Autor: Vandenberghe, N.. 
   El problema agrario y el consumidor (y III)  :   
 En cuestión de precios, el consumidor español se enfrenta sistemáticamente con el productor agrario en un ambiente de total incomprensión. 
 Ya.    19/05/1977.  Página: 37. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

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ECONOMIA Y SOCIEDAD

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El problema agrario y el consumidor

En cuestión de precios, el consumidor español se enfrenta sistemáticamente con el productor agrario en

un ambiente de total incomprensión (y III)

LOS consumidores hacen muestra de un egoísmo de grupo desmesurado cuando anteponen sus

reclamaciones a cualquier otra, sobre todo a las aspiraciones del sector agrario. Pagar más por la cesta de

la compra a menudo representa disminuir el poder de compra para unos bienes a los que otro ente social

no tiene nunca acceso debido a su nivel de ingresos insuficiente. Los aumentos de precio de los productos

agrarios pueden obedecer a prioridades mucho más urgentes que la mayor capacidad adquisitiva de los

consumidores. Representa el medio más directo de efectuar transferencias al sector agrario desde el resto

de la economía. Su alternativa más obvia es el sistema de subvenciones del Estado a los productores,

algo más largo pues supone recaudar fondos para poderlos repartir. Cada política tiene sus ventajas e

inconvenientes y utilización depende de las circunstancias.

De cualquier manera que se actúe, el objetivo prioritario es el incremento de las rentas agrarias en estos

momentos, antes que el aumento del nivel de vida general. Políticamente puede justificarse la inversión

del orden de estos fines por razones tácticas o pragmáticas, lo que hace difícil enjuiciar la actividad del

Gobierno desde fuera cuando no se poseen todos los elementos de juicio necesarios para formarse una

opinión. El miedo del Gobierno a las subidas del índice del coste de la vida puede explicarse por sus

posibles repercusiones en otros terrenos, por ejemplo la inflación y sus consecuencias, y por la existencia

de fines más altos, como, por ejemplo, el interés general de la nación. Por el contrario, a nivel del

consumidor no se presenta esta opción, y debe existir cierta coherencia en sus reclamaciones y protestas.

A menudo se ha desplazado el problema de los altos precios de los productos alimenticios al proceso de

distribución de los mismos, aduciendo que las cotizaciones y sus subidas benefician más a los

intermediarios que al sector agrario en sí. Esto puede ser cierto en algunos casos, pero no es la norma

general en la actualidad. Siempre existen actividades más o menos lucrativas en un sistema de mercado

como el español, pero dadas las dimensiones de estos intercambios comerciales, no parecen probables la

existencia y, sobra todo, el mantenimiento de beneficios tan cuantiosos y atractivos. Es más lógico pensar

que en la mayoría de los casos la estructura comercial ocasiona muchos gastos y encarece el producto.

Unos mecanismos distributivos poco eficientes corresponden a un sector productivo bastante defectuoso,

pero da estos hechos no se puede responsabilizar ni a los intermediarios ni a los agricultores o ganaderos.

Son problemas que debe afrontar el país independiente la del objetivo de justicia social que ha de

perseguir de forma prioritaria. A modo de conclusión, que se puede aplicar a todos, ya que todos somos

consumidores, cabe resaltar que no hay por qué creer que los productos alimenticios tienen que ofrecerse

a bajo precio obligatoriamente. A menudo quienes describen la sociedad del futuro anuncian un descenso

en estas cotizaciones como si fuera un signo de progreso. Puede ser, por el contrario, que lo más

conveniente sea una verdadera revolución en si sistema de precios relativos a los bienes de consumo,

alimentación y de otros tipos. Lo que pasa es que nos estamos desenvolviendo en un clima que no es el de

la cuestión agraria propiamente dicho. Sólo nos fijamos en aspectos que nos parecen cruciales, pero no

son en realidad más que la expresión de fallos en el sistema vigente, y sobrepasan con mucho lo agrario.

Para estos problemas no existen soluciones si no son las generales, es decir, que los remedios deben

proceder de fuera de la esfera agraria.

Esta confusión contribuye a que se pierda lo que se puede y se debe conseguir en este campo. La posición

asumida hoy en día frente al problema del hambre en el mundo no se puede mantener. Aparte de por la

falta de humanidad que esta actitud de desentendimiento y pasividad representa, hay que pensar que este

planteamiento no puede ser más que transitorio por la interdependencia, cada vez más acusada, de todas

las zonas del mundo; es decir, que llegará un momento en que el problema no será el de todos, bien por

obligación o bien porque desaparezcan los egoísmos internacionales. No se puede ignorar el futuro ni

cegarse con las dificultades presentes cuando problemas mucho más difíciles se acercan. Ante las

exigencias alimenticias de la humanidad entera no cabe más que el mejor aprovechamiento de los

recursos, y a todos consta que el mecanismo actual de precios no tiene nada que ver con la mejor

utilización de las disponibilidades por el hombre, sino que incluso a menudo la imposibilita. Casi toda la

producción ganadera actual en España y en los países desarrollados es un buen ejemplo de ello. A escala

mundial, el despilfarro que supone la obtención de los principales productos zootécnicos, carne, leche y

huevos, es enorme. Sin embargo, se da más importancia, por ejemplo, a los saldos de las balanzas

comerciales agrarias que al mal uso de los recursos escasos. Se trata como simple derroche de divisas la

importación de cantidades ingentes de maíz, soja y otros alimentos para los animales de granja, cuando su

significado es mucho más profundo. A menudo se llama modernización de la agricultura a lo que no es

más que un paso en falso de la humanidad entera. Pero éste ya es otro problema.

N. VANDENBERGHE

(Doctora en Veterinaria, licenciada en Ciencias Económicas.)

 

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