Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Andanzas y desventuras; El caso Añoveros; El Ateneo sin Cela; Los viejos cafés; Los políticos del futuro     
 
 Gaceta Ilustrada.    14/03/1974.  Página: 68-69. Páginas: 2. Párrafos: 18. 

La primavera política se aplaza, entre tanto problema urgente.

La herencia Que nos dejó 1973 era una difícil herencia Cela en el Ateneo: un sueño hermoso, pero casi

Irrealizable.

Si todos hemos acertado, el futuro será un futuro de dialogante contraste de pareceres Andanzas y desventuras.

EL laberinto, querido lector, anda enrevesado. El barrio de la economía está difícil. El barrio social, preocupado. El barrio eclesiástico, tormentoso. El barrio educativo, levantisco. Hasta en el barrio cultural se observan algunas agitaciones. La primavera política se aplaza, entre tanto problema urgente. La vida del Gobierno Arias no ha encontrado caminos suaves ni golfos tranquilos. Para algunos señores ministros, su luna de miel con el Poder ha sido casi una luna de hiél: problemas intrincados, conflictos de solución difícil, situaciones enconadas, papeletas graves. No se puede decir que nuestros nuevos gobernantes se hayan encontrado un horizonte color de rosa. Es muy posible que tengamos que remontarnos a muchos años atrás para encontrar un panorama tan erizado de dificultades ante los primeros pasos de un nuevo Gobierno.

La verdad es que (a herencia que nos dejó 1973 era una difícil herencia. Y que los gobiernos no pueden ni deben aceptar las herencias políticas a beneficio de inventario. La crisis de la energía y la subida espectacular del precio del petróleo,nos ha envuelto desde fuera. Las cifras son, sencillamente, alucinantes.

En 1970, un barril de petróleo costaba algo más de un dólar. A primeros de 1974, ese precio oscilaba entre los diez y los quince dólares. Es decir, se había multiplicado por diez en poco más de cuatro años.

Para un país como España, la última subida supone nada menos que un incremento de ciento veinticinco mil millones de pesetas, la cuarta parte del presupuesto nacional. El hecho es un terremoto económico con una onda expansiva que tiene que alcanzar necesariamente a todos los sectores de la economía. Desde el barquito pesquero al «seiscientos» de la familia modesta, los vehículos corren el riesgo de convertirse en sirenas varadas.

Se buscan, naturalmente, soluciones. Como se buscan soluciones para el desorden que el Gobierno heredó en el campo educativo. Se imponía la implantación de unos criterios de selectividad para el acceso a la Universidad; una ordenación administrativa del profesorado; una promoción de la formación profesional; una pacificación del «campus» universitario; una reorganización del calendario escolar, descoyuntado. No es tarea fácil ni siquiera para ese «niño prodigio» del Gobierno al que, por su brillantez y concepción del juego político, llaman algunos don Cruyff Martínez Esteruelas.

Las condenas a muerte estaban ahí, dictadas por los tribunales de Justicia. El Gobierno, un día u otro, debía afrontar la amarga y triste obligación de dar el «enterado». Las tensiones Iglesia-Estado vienen de lejos. La urgencia del desarrollo político, también. El panorama no era, precisamente, como para que el nuevo Gobierno cantase a coro «La vie en rose». Tenía ante él, como el «Lazarillo» un camino de andanzas y desventuras...

El «caso Añoveros»

Parecía que las tensiones Estado-Iglesia se hallaban en pleno deshielo, con anuncios de primavera y en vísperas de conversaciones serenas • para poner sobre la mesa del diálogo ese complicado asunto de la revisión del Concordato. Y entonces llega monseñor Añoveros y ordena la lectura de una hqmjlía que cae sobre las aguas del país como una gran piedra en el estanque apaciguado. La famosa homilía —no sé por qué— se transmite entre la clase política y entre la parroquia eclesiástica por medio del tam-tam de la fotocopia. Hasta quince días después de su lectura no ha sido publicado su texto íntegro por una revista.

Una nota del Gobierno afirma que el Ministerio Fiscal ha encontrado en la homilía .gravísimos ataques a la unidad nacional, aunque, de momento, el Ministerio Fiscal no presenta ninguna querella. Para procesar a un obispo se necesita el «placet» de la Santa Sede, pero el «placet» no se pide. En cambio, las autoridades gubernativas «ruegan» a monseñor Añoveros que permanezca en su domicilio como «medida precautoria». El señor obispo de Bilbao, ya se sabe, está asistido de una santa terquedad. Si permanece en su domicilio, será a la fuerza. Un avión espera en Sondica el momento de trasladar a monseñor

a un lugar desconocido. Tal vez a Roma. Algunos dicen que a Portugal y otros afirman que a Francia. La autoridad gubernativa telefonea al domicilio del prelado. Su ilustrísima debe estar preparado para emprender un viaje. Pero el señor obispo, ya se sabe, está asistido de una santa terquedad. Si realiza un viaje será a la fuerza. Nuevas llamadas y nuevas resistencias. El avión, finalmente, despega, vacío, del aeropuerto de Sondica. Y la policía permanece a las puertas del domicilio de monseñor Añoveros y del padre Ubieta.

Hay una nota, o mejor dicho, una contranota, del obispado de Bilbao en la que se afirma que la lectura del texto de la homilía no era obligatoria para todos los párrocos y rectores de Iglesias, y que el texto no había sido distribuido a los medios informativos antes de ser leído desde el altar o desde los pulpitos. Una tercera «recontranota» de la Agencia Cifra insiste en la obligatoriedad de la lectura de la homilía, en su texto íntegro, y algunos periódicos publican la fotocop´ia de la carta del padre Ubieta en la que se incluye expresamente esa indicación. También se prueba que el texto de la famosa homilía ha sido divulgado por algunos medios informativos extranjeros antes de que fuese conocido por el pueblo de Dios que vive y reza en Vizcaya. Hay pliegos de firmas. Hay adhesiones desde otros obispados y desde diversos organismos religiosos. El «caso Añoveros» desde las columnas informativas a los comentarios editoriales.

«ABC» califica la homilía de texto «ambiguo, imprudente e inoportuno». El diario católico «Ya» habla de texto «inoportuno y desafortunado». Desde otras páginas menos serenas o más radicalizadas se lanzan calificaciones y acusaciones de más grueso calibre.

¿Qué hacer? El asunto parece haberse metido en un callejón´ sin salida. ¿Se solicitará de la Santa Sede el «placet» para procesar a monseñor Añoveros? ¿Concederá o no ese «placet» el Vaticano? ¿Asistiremos en España al espectáculo insólito y desconcertante de ver a un obispo sentado en un banquillo ante los tribunales de Justicia? ¿Olvidará el Gobierno su anuncio de adoptar medidas adecuadas a la gravedad del caso? ¿Será llamado a Roma monseñor? ¿Marchará a sus tierras navarras a tomarse unos meses de descanso mientras pasa la «tormenta eclesiástica»?

Visitas y conversaciones. Monseñor Dadaglio se va a Roma. El cardenal Primado se va al Palacio de El Pardo. Allí vive y trabaja un hombre que vio, imperturbable, en pleno delirio popular de adhesiones y fervores, cómo el cardenal Pedro Segura cerraba las puertas de la catedral de Sevilla. Su ciencia y su paciencia están amasadas en todas las dificultades, en todos los avatares, en las más erizadas circunstancias. El cardenal arzobispo de Madrid, presidente de la Conferencia Episcopal, hace visitas, recibe visitas, convoca el Comité Ejecutivo- de la Conferencia. El cardenal Jubany habla en Barcelona. El cardenal Bueno Monreal habla en Sevilla. Hay nervios y declaraciones. Por fin, monseñor Añoveros, con sotana y boina, en un coche amarillo, viaja desde Bilbao a Madrid. A la puerta de su domicilio ya no hay policía. A la puerta de la Nunciatura le esperan los informadores. El señor obispo no tiene nada que decir.

El Gobierno se reúne en Castellana, 3. A la hora en que escribo este «laberinto» celebra sesión «deliberante» en el Palacio de El Pardo. En el aire, ya casi primaveral de 1974, hay como una ráfaga de viento de la Edad Media. Se busca una solución. Para cada problema debemos encontrar una solución. Y no —como decía Luis María Ansón que le sucedía a cierto político— un problema para cada solución. A lo mejor, si el Espíritu Santo ilumina a los protagonistas, a la hora en que ustedes me lean Ja solución ya ha sido encontrada. Otra cosa más difícil sera encontrar una fórmula justa que nos sirva para siempre. Por el bien de España y A.M.D.G.

El Ateneo sin Cela

Soñar no cuesta nada. Camilo José Cela en la Presidencia del Ateneo era un sueño hermoso, pero casi irrealizable. Cela es una institución hermosa en las Letras españolas. Pero, como decía el marqués de la Valdavia acerca del matrimonio, es una institución admirable, aunque de difícil manejo. Ya se sabe que Galicia da, de vez en cuando, personajes irrepetibles. Sobre Cela habrá que escribir algún día un «diccionario secreto». Es imprevisible y vario, como sus propios personajes, que van desde Pascual Duarte al hijo de mistress Caldwell, tierno como la hoja del culantrillo, pasando por aquel mariquita de «La colmena» que se iba a los billares «a ver posturas».

Un día les prometí a ustedes contarles una anécdota de Cela y los gobernadores civiles. Ahí va. En aquellos años, Camilo escribía todos los días en los periódicos de la cadena de Prensa del Movimiento.

Cuando se escribe todos los días cae uno en la tentación lógica de contar lo que a uno le pasa cada día.

Camilo contó una vez que había ido a su casa un fontanero a arreglar algún desaguisado dé los baños o de los fregaderos. Su mujer se quejó (ya entonces) del precio de la factura. Y Camilo dijo algo así: «Estos fontaneros cobran más que los colaboradores de la Prensa del Movimiento». Como por aquellos años aún no habían empezado a soplar ios vientos de la apertura, el ministro Secretario General, que quizá fuese Raimundo Fernández-Cuesta, llamó a Camilo a su despacho. El ministro reprochó al escritor su ingratitud. Ponía en ridículo a los propios periódicos en los que escribía. Al parecer, en algún punto de la conversación, el ministro, que solía ser hombre sereno y de formas suaves y correctas, debió de alzar el tono de la voz, y los reproches llegaban a la antesala, donde esperaban ser recibidos varios gobernadores civiles. Cuando Camilo salió del despacho, los ojos de todos aquellos gobernadores ¿e clavaron en el personaje que salía por la puerta. Y Camilo, mientras el secretario le ayudaba a ponerse el abrigo, exclamó: «¡No te fastidia! ¡Pues no quería hacerme gobernador civil».

Yo no sé si Camilo será presidenciable para algo. De momento, lo que de Camilo se puede decir es lo mismo que Agustín de Foxá decía de sí mismo: que es un lujo de España. En él, seguramente, hasta el abolicionismo es literatura. ¡Lástima que no se le haya ocurrido escribir aquel impresionante libro que se le ocurrió a Daniel Sueiro: «El arte de matar»! Nadie como él hubiese hecho una descripción tan tierna del verdugo. Lo de hacer a Cela presidente del -Ateneo es una Idea tan angelical como aquella de hacer &

Pablo Picasso director del Museo del Prado. Don Ricardo de la Cierva encontrará la manera de resucitar e! Ateneo de .Madrid. Y Camilo José Cela ya ha encontrado una nueva de que hablemos de él, aunque sea bien, como lo hago yo.

Los viejos cafés

Como ya no quedan en Madrid viejos cafés, aquí, o habla uno de política en «Zalacain» o en los almuerzos de José Mario Armero, o se queda uno en casa con los niños. Se puede buscar consuelo leyendo el libro de «Pombo» de Ramón Gómez de la Serna, o buscando memorias del café de «Levante» en los tiempos en que Ernesto Giménez Caballero armaba marimorenas literarias en vez de delirios parlamentario-políticos, o recordando las veladas de! café «Várela». Ni siquiera el «Gijón» es ya el «Gijón» de los cafés y los vasos de agua de Gerardo Diego y los sonetos de Juan Pérez Creus a Eugenia Serrano, o los de Eugenia Serrano a Pepe García Nieto.

Se ha perdido el gusto por el epigrama y ya casi nadie cultiva el género poético de la improvisación en las mesas de mármol. Por Madrid ya no se pasean tipos como don Ramón María, si no es bronce de -paso inmóvil, junto a los tulipanes de la Castellana. Manolito el Pollero, el pobre, ya no escribe semblanzas como aquella que dejó, seguramente sin publicar, a Eduardo Alonso, el carbonero que invitaba a los poetas famélicos del «Várela» a café con leche y versos. No sé si alguien recordará aquella semblanza. Pero hoy se me ha ocurrido dejarla aquí, por si puedo salvarla de la quema del tiempo: sí hoy a medianoche tiene

una cita con Selene, con la «Nardo», esa gachí tan cachonda, y un «rendez-vous» de ultratumba, que es la monda.

Aquel otro laberinto de Madrid ya se fue. Quizás haya que decir que vaya con Dios. No sé. Ni siquiera sé si sigue todavía la mesa vacía y la silla inclinada sobre ella, en donde escribía César González-Ruano, en el café «Teide». Madrid, para bien o para mal, ya es otra cosa.

Los políticos del futuro

Los directores de diarios y revistas y los comentaristas políticos, entre los cuales han tenido la bondad de contarme, hemos decidido que Manuel Fraga es el político campeón del futuro. Ha obtenido nada menos que 63 vetos de un total de 73. Un «quorum» impresionante. Entre los veinticinco más votados hay algunos miembros del Gobierno, lo que quiere decir que no sólo se les considera con presente sino también con porvenir. Entre ellos figuran Pío Cabanillas (51). Fernández Sordo (48), Barrera de Irimo (47), Cruz Martínez Esteruelas (45), Utrera Molina (32), Licinio de la Fuente (27) y Nemesio Fernández Cuesta (23).

Don Federico Silva protagoniza el futuro con 52 votos, en tercer lugar de la lista. Y eso que se llama «oposición» está representada con los nombres inevitables de Areilza y Ruiz-Giménez. Hay nombres que están en la espera o en el exilio temporal, como Fernández-Miranda, López Rodó o López-Bravo. Y hay tres escritores políticos, como Ortí Bordas, Gabriel Cisneros y —este año, creo que citado por primera vez— Luis María Ansón. No aparece en los primeros 25, Emilio Romero. Entre los jóvenes políticos en puestos de segundo o tercer nivel resultan citadísímos Fernando Suárez, Enrique de la Mata y Marcelino Oreja.

Como se ve, si todos hemos acertado, el futuro será un futuro de dialogante contraste de pareceres. No hay extremismos ni extremosos. Pues, ¡bendito sea Dios!

Ahí viene remiso y tardo, fúnebre como un responso, gris como una calavera, Eduardo Alonso y Herrera.

La balumba, la inefable clientela de malteses del «Várela» lo esté poniendo tarumba.

Pero qué le importa a Eduardo lo que en torno suyo zumba.

 

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