Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   A vista de pájaro; Ir y venir; Tomas de posesión; El tiempo del presidente     
 
 Gaceta Ilustrada.    24/01/1974.  Página: 5-6. Páginas: 2. Párrafos: 8. 

MADRID LABERINTO

Por Jaime Campmany (Enviado especial de «G. i.» en Madrid)

A vista de pájaro

A veces, como ahora, el laberinto, visto desde la altura de los pájaros, hierve y bulle. Suceden grandes, medianas y pequeñas cosas. La cola de la crisis es mucho más visible que la de ese cometa de nombre tan difícil —Kohoutek o algo así— que se nos ha ido vivo sin poderle echar una mirada. El Kohoutek ha pasado estos días por Madrid casi de la misma manera con que ha pasado don Manuel Fraga, nuestro embajador en Londres, por la crisis: no lo hemos visto, pero estaba ahí. Estaba ahí, al otro lado del hilo telefónico de las consultas. Mientras muchos periódicos se dedicaban a acercarnos lo que teníamos y tenemos delante de nuestros ojos, la revista «Gentleman» nos ha traído las imágenes del Fraga londinense. Fraga, igual toma el paraguas, se enfunda e! gabán oscuro y se pone el sombrero como para ir a la City, que se viste el chanda! y resopla en los ejercicios de la gimnasia para mantenerse en forma.

Muchas gentes de su equipo han subido o están subiendo los escalones del poder, mientras el jefe/ desde lejos, mira, vigila, aconseja y espera. ¿Saldrá ahora «El País»? Y si sale, ¿será un periódico gubernamental o independiente? ¿Dejaré e! papel de la «leal oposición» a !a nueva línea —todavía sutil e insinuada— de «Nuevo Diario»? Porque, aparte de don Emilio Romero, que es experto en ese juego, alguien más, en el campo de la información, va a empezar a jugar a las cuatro esquinas. Es natural. Por un lado, don Laureano López Rodó ya no está en el poder, y corno su cabeza es la de un político puro —y además, soltero— algunas operaciones empezará a maquinar desde el Aventino. Por otro lado, el nombre de don Carlos Arias no figuraba en la lista de presidenciables de las «Cartas al Rey», y es lógico que a las grandes fotografías de don Torcuato Fernández Miranda sucedan, en las páginas del diario de la tarde, las fotografías de don Carlos Arias, de la niña «tres millones», que en su día apadrinó don Carlos Arias, y de todo quisque que tenga algo que ver con don Carlos Arias. Dice Pérez lozano que Emilio Romero, cuando quiere aludir a la Editorial Católica, siempre usa la expresión «Santa Casa»; y que ahora, a «Pueblo» se le podría llamar «Casa Quemada». Todo esto son, en realidad, «chiripas» del laberinto. Ya ven ustedes que aquella broma de una famosa primera página en la que se veía a don Pío Cabanillas dormitando dulce y profundamente, era una manera de despistar. Ahora se ha visto claro que don Pío estaba despierto y bien despierto. O que se «eclipsó» un ratito, como en una duermevela de gallego. A veces, mirando las cosas así, a vista de pájaro y a la altura misma de las perdigonadas, uno puede divertirse un poco. Al fin y al cabo, uno es un pardillo en Cortes, y de cuando en cuando encuentra un cañamón para entretenerse en picar pequeñas e inocentes filosofías.

Ir y venir

Se ven idas y venidas. Se ven vueltas y revueltas. Algunos personajes del laberinto parecen ardillas de fábula. Unos dicen que se van y otros dicen que vuelven. Algunos dimiten y algunos otros reaparecen. Si es verdad que el Cordobés salta de nuevo a los ruedos de abril en Sevilla, nos compensará de la pena de muchas dimisiones. El primer ejemplo lo dieron los canarios con la dimisión del Cabildo de Tenerife.

Cuando se quisieron volver atrás, ya era tarde, a pesar de que don Cruz Martínez Esteruelas ya había pesado desde el flamante Ministerio de la Planificación del Desarrollo al averiado Ministerio de Educación y Ciencia, al tiempo que la Cristalografía recuperaba a un experto y la poesía secreta a un insospechado cultivador. Dicen que el señor Martínez Esteruelas ha debido tomar en sus manos la lámpara de Diógenes para encontrar sustituto a don Luis Suárez. que había dejado la Dirección General de Universidades, como la dama de los Famosos versos dramáticos: imposible para vos y para mi.

Tras el ejemplo de los de Tenerife, vinieron otros. Don Antonio García de Pablos —cuyo nombre se daba como el de un probable embajador durante el ministerio López Rodó— dimitió la presidencia de la «Editorial Católica». La dimisión no le fue aceptada; pero él aclaró que no se trataba de que se la aceptasen o no: sencillamente, dimitía. Y dimitió, o al menos eso se dice. También ha dimitido don Víctor Ruiz Iriarte, presidente de la Sociedad de Autores, aunque su dimisión nada tenga que ver con la famosa carta acusatoria y la epistolar invitación de don Joaquín Calvo Sotelo. Los «habituales» de los consejos de administración se apresuran a dimitir, seguramente porque se sienten incómodos ante la mirada del fisco, que empieza a ser vigilante, a ios estímulos de Barrera de Irimo, vicepresidente segundo del Gobierno y, según dicen, uno de los ministros que ha jugado más fuerte en el tapete de la crisis. Y por fin, la bomba increíble: la dimisión de Miguel Muñoz, que ha hecho que todas las informaciones periodísticas rompan los corondeles y que ha sacado de Santa Pola al mismísimo don Santiago Bernabeu. Ya dijo don Santiago que estaba hasta el gorro. Y después del ensayo de la «tercera generación» del Real Madrid, ha habido necesidad de llamar a Luis Molowny. El señor Molowny se ha limitado a declarar que cada maestrillo trae su librillo, que es una frase que podría servir de ejemplo a algunos políticos que se empeñan en demostrar que traen el mismo librillo que sus antecesores. A Muñoz no le han dado la Gran Cruz de Carlos III, como a todos los ministros cesados, pero se va con todos los honores. En las vitrinas del Real Madrid quedan copas y trofeos en cantidades apabullantes, en cuya conquista algo ha tenido que ver M.M., como jugador o como entrenador. A don Santiago, detrás de su sonrisa, se le notaba contrariado y preocupado, pero quizá dentro de poco podrá decir esa frase de la sabiduría popular que la imperturbable serenidad de Franco nos ha recordado en ocasión especial y dramáticamente solemne: «No hay mal que por bien no venga».

Tomas de posesión

A pesar de aquel acierto inicial del nuevo presidente del Gobierno que fue la toma de posesión conjunta —eso que Rafael García Serrano llamó la toma de posesión concelebrada—, no nos hemos librado de ir de un lado a otro para asistir a las ceremonias de llegada y despedida. Ya se sabe que en estos casos unos están por obligación y otros por devoción. Y hay gentes tan devotas de esta ceremonia, de esta liturgia política, que uno se las encuentra en todas, como las beatas que asisten a toda clase de trisagios, rosarios, vigilias y novenas. Estiran el cuello y ponen la oreja, no ya para escuchar los discursos, sino para descubrir en el acento y en el tono no sé qué extrañas claves secretas, indescifrables para los no iniciados.

Y así, convierten en desafío casi belicoso la despedida, tierna y conmovida, de Fernández-Miranda, y en firmeza inasequible al desaliento la moderación y la comprensión integradora de Utrera Molina.

De momento, podemos saber que la palabra «participación» no ha sido desterrada de la nomenclatura política más usual en los comienzos, en los primeros pasos del Gobierno Arias. A estas alturas del siglo, cualquier discurso en el que no se haga mención o alusión a la participación política del pueblo y a ese pueblo como protagonista de! desarrollo, de la historia y de su propio destino, resulta prácticamente impresentable. Don Blas Pinar se estará llevando algunos disgustos, aunque eso no le prive de sentarse al lado de Alfredo Sánchez Bella y de ¡Joaquín Ruiz-Jiménez! en una ceremonia solemne del Instituto de Cultura Hispánica. No, si al final va a resultar que tienen razón aquellos que vienen diciendo, que el pueblo español ya está maduro para el contraste de pareceres con todas sus consecuencias. En cuanto «Fuerza Nueva» recoja con elogio la emisión de Radio Vaticano en la que se da un juicio positivo y elogioso de la película «Jesús Christ Superstar», ya está. Y. si «Cuadernos para el diálogo» reproduce algunos artículos de El Alcázar», mucho mejor.

A los amigos del archivo y la erudición de la oratoria política les aconsejo una ocupación apasionante: la de recopilar y cotejar Jos discursos de toma de posesión de los tres o cuatro últimos ministros en cada Departamento. Y otra, igualmente fascinante: la de espigar en las declaraciones, conferencias y escritos de muchos de los miembros de la llamada «segunda generación» del Régimen, y algunos de la «tercera», para componer un florilegio o antología del aperturismo. Resultaría este un: curioso código de esperanzas e ilusiones políticas que alguna vez encontrarán el momento de que comiencen a tomar cuerpo de realidad. Y si me apuran, ofrezco un tercer entretenimiento: el de espigar entre los nombres de aquel célebre escrito de los. «39», con motivo del mensaje de Franco hacia los finales de 1972, y comparar aquella breve lista con las que circulan estos días en las páginas de ¡los periódicos y en las del «Boletín Oficial del Estado».

El tiempo del Presidente

No es necesario levantar los tejados de las casas de Madrid para comprobar que el tiempo de un presidente del Gobierno es un tiempo apretado de obligaciones, trabajos, obras y compromisos. Sin embargo, resulta reconfortante que el presidente Arias, dentro de su agenda —como ahora se dice— haya encontrado huecos para comer con el nuevo Ayuntamiento en el salón de tapices de la Casa de la Villa, en un homenaje a la Casa de donde salió para un Ministerio y después para la Presidencia; y para visitar la exposición de un pintor de más de noventa años: Nicolás Pinole, a quien la gloria, como a casi todos los que entregan su vida al arte, le llega demasiado tarde, «L´Express» ha citado el nombre de Carlos Arias en el lugar tercero de la popularidad internacional, detrás de los nombres obligados de Kissinger y de Pompidou. El que fue alcalde popular de Madrid es ahora político popular en la prensa internacional. Pero esta popularidad queda relegada a un segundo plano, en mi admiración particular, ante esa otra popularidad de un presidente que visita las salas de su vieja alcaldía y que saca tiempo de donde no lo tiene para ver las pinturas de un artista que consume los últimos años de su vida cuando ya ha entrado en las páginas de la historia del Arte.

Y nada más. Ya ven ustedes que la Bolsa sube. Si tienen dinero, compren. Y si no tienen dinero, hagan lo posible por ahorrarlo. Aunque ya comprendo que este es un consejo más fácil de dar que de seguir.

Porque el tiempo, no sólo del Presidente, sino de todos los ministros, tendrá que ser gastado en este 1974, qué se presentaba con color de hormiga, en resolver los mil y un problemas de nuestra Economía. Todos ellos, todos los ministros, son buenos técnicos, aunque alguien haya tenido que hacer la aclaración, obvia o innecesaria por otra parte, de que se trata de un Gobierno de técnicos y no de tecnócratas. Que, como decía el poeta, «¡tanto sucede en término de un día!»

J.C.

 

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