Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Vacaciones de primavera; El monseñor romano; Tentaciones y dilemas; Club Siglo XXI; La vida sigue; Las ventanas políticas; Turno de alusiones     
 
 Gaceta Ilustrada.     Página: 68,69. Páginas: 2. Párrafos: 23. 

Aquí, todos, incluidos los obispos, respetamos la unidad nacional.

A los españoles ya se sabe en estas cosas de Iglesia nos gusta meter ruido.

Eso de la selectividad traerá largos debates en las Cortes.

Una noticia no es enteramente cierta hasta que se logra un mentís oficial.

Hablar ahora mismo del asociacionismo puede ser algo así como abrir debate sobre el sexo

de los ángeles.

Vacaciones de primavera.

UN mi última crónica, dejé a la Iglesia y al Estado casi como don Miguel de Cervantes dejó a don Quijote y al Vizcaíno: con las espadas levantadas, el uno sobre la cabeza del otro, en espera de abrir el siguiente capítulo. La nota del Gobierno amenazaba con la adopción de medidas tan graves como requería el caso: nada menos que un ataque a la unidad nacional según el informe del Ministerio Fiscal. Y el obispo de Bilbao amenazaba con fulminar excomuniones sobre aquel que se le acercase con ánimo de presionarle o «invitarle» enérgicamente a abandonar su diócesis.

Bien. Parece que las espadas han sido envainadas. Ni el Ministerio Fiscal ha presentado querella alguna, ni el señor obispo ha sembrado excomuniones sobre la cabeza de los servidores del Estado. La nota de la Comisión Ejecutiva del Episcopado ha sido suficientemente explicativa, suficientemente conciliatoria, suficientemente serena y dialogante. Aquí, todos, incluidos los obispos, respetamos la unidad nacional. Casi al mismo tiempo, don Antonio Garrigues, en «ABC», tomaba la homilía, se iba a las fuentes de donde fueron sacadas las citas pontificias y conciliares, desmenuzaba el documento digamos que «científicamente» y ponía bajo el microscopio del análisis el rigor —o la falta de rigor— del padre Ubieta y -de los autores materiales del famoso texto.

Mientras tanto, monseñor Añoveros —aquí en Madrid— estaba reunido en las salas del convento de las Operarías Parroquiales de la calle de Arturo Soria, adonde había llegado con la chapela puesta. La nota de los obispos era, también, lo suficientemente firme como para dejar a salvo la independencia de nuestra Santa Madre Iglesia. Los obispos pueden y deben opinar sobre cualquier suceso del orden temporal desde su misión de pastores. Sólo el Santo Padre puede juzgar a un obispo en el ejercicio de su misión pastoral. Si el orden civil encuentra en •la actuación de un obispo alguna violación del orden jurídico, ahí está el Concordato.

El monseñor romano

El monseñor romano llegó en avión con una cartera de mano en la que debía de traerse toda la sabiduría de la diplomacia vaticana. Venía vestido de «clergyman» y sin boina. Su nombre, Agnello, quiere decir en italiano «cordero». «Fuera pastor de mil leones y de corderos a la vez», dijo del poeta Antonio Machado el poeta Rubén Darío. Algo así tiene que ser el Santo Padre. «¿Cómo está Su Eminencia Hamlet?», preguntó Juan XXIII a alguien que venía de Milán dónele era arzobispo el cardenal Giovanni Battista Montini. Juan XXIII podía permitirse esa broma con el sucesor de San Ambrosio, primero porque era su discípulo muy amado, su delfín «in péctore», y además porque entonces el Papa era él.

Hay que reconocer que cuando se intenta, como lo intenta Pablo VI, entablar un diálogo de entendimiento con el mundo moderno desde la Silla de Pedro, las cosas no son demasiado fáciles. Como en el mundo moderno también está España, con su paisaje y su paisanaje, además de con sus clérigos, el asunto, a veces, se pone más difícil todavía. Cuando entre las audiencias del Papa hay españoles, nadie sabe por dónde vamos a salir. Igual gritamos con fervor de iluminados «¡España por el Papa!» que aprovechamos la ocasión para hacernos propaganda. Hubo un tiempo en que nos hacíamos propaganda bélica, con el Cristo de Lepanto por delante; y ahora, alguna vez, hacemos incluso propaganda comercial.

«En el año 1964 —que era el segundo del pontificado de Pablo VI—, el miércoles 5 de agosto, vigilia de la celebración litúrgica de la Transfiguración de Nuestro Señor en el Monte Tabor (Evangelio,de San Marcos, IX, 2-10) me encontraba en Castelgandolfo ante el Papa, en audiencia pública. Eramos diez mil y muchos habían venido desde Malta, desde Francia, del Canadá, de los Estados Unidos, de la Guinea holandesa, desde Alemania, Gran Bretaña, Austria y España. Uno de estos españoles, junto a mí, aprovechando una pausa de silencio después de ´los aplausos que estallaron en el momento en que Pablo VI se asomó al balcón, gritó con voz fortísima: «Aquí estamos en representación de todos los empleados de los grandes almacenes Galerías Preciados de Madrid». La narración de la anécdota no es mía. La cuenta Vittorio Gorresio en su libro «II Papa e il diavolo». Añade el periodista italiano que el Papa sonrió de buena gana, bendijo paternalmente al grupo de españoles de donde había salido el grito y luego explicó al pueblo de Dios que estaba preparando ´la encíclica «Ecclesiam suam», !a primera de su pontificado, y que según dicen fue escrita por el propio Pablo VI, a máquina, a dos espacios, sobre 43 folios en italiano que luego vertieron a su excelente latín el cardenal Tondini y los ilustres filólogos monseñor Zannoni y el padre Egger.

«Su Eminencia Hamlet» no tuvo necesidad, en esta ocasión, de sumirse en profundas perplejidades. Ni siquiera movilizó a monseñor Casaroli. Envió a monseñor Agnello Acerbi con su «clergyman» y su cartera de mano. Monseñor «Cordero» habló con el señor obispo. Habló también con el señor Nuncio. Y habló con el señor ministro de Asuntos Exteriores. Y por lo que sabemos en este momento, todo terminará en tinas vacaciones de primavera. A los españoles —ya se sabe—, en estas cosas de Iglesia nos gusta meter ruido. Cuando yo fui por primera vez a ver a Juan XXIII, éramos sólo diez o doce celtíberos, pero organizamos un griterío que ahogó el de los cuatro o cinco mil restantes miembros del pueblo de Dios. El buen Papa Juan XXIII sonrió con su proverbial y bondadosa comprensión, cruzó las manos sobre el vientre y dijo sin ninguna duda: «Rumorosos hijos de mi querida España...» Todavía no había yo tenido ocasión de conocer a monseñor Añoveros...

Tentaciones y dilemas

Mi amigo Gabriel Cisneros dice en «Blanco y Negro» que tiene para sí que el Gobierno del 69 no pudo remontar el vuelo desde el «diciembre negro» del Consejo de Burgos y que los propósitos aperturistas que podía traer en el baúl no pudieron ser salvados de Ja «caza de brujas» en aquella ocasión. Dice también que el Gobierno Arias ha tenido su «viernes negro» en el Consejo del 1.º de marzo: ejecuciones, subidas de precios, huelgas, agitación universitaria, el caso Añoveros... Y concluye afirmando que la única atractiva solución que tiene el Gobierno ante este panorama, no es la de endurecerse y meterse en el «bunker» oyendo los cantos de sirena del integrismo, sino el de servir con energía y resolución el espíritu del 12 de febrero, el espíritu del discurso del presidente Arias en las Cortes.

A Gabriel Cisneros le acaban de nombrar jefe del Gabinete de Estudios de la Presidencia del Gobierno. En la encuesta de «La Actualidad Española» ha sido seleccionado como uno de los 25 políticos para el futuro. Su opinión puede sernos muy valiosa para conocer lo que piensan las nuevas generaciones acerca de las tentaciones que puede sufrir el Gobierno y la manera más atractiva de resolver sus dilemas.

Club Siglo XXI

Los ministros que no fueron a oír a Emitió Romero, Nevaron a sus señoras a la fiesta del Club, con «show» de Pedro Ruiz, ese comentarista deportivo de TVE metido a «showman». El programa comenzaba con un desfile de modelos y algunas de las damas empezaron a sentirse incómodas por ciertos excesos en las transparencias de los tejidos. Pedro Ruiz imitó al ex ministro López Bravo, con eso de irse hacia allí y allá, de traer a este y al otro y de «pensar juntos». Y unos se reían abiertamente. Y otros se sonreían levemente. Pedro Ruiz imitó a¡ ex ministro José Solís, con su ceceo andaluz, y aquello también resultó simpático. Imitó después a Victoriano Fernández Asís, y todo iba bien. Pero más tarde, la pantalla proyectó la imagen de una señora que previamente había practicado, más o menos audazmente, esa moda del «streaking» que acaba de llegar a Bilbao y Vigo, y según me ha contado mi amigo Luis González Seara está empezando a lograr fortuna y seguidores en los campos de la Ciudad Universitaria de Madrid. Delante de la imagen proyectada por la pantalla, Pedro Ruiz comenzó a practicar el alpinismo, en una imitación sugestiva de Pérez de Tudela. Empezaron los rumores y alguien oyó a Alfonso Osorio gritar «fuera, fuera». Dentro de la clase política, es natural que la democracia cristiana sea la que primero se escandalice con las licencias en los espectáculos. Alguno de los 25 políticos para el futuro y algún otro para el presente abandonaron la sala, acompañados, lógicamente, por sus respectivas esposas. El «show» prosiguió con algunas alusiones gruesas a algunos acontecimientos populares de la vida nacional. Al fondo, una reproducción de un famoso cuadro de Murillo, en el que el Niño, junto a San Juan, juega con un corderito. Y para terminar, Pedro Ruiz se vistió de cura y dijo no sé qué cosas sobre monseñor Añoveros.

La clase política se sintió definitivamente incómoda y aquello debió de terminar, por lo que dicen, antes del final previsto, los que habían ejercitado ´la cortesía de permanecer en sus sillas aplaudían tímida y fríamente. Y colorín colorado.

La vida sigue

Se firmó la paz en la «guerra de |a leche». Los barquitos pesqueros vuelven a hacerse a la mar con gas-oil más barato. Los precios suben, claro. Sube, por ejemplo, la plata, y las monedas de cien pesetas ya valen doscientas. Suben las tarifas eléctricas, un mes antes de lo previsto.

Sube también el gas ciudad. Va a subir el cemento. Dicen que -los coches del verano tendrán que pagar la gasolina a cinco duros el litro. Y que quien compre ahora una vivienda podrá venderla el año que viene con un treinta o un treinta y cinco por ciento de ganancia. Los precios suben; pero la vida sigue. El alcalde de Madrid asegura que el tráfico por la Castellana ha aumentado en los dos primeros meses del año un seis o un siete por ciento en relación con los dos primeros meses del año pasado. Todo ese tráfico, digo yo, no puede ser achacado íntegramente a las visitas de los políticos a Castellana, 3.

Va a subir también, ¡cómo no!, el salario mínimo. El ministro Fernández-Sordo ha dicho que el sindicalismo ha de ser reivindicativo. Los curas no están, todavía, sindicados en el Sindicato de García Garres. Pero igual que sube el salario de los porteros, los curas de la diócesis de Toledo cobrarán, como mínimo, nueve mil pesetas al mes. La Bolsa también sube, en «dientes de sierra», como dicen los técnicos, pero sube. En dos meses, más del diez por ciento. En cambio se espera que bajen los crudos. Es posible que los árabes cercenen algunos dólares al precio por barril. Pero no se hagan ustedes ilusiones. Si baja el precio de los crudos, el hecho servirá para que las arcas del Tesoro público se rehagan de esa pérdida de muchos miles de millones prevista en la renta de petróleos.

En e! «laberinto» quedan todavía treinta y dos mil chabolas. Ya desaparecerán. O no. Porque Madrid crece a un ritmo superior al de! número de sus viviendas. En 1980, por el laberinto nos moveremos siete millones de hormigas. Avanza la masticación. Aquí está ya masificada hasta la minoría. La masificación ha invadido la Universidad, y Cruz Martínez Esteruelas y su equipo están estudiando ahora los procedimientos más justos para aplicar el bisturí de la selectividad universitaria. Eso de la selectividad traerá largos debates en las Cortes. Cuando en algún sitio se habla de selectividad, siempre hay alguien que se opone. No sólo los que temen quedarse fuera. Pero ya habrá tiempo de hablar de eso. Y de otras cosas. Como la Ley del Suelo, que según el ministro Rodríguez de Miguel no va a ser retirada del Palacio de la Carrera de San Jerónimo. En fin, eso, que la vida sigue.

Las ventanas políticas

¿Cuánto tiempo hace que permanece cerrado el Consejo Nacional? ¿Cuándo abrirá de nuevo sus puertas y sus ventanas el viejo Palacio del Senado? No es necesario recurrir a la lectura del Reglamento para saber que ese descanso de la «cámara de las ideas» parece excesivo.

Claro es que a lo mejor se abre con una gran solemnidad política: el nuevo proyecto de asociaciones.

El Gobierno Arias no se ha impuesto plazo fijo para la resurrección del asociacionismo. Sin embargo, dicen que ya hay políticos que permanecen algunas horas encerrados en el laboratorio de las ideas y que se ejercitan en encontrar, por cuarta vez, la fórmula para que los españoles, sin salirnos del círculo de las Leyes Fundamentales, podamos organizamos políticamente.

Incluso hubo quien dijo que ese grupo de alquimistas del futuro había consultado la opinión de algunos jefes naturales de «familias políticas» y de algunos hombres representativos. Después se desmintió. Y uno se queda, al fin y al cabo, sin saber si es verdad o no. Porque ya se sabe que una noticia no es enteramente cierta hasta que logra un mentís oficial.

Lo cierto es que la política de las cosas no ha dejado tiempo al Gobierno para que se ocupe en la política de las ideas. Cuando todo esté más tranquilo, es posible que haya llegado ´a hora de darle un empujón al desarrollo político. Pero mientras los viernes decisorios estén tan llenos de problemas como los que ha padecido hasta ahora el Gobierno Arias, habrá que abrir un compás de espera. Con lo que ha caído y con lo que cae, hablar del asociacionismo puede ser algo así como abrir debate sobre el sexo de los ángeles. Sin embargo, alguna vez habrá que decidir si nuestros grupos políticos tienen sexo. O si lo van a tener. Algo podría decirnos don Jesús Fueyo, inventor de la «erótica del poder».

De cualquier forma, la vida política se mueve. No sólo son ios obispos quienes hablan, de vez en cuando, de las cuestiones temporales. Don Jorge Jordana acaba de decir que los alcaldes y presidentes de Diputación deberían ser elegidos por todos ¡os vecinos mayores de edad. Otro debate que espera a los «leones» de las Cortes. La orden de abrir las ventanas políticas está dada. Ahora sólo falta que las vayamos abriendo conforme vayan calmándose algunas ventoleras.

Turno de alusiones

Alguna vez, algo de lo que escribo no complace a éste o al otro lector. Mis actitudes o mis palabras son rebatidas o combatidas. Es natural. Es posible que yo me equivoque al escribir.

También es posible que otros se equivoquen al leer. Y eso, olvidando, claro está, a los inquisidores de oficio y a los alguaciles alguacilados. Me dicen, por ejemplo, que hay alguien que se ha molestado porque llamé a Eduardo Alonso carbonero y poeta, qua de las dos cosas tuvo. El dinero que ganó con el carbón se lo gastó en la poesía. Y escribió versos dignos de ser recordados. Ofrecí a mis lectores el epigrama que le dedicó el inolvidable Manolito el Pollero, que era pollero y poeta, y que el propio Eduardo Alonso escuchaba con la risa en los labios. Al menos, Eduardo Alonso tenía un espíritu más fino que sus supuestos defensores.

Desde otro lugar, desde ´ Navarra, se me atribuye la inclinación de desconocer la historia de la Cruzada y el gusto de citar a Antonio Machado antes que la de recordar versos de su hermano Manolo. Lo de la Cruzada no es cierto. Recuerdo y uso alguna vez el nombre, desde que lo aprendí de niño, en tiempos de! cardenal Goma. Lo segundo es muy posible y aún probable. Lo que no puedo hacer es evitar que aquí y fuera de aquí hayan sucedido las cosas que han sucedido. Lo diré esta vez con versos de Machado, don Manuel, y no con versos de Machado, don Antonio:

Que lo que sucedió no haya pasado, cosa que al mismo Dios es imposible...

Y lo que es imposible para Dios, es igualmente imposible para la Patria y para el Rey. Por otra parte, eso de citar versos de don Antonio Machado es una costumbre muy generalizada ya y de la que hemos tenido un ilustre ejemplo en el famoso discurso ante las Cortes del presidente del Gobierno, don Carlos Arias. Gracias a Dios, cada vez va quedando menos de aquella España «vieja y tahúr, zaragatera y triste» que embestía cuando se dignaba usar de la cabeza.

Y a esperar —el que quiera, de rodillas— otros milagros de la primavera.

 

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