Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Federico Silva; Asociaciones y partidos; Girón, el revolucionario; Cuatro años; Alfonso Escámez; Adivinanza     
 
 Gaceta Ilustrada.     Página: 91. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

MADRID LABERINTO

Por Jaime Campmany

(Enviado especial de «G. i.» en Madrid)

Federico Silva

UL año político que ahora termina se abrió con *^ un mensaje del Jefe del Estado. En sus palabras había una incitación al ensanchamiento de los cauces de participación política de los españoles, a la plenitud de funcionamiento de las instituciones, al desarrollo de las virtualidades de nuestra Constitución. El Caudillo predicó con el ejemplo. A mitad del año, designó presidente del Gobierno. Pudo utilizar >los poderes de la Ley de Prerrogativas y, sin embargo, puso la Ley Orgánica del Estado sobre su cabeza y solicitó una terna del Consejo del Reino. Se puso en marcha un mecanismo que dio como resultado la inclusión en la propuesta de un hombre —Manuel Fraga— que había salido del Gobierno, que había sido borrado de la lista de los «Cuarenta- de Ayete y que, para muchos, se había situado en la -leal oposición».

En ´la primera declaración programática del nuevo Gobierno, y en otras de su presidente, se recogía la misma incitación. Al Consejo Nacional le fueron pedidas orientaciones sobre el mismo tema. El Vicepresidente y ministro secretario general del Movimiento aprovechó la oportunidad de una toma de posesión de nuevos delegados nacionales para anunciar una «ofensiva institucional´ y el envío a las Cortes de un Proyecto de Ley de Participación. Era, pues, la hora de la participación política.

Pero acababa el año y ´los deseos, los anuncios, las incitaciones y las declaraciones no se habían Concretado. Nadie había hecho público el esfuerzo de imaginación necesario para proponer unas bases concretas que iniciaran el debate sobre lo que era el gran desafío de nuestra hora política. «Rasgo el prolongado silencio que me había impuesto...» Así comenzó a hablar Federico Silva en la tribuna del Club Siglo XXI. Habló con los pies en la tierra, en el tiempo y en las Leyes Fundamentales. Hizo un nuevo alarde de aquella precisión y aquel realismo que le valieron el mote de ministro-eficacia. En sus palabras no había ni un solo gramo de trilita para dinamitar el Régimen ni los Principios, sino materia para consolidarlos de cara al futuro. Examinó el cauce sindical, el municipal y el familiar. Y presentó un esbozo de lo que podrían ser las asociaciones políticas. Su propuesta, como todas las propuestas concretas, puede ser discutible y discutida en cada una de sus particularidades, en cada .uno de sus pormenores. Pero resulta inatacable desde el punto de vista de la ´lealtad a lo que merece la lealtad de todos.

Federico Silva, sin vulnerar nada de lo esencial, ha realizado un esfuerzo de imaginación para salvar el futuro. Si alguien alude a la palabra «unidad», medite antes en esta afirmación de Silva: «Yo siempre seré partidario, mientras sea posible, de la integración por la razón y la voluntad de los españoles, y no por la fuerza, la apatía o la indiferencia ante la cosa pública».

A la vista de las incitaciones que al principio de esta crónica recordé. Silva Muñoz ha dado ejemplo de diligencia. Y lo ha dado incluso a aquellos que tenían mayor responsabilidad que él para intentarlo. Ahora, lo de siempre: el español propone y el Gobierno dispone.

Asociaciones y partidos

En !a lista de -los partidarios de ensayar la organización política de nuestra hora introduciendo el elemento perfeccionador de unas asociaciones podríamos incluir a todos los políticos del Régimen con muy pocas excepciones de escasa representación. Unos, las propugnaron y defendieron. Otros, las votaron y aceptaron. Sin embargo, para algunos queda una duda. Las asociaciones políticas —dicen— o son partidos enmascarados o no son nada. Puede haber quien postule las asociaciones como medio para desembocar en los partidos. Recientemente han sido citadas unas palabras del profesor Ruiz-Giménez: «Cuando nosotros defendemos la idea de las asociaciones políticas, lo que defendemos es un pluralismo de partidos políticos; si eso no se estima posible, pues entonces son imposibles las asociaciones políticas».

A veces, la terminología sólo sirve para confundir los conceptos. Quienes poseen mente clara y rectitud de intención jamás deben caer en la trampa que, frecuentemente, nos tienden las palabras. Voy a daros un ejemplo ilustre: el del profesor Fernández-Miranda, vicepresidente del Gobierno. Se iniciaba el año 1969, el de la crisis que le hizo ministro. Todos los españoles pudieron escuchar, al través de la pantalla de la televisión, esclarecedoras palabras. La objeción que el profesor Fernández-Miranda oponía a los partidos políticos era exclusivamente una objeción histórica. «Si las asociaciones políticas —dijo— conducen en el futuro a partidos políticos totalmente integrados e institucionalizados, no tendría nada que oponerles.» De nada serviría llamar «asociaciones» a unos partidos disgregadores y anticonstitucionales. Y sólo asustaría a los desprovistos llamar partidos» a unos grupos políticos «totalmente integrados e institucionalizados». Lo que sucede es que a veces usamos las palabras como máscaras, como piedras, como cerrojos. Y ese no es sólo un pecado contra la inteligencia, sino también contra la convivencia.

Girón, el revolucionario

Me parece que era Bakunin quien decía: «El revolucionario es un hombre sagrado; su misión es destruir». Nadie de entre nuestros políticos más conservador de ideales inmutables y nadie más terco constructor de realidades soñadas que José Antonio Girón. Cuando él habla de Revolución —así, con mayúscula— está llenando la palabra de poesía que promete, y no de poesía que destruye, por decirlo con palabras que recuerdan sus fidelidades y las mías.

¡Otra vez la terminología! Cuando Girón pronunció en Valladolid la palabra «tendencias» estaba refiriéndose a la organización de lo que otros llaman asociaciones, o familias, o sectores, o criterios concurrentes, u opción diversa de soluciones de gobierno. Cuando habla de Revolución está clamando con apremio a imperativos de justicia distributiva. Su voz de trueno prefiere esa palabra a otras, quizá más nuevas, pero también más blandas, menos urgentes y rotundas. Y él, ante la injusticia, prefiere siempre la rotundidad y la urgencia. Esa palabra —Revolución— es >la palabra que mejor se sabe. Y nosotros tenemos la obligación de saber todo cuanto en ella pone dentro. Lo que sucede es que muchos se sentirán incómodos y cerrarán los oídos al sonido para olvidar o aplazar así las obligaciones que nos recuerda su contenido.

Cuatro años

Hace cuatro años que a Alejandro Rodríguez de Valcárcel le dieron la presidencia de unas Cortes que todavía estaban asustadas y amedrentadas de la herencia histórica que recibían.

Los parlamentos vociferantes e insultantes, que no dejaban títere gobernante con cabeza; que se ejercitaban en el ingenio corrosivo y huían del trabajo fecundo; que se constituían a pucherazos y se disolvían a mandobles; aquellos parlamentos en los que un chiste o un escuadrón podían terminar con una obra de gobierno pesaban sobre el palacio de la Carrera de San Jerónimo. Le asfixiaban, casi. Una discrepancia era como un terremoto. Un voto en contra era como una catástrofe.

La labor de Rodríguez de Valcárcel ha sido suave y firme. Ningún ademán espectacular.

Ninguna declaración grandilocuente. Sin descanso y sin apresuramiento ha ido abriendo puertas y ventanas, ha ido oreando las salas y el hemiciclo. Ha restaurado las tradiciones parlamentarias, limpiándolas cuidadosamente de los vicios que traían adheridos. Ha vigorizado, sin menoscabo de la unidad de poder del Régimen, la institución que en el futuro habrá de asumir muy graves e importantes responsabilidades. Todo eso lo ha hecho en medio del respeto de todos, en medio del reconocimiento de todos. De siempre éste no ha sido un país de fáciles consensos. Las unanimidades parlamentarias eran con frecuencia forzadas y artificiales. Sobre la figura del presidente de las Cortes se ha producido un raro y esperanzador consenso. Ante las Cortes se abre todavía un camino de perfección: en su composición y en su funcionamiento. Pero Rodríguez de Valcárcel es un ejemplo de cómo se puede salvar la tradición hacia el futuro, de cómo se puede proteger y estimular la diversidad sin romper la unidad. Y además ha sabido hacerlo de manera que sólo ha despertado, reconocimientos.

Cuando las plumas menos tentadas al halago ensayan en este caso el unánime elogio, es que han sido movidas por dos únicos estímulos: la justicia y la gratitud.

Alfonso Escámez

La vida profesional de Alfonso Escámez es una larga y difícil escalera. Comenzó en el primero de los escalones. Económicamente, era un españolito a nivel del mar. Y desde hace unos días preside el segundo Banco de la nación. Es un español del tiempo presente. Su actitud europeísta no se fundamenta en vaguedades, romanticismos ni nostalgias´, sino en esas realidades contundentes de la economía. Alfonso Escámez es un español que pertenece, entero y verdadero, a la España real.

Adivinanza

Cuando yo era estudiante de Letras, el profesor Valbuena Prat, para quien su castigo de posguerra hizo mi suerte y fortuna de discípulo atento, nos proponía un divertido ejercicio a los alumnos. Dictaba un texto y nosotros, aprendices, debíamos acertar el autor y anotar un comentario. Se me ha ocurrido proponer a mis lectores un juego semejante. Propondré a continuación la cita: «Se comienza perdiendo la batalla de las ideas: el Poder se queda sin los intelectuales. Luego, los propios gobernantes pierden la fe en el principio de legitimidad que encarnan: sus mentes, de modo más o menos consciente, se pasan al enemigo. Más tarde el fenómeno se extiende a las masas. Finalmente, sólo quedan con el antiguo régimen Jas instituciones huecas».

Daré algunas pistas. Se trata de un español vivo; de una pluma ilustre y todavía joven. Escritor y político. Como escritor ganó laureles. Como político llegó al sillón de un ministerio. El comentario, estilístico o didáctico, lo dejo al gusto de cada lector. Quizá la solución en el próximo número.

GACETA ILUSTRADA 91

 

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