Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Cortarse la lengua; Elecciones municipales; La verdad política; Una pregunta ingenua; El palo y la vela     
 
 Gaceta Ilustrada.    22/11/1970.  Página: 91. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

MADRID LABERINTO

Por Jaime Campmany

(Enviado especial de «G. i.» en Madrid)

Cortarse la lengua

HAN llegado los mudos. Con esta o parecida frase recibieron los periodistas murcianos a los jugadores del Barcelona. Los futbolistas azulgrana no hacían declaraciones a la Prensa. Todo lo que tenían que decir lo dirían con los pies, que, al fin y al cabo, es su más elocuente herramienta de expresión. Hace algunos meses, por las fechas de vísperas de la crisis de Gobierno, eran los políticos los que huían de hacer declaraciones. Cualquier autodefinición podría resultar inoportuna o inconveniente, y parecía más prudente permanecer en silencio para verlas venir y para conocer de qué lado caían las pesas. El mutismo de los políticos ha sido sustituido ahora por el de los futbolistas. Cuando las cosas no van demasiado bien en e! fútbol (esa política que se juega con los pies, como alguna vez creo que he dicho) lo mejor es callarse hasta que vengan los goles, y con ellos las victorias, y con las victorias el triunfalismo.

La actitud silenciosa de los jugadores del Barcelona ha sido ahora imitada por los del Real Madrid. En el Madrid, hoy por hoy, el único que habla es don Santiago Bernabeu, y eso que muchas veces lo que dice es que no quiere hablar y que no le tiren de la lengua. Algunos acusan a don Santiago de tiranía. Los periódicos publicaron una fotografía en la que se veía a Amancio, el gallego de oro (últimamente el fútbol español siempre ha tenido un gallego de oro, desde Luis Suárez a Amancio), intercambiándose unos mojicones con un jugador del equipo adversario. Y en seguida llegó la represalia: los jugadores madridistas no harían declaraciones a la Prensa. La Prensa vive, en buena parte de sus espacios, de las declaraciones de los personajes públicos o populares (que a veces, es lo mismo, y a veces, no), y los que hacemos los periódicos y los que los leen nos hemos quedado ayunos de las palabras de esos héroes de nuestro tiempo que son los futbolistas, y además de los que pertenecen a dos clubs que figuran entre los más gloriosos y poderosos del apasionante deporte: el Barcelona y el Madrid.

Es como si los más famosos gladiadores del circo-73 se hubiesen cortado la lengua. ¿Por qué? ¿Se trata de una especie de solidaridad de una deportiva cofradía del silencio? ¿Se trata de una especie de temor reverencial a la dictadura del presidente? ¿Se trata de una autolimitación democrática, o de una imposición del «tirano»? Yo no entenderé nunca eso de cortarse la lengua. Y si alguna vez me ha asaltado esa tentación, he corrido a refugiarme en don Francisco de Quevedo, que escribió aquellos célebres endecasílabos, mucho más citados que obedecidos:

No he de callar, por más que con el dedo ya indicando la boca, ya la frente, silencio avises o amenaces miedo...

Pero también recuerdo lo que cuenta Antistenas en las Sucesiones sobre Zenón de Elea, aquél que fue el primero en gastarnos la broma de Aquiles, el de los pies ligeros, que jamás alcanzaba a la tortuga. Y es que Zenón, después de culpar al tirano de la destrucción de la ciudad, se volvió a los circunstantes y les dijo: «Estoy admirado de vuestra cobardía, pues por miedo de lo que yo padezco sois esclavos de un tirano». Y entonces fue y se cortó la lengua con los dientes. Los ciudadanos mataron a pedradas al tirano; pero Zenón fue metido en un mortero y machacado allí como si fuese una cabeza de ajo. Las peripecias del fútbol no se plantean de modo tan dramático. Y después de todo, si los jugadores de fútbol se cortan la lengua no es un hecho demasiado grave. Lo peor sería que se cortaran los pies. Parece ser que lo importante es que vayamos a Munich, aunque sea a la chita callando, pues ya no se trata de asistir a ningún «contubernio», sino a los mundiales de fútbol. Aunque esto dependa no ya de nosotros, sino de los griegos, es decir, de los herederos de Antístenes, de Zenón de Elea y del tirano.

Elecciones municipales

Es muy posible que «Gundisalvo» haya salido elegido concejal por algún municipio. Es muy posible que en Madrid haya votado el 27 por ciento del censo electoral. Es muy posible que esta cifra haya llegado al 40 en el resto de España. Es muy posible que los ciudadanos hayan creído a pies juntillas en las cifras oficiales. Es muy posible que esas urnas vacías en las que depositaban sus papélelas los más madrugadores votantes (es decir, los miembros del Gobierno) se llenaran más tarde. Es posible que la abstracta propaganda oficial incitando al voto haya dado resultados positivos. Es posible que los candidatos hayan realizado un esfuerzo de laconismo retórico y metido en quinientas palabras sus programas sobre la «política de las cosas». Es posible que unos afirmen que ha sido un gran éxito el porcentaje de votantes y que otros aseguren que se ha abstenido más de la mitad del censo; y, lo que es más difícil, es posible que todos tengan razón.

Lo que parece indudable es que podemos y debemos vigorizar los cauces de participación y que debemos ponernos de acuerdo en si queremos que los ciudadanos se interesen y opinen en los problemas políticos, o si lo que queremos es, precisamente, todo lo contrario. Lo que parece indudable es que algo debemos y tenemos que hacer para que no sea verdad lo que «A B C» señala en un editorial, que es como un grave aviso a los navegantes: «El absentismo fue, como en experiencias anteriores, signo inequívoco y masivo de desinterés, de apatía». Algo habría que hacer para que la mayoría silenciosa no sea, al mismo tiempo, «una mayoría ausente».

La verdad política

Hace ya cuarenta años, en este mismo país, pero en otras muy distintas circunstancias, un español de treinta años llamado José Antonio Primo de Rivera comenzó así un discurso destinado a abrir un capítulo de la Historia de España: «Cuando en marzo de 1762, un hombre nefasto, que se llamaba Juan Jacobo Rousseau, publicó El contrato social, dejó de ser la verdad política una entidad permanente». Ahora, el profesor Jiménez de Parga («Gentleman», número 8) ha planteado la cuestión de la verdad política y del juramento político. Y cita una sentencia del Tribunal Supremo del año 70 en la que se confirman ciertas sanciones administrativas por «una falta de respeto a la verdadera Historia de España, engendradora de la verdad política actual».

El profesor Jiménez de Parga plantea, nada menos, que el tema, enorme y delicado, del valor del juramento político. Y se pregunta si un rey que ha prometido cumplir algo en un determinado momento, ha de quedar vinculado, por el resto de sus días, a esa palabra empeñada. El profesor opina que el rey, igual que los demás mortales de sangre roja, puede cambiar su enfoque de las cosas políticas. Y dice textualmente: «Una serie de principios fundamentales son los más adecuados para ordenar la convivencia de un determinado grupo social en una hora histórica precisa y concreta. Pero no son principios inmutables. La validez de los mismos es tan circunstancial que al cambiar las condiciones de la sociedad en que rigen, también deben modificarse aquellos postulados políticos». No sé si habrá forma de lograr que las afirmaciones del señor Jiménez de Parga se compadezcan con la declaración constitucional de los Principios del Movimiento, que define a éstos «por propia naturaleza, permanentes e Inalterables».

De cualquier manera, y sin llegar a un planteamiento de tanto fondo y compromiso, la pregunta del profesor Jiménez de Parga queda flotando en el aire de esta España del 73 como un desafío a las mentes filosóficas y a los especialistas de Derecho Político: «¿Hay una verdad política?» ¿Podemos hablar de dogmas políticos invariables y eternos? Esa es la cuestión, y no seré yo quien —metido en tantos y tan diversos laberintos— penetre aquí en el intrincado laberinto de responderla.

Una pregunta ingenua

Hace diez años que el presidente John F. Kennedy cayó asesinado en Dallas. Fue aquel uno de los sucesos más oscuros de la historia contemporánea. Es un misterio que, seguramente, legaremos envuelto en tinieblas a nuestros hijos, quizás a nuestros nietos y a los historiadores de la posteridad. Antonio Garrigues era embajador en Washington cuando fue agujereada la cabeza de Kennedy. Y fue y es amigo de los Kennedy. Copio de él este párrafo, que pertenece a una semblanza de urgencia: «Yo creo que políticamente —se entiende la política "política", no la que diríamos gubernamental— Kennedy daba más importancia a la Prensa que al Congreso. Lo mismo hizo el general De Gaulle».

Cité yo esta frase del embajador Garrigues en una tertulia de amigos de diverso pelaje político y «político», y uno de ellos, con gesto angelical e ingenuo, me preguntó: «¿Y por qué dar importancia a una y a otro?» Confieso humildemente que ´no supe qué responder. Abrí la boca, pero no articulé palabra. Lo siento. Lo siento por la Prensa y por el Congreso.

El palo y la vela

Monseñer Casaroli —ya lo saben ustedes— ha permanecido en España algunas horas y se ha entrevistado con diversos miembros de la jerarquía católica española y con altos personajes políticos. Presumiblemente, el tema de las conversaciones haya sido el del nuevo Concordato.

Ciento once cristianos se encerraron voluntariamente en la Nunciatura en una «jornada de oración y reflexión» sobre algunos problemas que atañen a la Iglesia y al Estado. Los obispos auxiliares de Madrid han hecho pública una nota sobre este «encierro» en la Nunciatura. El cardenal Jubany ha publicado una homilía en la que cita la doctrina de la encíclica «Pacem in terris» sobre los derechos universales, inviolables e inalienables de reunión y de asociación para fines lícitos, y ha citado las palabras de un ministro del Gobierno: concretamente, las de don Licinio de la Fuente, ministro de Trabajo, en la conmemoración del 29 de octubre en el Palacio del Consejo Nacional, ante Franco y ante el Príncipe. El obispo de Urgel se adhiere a la homilía del cardenal Jubany e insiste en que «urge en nuestro país una ordenación jurídica que facilite más el derecho de reunión y de asociación» como derecho natural del hombre. Federico Alessandrini, portavoz oficioso del Vaticano, ha calificado el «encierro» en la Nunciatura como procedimiento exagerado e inadecuado. Algunos sacerdotes recluidos en la cárcel de Zamora mantienen una huelga de hambre. Lo mismo hacen otros sacerdotes en ´la sede episcopal de Bilbao. La Hermandad Sacerdotal Española desaprueba enérgicamente las interferencias entre el Gobierno español y la Santa Sede. El cardenal Enrique y Tarancón se ha entrevistado con Carrero Blanco y con López Rodó. El nuncio de Su Santidad también ha conversado con nuestro ministro de Asuntos Exteriores. El obispo de Orense ha denunciado en una pastoral «El triste espectáculo que ofrecemos los sacerdotes». Monseñor Guerra Campos sale al paso de unas declaraciones de la Comisión Nacional española «Justicia y Paz» y afirma que «no representan la posición oficial». Monseñor Palenzuela, obispo de Segovia, habla de la penuria del clero rural. Ha sido aprobada por el obispo una proposición del Seminario Mayor de Bilbao, según \a cual los sacerdotes de la diócesis deberán saber hablar el vascuence...

- Sospecho que ante todas estas noticias alguien nos va a recordar que estamos en el país donde el pueblo marcha siempre detrás de los curas, unas veces con la vela y otras con el palo. Pero corren tiempos difíciles. No bastan los recordatorios. Son precisas las soluciones. Porque España es, ya lo sabemos, catolicísima. Pero también es plural.

GACETA ILUSTRADA 91

 

< Volver