Autor: De la Serna. 
   La vocación ultra     
 
 El Alcázar.    31/03/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

LA VOCACIÓN ULTRA

La Historia, incluso la peque-ña historia, es como la conciencia. Por más que se crea olvidada, siempre

hay un instante en que despierta y se nos aviva en lo más intimo de la memoria.

Está de moda la descalificación de los "ultras" y del epíteto se lanza, la mayoría de las veces, con una

cierta inconsciencia, sin reparar que la historia, como la verdad, puede jugar una mala pasada.

Enrique G. Herreros —mi querido amigo y colega Quique recuerda desde "G.i". una vieja anécdota. No

tiene mayor trascendencia, pero sí un valor significativo. Cuenta Quique Herreros: "La primera vez que oí

hablar de Rita Hayworth era yo muy joven; era la época en que ios precursores de los ataques a librerías

tiraron tinteros llenos de tinta a la pantalla del Palacio de la Música en la que se proyectaba la película

"Gilda". El reportaje continúa con las clásicas incidencias a que obliga la frivolidad del tema. Pero en ese

párrafo primero, y en el antetítulo que figura en cabecera —"Gilda", una de las primeras victimas de los

ultras"— se encierra, de alguna manera, la conciencia de la historia.

Porque Historia es, aunque mínima, aquel ruidoso atentado que convirtió la pantalla del Palacio de la

Música de Madrid, en el objetivo de las iras de un grupo de fanáticos ultras que, como inquisidores

enfurecidos, destrozaron también los grandes anuncios que en la fachada del cine reproducían a tamaño

gigantesco y a todo color la

«trayente figura de "Gilda". Lo que quizás desconozca mí amgio Quique Herreros es la identidad de los

bárbaros ultras y sus mentores. Figura en las antologías del disparate. Alentados por el Padre Llanos —

aquel que cuando la guerra de Israel, en 1948, convocaba a Santa Cruzada, como un Pedro Ermitaño

cualquiera —el atentado contra "Gilda" lo efectuaron, piadosísimas discípulos del Jesuíta, iluminados por

un fanatismo que les condujo a otras sonadas hazañas, como asaltos a las capillas protestantes. Sus

nombres eran conocidos por razones familiares. Por elegancia los omitimos. Quizás el padre Llanos —o

el compañero Llanos— puediera ilustrar a sus huestes actuales sobre aquellos personajes. Siguiendo su

maestro, los bárbaros discípulos pacen hoy en el edén de los partidos de extrema izquierda. Han cambiado

de signo —la mano alzada por el puño cerrado. La camisa azul por la roja. El carnet de los "luises" por el

de las Comisiones Obreras y la U.G.T.

En una sola cosa no han cambia-do. Como certeramente apunta Quique Herreros, fueron los precursores.

Hoy signen siendo ultras y su dogmatismo invade inquisito-rialmente el ámbito de los partidos de

izquierda en donde militan. Hasta que el viento de la historia le empuje al trance de una nueva mutación.

Como los alienígenas.

DE LA SERNA

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