Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   El regreso de los príncipes; Meditación de la Monarquía; Más allá del aperturismo; La homilía de Añoveros; Sorguiñas y akelarres; Fuga de ministros; C.J.C.     
 
 Gaceta Ilustrada.    07/03/1974.  Página: 60-61. Páginas: 2. Párrafos: 22. 

Los Príncipes son ya algo más que Embajadores de España por el ancho mundo "Nada sin el Obispo",

o lo que va de la prudencia a la oportunidad.

Según Garrigues Walker, los españoles jamás hemos sabido ser libres.

En materia del Consejo del Reino, aparte de la materia reservada, no es fácil entender mucho.

El Ateneo, Camilo José Cela y sus párrafos de exhibición turística.

El regreso de los Príncipes.

HAN vuelto los Príncipes. Su viaje ha sido largo, apretado de actos, presencias, visitas, conversaciones y comidas. La imagen exterior de España, representada en la fígura de su futuro Rey, es ya conocida en Francia, en Estados Unidos, en Japón, en Alemania. Otras ocasiones particulares llevaron a don Juan Carlos y doña Sofía a otros países de la Europa Ubre y occidental. Ahora, los Príncipes han visitado la Arabia Saudita, que trae rumores de crisis y pozos de petróleo; Filipinas, que conoce aquel sol que no se ponía en las Españas de Felipe II y por donde circuló la sangre del Imperio; la India, donde pacen las vacas sagradas en los pastos que pertenecen al mapa del hambre. Del Caudillo al Príncipe, las costumbres viajeras han cambiado tanto cómo cambiaron las de los Papas del Pontificado de Pío XII a los de Juan XXIII y Pablo VI. Franco -apenas se alejó un poco de nuestras fronteras para mantener entrevistas salvadoras, en momentos especialmente graves, con quienes entonces tenían en sus manos los inciertos y sangrientos destinos de Europa y del mundo, y para desembarcar alli donde el Tajo, que baja desde Toledo con relámpagos de la armadura de Garcilaso, da en la mar, que es su morir: su dulce y bello morir.

Don Juan Carlos es un Príncipe con las maletas siempre hechas y con la sonrisa dispuesta para cenar una noche con Pompidou y otra noche con Indira Ghandi. Los Príncipes, como acaba de decir «Ya», son ya algo más que Embajadores de España por el ancho mundo, desde París a Tokio, pasando por Addis Abbeba o por Bombay.

Meditación de la Monarquía.

Don Juan Carlos ha regresado a tiempo para acompañar al Jefe del Estado al Monasterio de El Escorial («en vez de soñar, contar», que así lo vio el poeta) y asistir a los funerales por Alfonso XIII, el último y desgraciado rey de España, cuyos restos esperan en un nicho de Roma la hora tranquila y oportuna de su repatriación. La nueva ínterpretación de nuestra Monarquía como «reinstauración» en la autorizada definición del Presidente del Gobierno, hace resaltar que en la persona de don Juan Carlos coinciden felizmente la legitimidad histórica que nace del 18 de Julio, entendida como fecha inaugural, y la legitimidad dinástica.

De Alfonso XIII acaba de decir José María de Areilza que no encontró los hombres de Estado que dieran al código fundamental político la interpretación necesaria para que cupiesen dentro de él las fuerzas y los grupos que iba creando el propio crecimiento del país. Don Alfonso, según Areilza, no encontró la cooperación que pedia en aquellos angustiosos «Gobiernos Nacionales» que formó para intentar salvar la Institución, antes de. 1923. Es decir, antes del desesperado paréntesis de la Dictadura. Del Príncipe de España acaba de decir Ortí Bordas que no puede recibir por endoso la misión de organizar la participación política necesaria para un futuro de perfeccionamiento de la libertad. Y Solís Ruiz, desde la amplía autoridad que le concede su influencia en las Cortes de 1989, que proclamaron al Príncipe como sucesor del Caudillo, acaba de declarar que casi todos los falangistas aceptan disciplinadamente la Monarquía.

Después de algunas vacilaciones y tanteos antidinásticos, seudorrepublicanos o regencialistas, la Corona se ha ganado ya, entre, nuestras instituciones, el respeto de lo indiscutido.

En marzo de 1958, un sujeto tan .poco sospechoso de fervor monárquico como Indalecio Prieto, recordaba el profundo dolor de Bélgica a la muerte de la joven reina Astrid, madre de Balduino, y el entusiasmo de los ingleses en la coronación de la reina Isabel. «¿Cómo ciertos pueblos se asocian tan entrañablemente a tristezas y alegrías de las familias reinantes? Sencillamente porque sus reyes (la pregunta y la respuesta son del propio Prieto), lejos de pretender menoscabar la soberanía popular, cuidan de respetarla e inclusive de ensancharla si la voluntad nacional se expresa en favor de tal ensanche; en suma, porque los monarcas, no aspirando a recobrar privilegios que el progreso destruyó, dejan íntegra la facultad de legislar y gobernar a parlamentos que son auténtica representación de los pueblos».

Naturalmente, el viejo «don Inda» parte de la idea del parlamento como institución única donde reside el poder legislativo y el ejecutivo. Se murió sin aceptar las innovaciones de un Sistema que se basa en la unidad de poder y coordinación de funciones. Pero, en definitiva, se trata de encontrar fórmulas de expresión y representación de la soberanía popular. Para aquellos a quienes el nombre de Prieto les sugiera inmediatamente el nombre de un enemigo, podemos ¡hacer memoria del refrán famoso y repetido: «Del enemigo el consejo».

Más allá del aperturismo.

He leído con el detenimiento que permite mi profesión las cuatro opiniones que ha publicado «Informaciones» sobre o en torno al problema actualísimo de la «participación». Raúl Morodo realiza un planteamiento de revisión radical partiendo de la línea «de los que están y estamos en ´la oposición». Son palabras respetables y valientes, pero a mi modesto juicio, escasamente compartidas entre los españoles.

Las revisiones radicales y los planteamientos desde el prejuicio de la oposición total y apriorística son absolutamente minoritarios. Sin embargo, más demoledor y desesperanzadora me ha parecido la opinión de Joaquín Garrigues Walker. Su visión de nuestra historia es, no sé si realista, pero sí de un abrumador pesimismo. Según Garrigues, los españoles jamás hemos sabido ser libres. «La culpa —todo drama necesita un culpable— no tiene en nuestro caso nombres y apellidos. Nadie en concreto ha limitado nuestra libertad de actuación política. No es ni ha sido tampoco un Estado, ni un régimen ni un sistema en particular los que han condicionado nuestras libertades. Hemos sido, somos, los españoles, como pueblo, los que hemos renunciado a lo largo de nuestra historia al ejercicio de la libertad en la vida comunitaria.

De la libertad posible, no de esa otra libertad quimérica, realizable sólo en los textos constitucionales, por la que, desgraciadamente, han muerto tantos españoles. Hemos buscado siempre un culpable de nuestra libertad imposible, como si pudiéramos delegar en alguien, llámese jefe, estado, régimen o partido, la conquista del ejercicio de nuestras libertades públicas.»

Palabras terribles. Tanto más terribles cuanto menos exageradas o enfáticas parezcan. Joaquín Garrigues contempla al pueblo español como una comunidad en constante dejación y sucesivo desprecio a su «propia soberanía. Nuestra historia sería así un eterno grito del castizo y espeluznante «¡Vivan las caenas!». Bien. Démoslas por buenas. No vale llorar sobre la leche derramada (y no pretendo ahora hacer juegos de palabras con otros cántaros nacionales derramados, ni con los importados) si no es para sacar enseñanzas y escarmientos. Habrá que preguntarse seriamente: ¿estaremos los españoles, por primera vez en nuestra historia, en condiciones de merecer y. conquistar nuestras libertades políticas, y de una vez para siempre? Porque si la respuesta es positiva, merece la pena intentarlo, aunque tengamos que sacrificar al intento unos las más tercas cautelas; otros, las más afanadas urgencias.

La homilía de Añoveros

El reposo de monseñor Añoveros en su domicilio como medida de precaución aconsejada por la autoridad gubernativa parece en cierto modo el reposo del guerrero. ¡Bendito sea Dios! ¡Ahora que el ´«deshielo» de las relaciones Iglesia-Estado estaba alimentando los arroyos del entendimiento y del diálogo sereno! No me atrevo a hablar de virtudes, ni de las teologales ni de las cardinales. No me atrevo a escribir la palabra «prudencia». Pero tal vez haya una virtud menor, modesta y perteneciente al orden temporal que pueda ser recordada en esta ocasión. S3 llama «oportunidad». Y en algunas ocasiones se mezcla y funde con la otra virtud mayor de la prudencia.

No sé. No me atrevo a opinar, porque ¡siempre tengo en la memoria aquel mandato que aprendí de muy joven y en latín: «Nihil sine episcopo». El caso es que tengo delante de mis ojos el texto de la ya famosa homilía de monseñor Añoveros. Hay una nota al final, redactada en tono imperativo, que ordena que el texto «debe ser leído íntegramente» en todas las parroquias de Vizcaya.

Se habla en la homilía de la personalidad de los pueblos y del respeto debido a las características de las minorías étnicas. Y se termina con una aplicación a nuestra situación concreta. Se habla del derecho del pueblo a conservar su propia identidad, cultivando y desarrollando su patrimonio espiritual. «Sin embargo —se añade—, en las actuales circunstancias, el pueblo vasco tropieza con serios obstáculos para poder disfrutar de este derecho. El uso de la lengua vasca, tanto en la enseñanza, en sus distintos niveles, como en los medios de comunicación (prensa, radio, TV) está sometido a notorias restricciones. Las diversas manifestaciones culturales se hallan también sometidas a un discriminado control. La Iglesia, para anunciar y hacer presente la salvación de Cristo, en esta situación concreta de la diócesis, tiene que exhortar y estimular para que se modifiquen convenientemente, conforme a los principios indicados en los documentos pontificios y conciliares, las situaciones en nuestro prueblo».

«Nihil sine episcopo». Y uno sigue sin atreverse a escribir el nombre de esa virtud, tan necesaria, que se llama Prudencia.

Sorguiñas y akelarres

En Oviedo, cerca de Gijón (cerca y lejos de Gijón), allá por las tierras en las que, según el profesor Femández-Miranda, ni los altos picachos se libran a veces de las brumas donde tienen las brujas su habitación y residencia, se ha hablado de las sorguíñas y los akelarres, es decir, de la brujería vasca. En el Ateneo de Oviedo, antes que el de Madrid, al que no sabemos todavía si vendrá o no vendrá Camilo José Cela, se ha inaugurado un ciclo de lecciones sobre brujologia. Dijo el conferenciante que los que participaban en los akelarres se servían de ciertos hongos alucinógenos, que todavía pueden encontrarse en el país vasco, y que provocan sueños que luego son confundidos con la realidad.

Si es verdad que esos hongos todavía florecen en el bello país vasco, se trata sin duda de la más venenosa y nociva especie de hongos o de setas que puede ´hallarse en nuestra flora. La más venenosa y nociva ipara nuestra fauna.

Fuga de ministros

Y ahora, para no perder demasiado la costumbre tíel pecado de presunción o de pedantería, dejadme que me cite a mí mismo. Recuerdo que en una célebre ocasión en que dialogaron, ante unos miles de personas, el «Gallo» y la «Pajarita», empecé así uno de mis parlamentos: «Como yo tengo la costumbre, querido ¡Emilio Romero, de asistir a tus banquetes con la misma naturalidad con que tú no asistes a los míos, recuerdo perfectamente uno que te dieron, hace ya muchos años, en el Hotel Palace, y otro que te dieron, hace muy pocos meses, en la Peña Valentín. En el primero, te sentaste entre dos ministros del Gobierno, y en el segundo entre dos señoras de bandera, y me parece difícil adivinar en cuál de las dos compañías te sentías más en tu elemento».

En el Club Siglo XXI no había ministros del Gobierno. Aquello, entre tanta clase política, parecía una fura de ministros, como esos acertijos que se basan en la fuga de letras. No quiero faltar al respeto a la ejemplar Pilar Primo de Rivera, marquesa del Castillo de la Mota, ni a la duquesa de Alba, llamándolas mujeres de bandera, si no es en el sneitdo más patriótico de la palabra. Dicen los que estuvieron que Emilio Romero habló sin su habitual arrogancia que a algunos puede parecerles agresividad y audacia difícilmente perdonables. Habló del Consejo del Reino y expuso una teoría de la «asistencia» al Jefe del Estado y de la comunión entre asistido y asistentes que podía plantear un problema de dimensiones parecidas al clásico debate sobre el «filioque». Para saber algo de esto último habría que pedir asistencia al maestro Zubiri. Y para saber algo de aquello primero ya conocemos que debemos pedir la suya a Emilio Romero.

En materia del Consejo del Reino, aparte de la materia reservada, no es fácil entender mucho. Ni siquiera Romero las ve venir con su habitual perspicacia y su ojo de lince político. Ahí, por lo que después resulta, no valen ni el Ojo de Lince mirando por las cerraduras del «salón de ministros», ni el Toro Sentado en la barrera. Lo mismo sale lo que todos esperan, que aparece lo que ninguno ha previsto. Es decir, lo que casi ´ ninguno, porque hay temas en los que las previsiones son casi tantas como los futuribles. La prueba de filio es que Emilio Romero cayó en la tentación de retratar en la primera página de «Pueblo» a don Pío Cabanillas durmiendo y desentendido de no recuerdo qué temas políticos. Y ahí lo tienen ustedes y (Emilio Romero).

Por lo demás, las meditaciones que confesó el conferenciante parecen lógicas y aun obvias. Elemental, amigo Watson.

C. J. C.

Siguen hablando del Ateneo. Camilo José Cela ha dicho, ahora en Bruselas, a las puertas solemnes del Mercado Común, que el Ateneo necesita, como mínimo, un presupuesto de doscientos millones de pesetas. ¿Y qué es eso, podemos preguntar, comparado con el déficit de Educación y con los treinta mil millones que necesita la Universidad? También dijo C.J.C. que el Ateneo volverá a ser una institución privada para convertirlo en aula y agora de las letras españolas. Menos mal que no dijo, porque así se alejan fantasmas, de la república de las Letras españolas.

Los días pasan y pasan. Como en el romance de don José Zorrilla, pasó un mes y otro mes pasó, y Cela no acaba de ser nombrado Presidente del Ateneo. Pero, de momento, el anuncio del nombramiento ya le ha servido para hacerse una hábil publicidad. La verdad es que Camilo saca publicidad hasta de las faltas de educación, faltas adrede, naturalmente, y de eso dicen que saben algo las cucharillas del Café Gijón.

Prometí contar un día una anécdota de Camilo y los gobernadores civiles. Quédese para mejor ocasión.

Ahora quiero contar otra que le atribuyen quienes le visitaron alguna vez en su casa de Mallorca, recién instalado en las islas. Dicen que C.J.C. se levantó repentinamente de la reunión que tenía en su casa, salió a la terraza y allí se puso durante unos minutos a teclear en la máquina de escribir. Quedaron sus amigos y contertulios tocados de la natural Curiosidad y quizás un tanto desconcertados. Cuando el escritor regresó a la tertulia, explicó:

—Perdón. He salido a la terraza porque esta es la hora en que pasa uno de los autobuses que llevan a los turistas por los itinerarios de sus giras. Y yo doy unas propinas a los cicerones que les acompañan para que cuando pasen por aquí digan; «Y ahí vive el famoso escritor Camilo José Cela, que, precisamente en este momento, está escribiendo a máquina en la terraza».

Pues eso.

 

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