yanqui y el comercio exterior de sus mercancías y bienes agrícolas, hacia una

Europa cada día más desestabilizada y hacia una superpotente Rusia, no obstante asustada y

famélica. La Roma vaticana no quiso nunca que Moscú, detrás de Bizancio, fuese la tercera

Roma, ecuménica y evangélica de un eslavismo ortodoxo o de un marxismo contradictorio y

militante, tendiendo así los Pontífices los puentes para el ilógico diálogo.

Cuanto se condena, reprueba y maldice ahora como fascismo, palabra de matriz italiana, cual -

fue italiano el huevo de Colón del vocablo tentador del eurocomunis-mo, ayuntado por el

dálmata Frane Barbieri, al servicio de Tito, y luego de los financieros y fabricantes lombardos,

metió el resuello en el cuerpo del hemipléjico y sifilítico Lenin y del astuto ex-seminarista Stalin,

obligándoles al statuque táctico con los descontentos agricultores, fuera del mesianismo pro-

letario, y a unos concatenados juegos de manos con el múltiple propósito de atraerse a los

intelectuales, banqueros y fabricantes de Occidente, esclavizar a sus masas mediante el

señuelo del Paraíso bélico y de los Planes de Estado, y engatusar a las multitudes extranjeras,

que habían redescubierto a sus patrias.

La defensa delante de la invasión teutona consistió en una medrosísima operación religiosa y

patriótica, que aún triunfante, no sacó el espanto irracional, la «grande peur», del complejo, ya

tarado, del Mariscal Stalin. La Revolución permanente, el leninismo internacional, en la que

había fracasado Lenin y costó la existencia a Troz-ki, fue sustituida por la stalíniana y prudente

Revolución Social en un solo país, aunque funcionase la Komintern, hasta que convino su-

primirla, mientras la duración de la alianza guerrera con el Capital en armas.

Pero la ducha escocesa, de los soponcios y de los liberales respiros alternó por doquier, desde

que Churchill fulminara en Fulton contra el Telón de Acero y Truman mantuviera su Doctrina de

intervención y detente, naciendo el sucedáneo de agitación y propaganda de la Kominform, el

Golpe de Praga, el Bloqueo de Berlín, (a Guerra de Corea en 1950, cuando la maniobrera

Rusia de un Stalin, recomido por los auténticos o falaces complots interiores, por la

conspiración de sus judíos o de sus médicos con batas blancas, había pagado a Pablo Ruíz

Picasso para que le pintase la benévola insignia de la paloma de la engañosa Paz.

Entre tanto, el grandísimo miedo de los italianos, con ayuda crematística y alimenticia

americana, pues no solo disponía USA entonces de su exclusiva bomba atómica, trajo en su

miedosa lividez el obsequio electoral de la mayoría absoluta de la Democracia Cristiana, primer

eslabón de la contraofensiva de temores recíprocos del Plan Marshall, del Pacto Atlántico y de

la expulsión del Poder de los comunistas franceses por unos so-cialeros sobornados. Rusia

encajaba los puñetazos y devolvía puntapiés en las difamadas Guerras Coloniales y en la

supuesta liberación de las Naciones de color, afroasiáticas, y hasta en la entraña de los ghettos

de los Estados Unidos, en las guerrillas urbanas de Hispanoamérica y en el cáncer o ventosa

de la Isla de Cuba.

El miedo es libre, pegajoso y ubicuo por todos los lados y fronteras del planeta, mientras no se

enciendan las lides cósmicas. Aunque aparezca paradójico e inverosímil, el miedo es audaz y

recurre a cuantas tretas, trampas y subterfugios puede imaginar un caletre eslavo, una mollera

hebrea y una sutilísima inteligencia italiana, y mucho más vaticana. Pero el miedo queda, sin

embargo, insatisfecho, a pesar de los «comprome-ssós» históricos que porta en volandas el

eurocomunismo, en cuyas alas llegaron a Madrid Berlin-guer y Marcháis y muy pronto Dolores

Ibarruri y su Secretaría Irene Levi, alias Falcón, con el matrimonio de Rafael Alberti con la

iijfanzona burgalesa.

Juan APARICIO

 

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