Autor: Izquierdo Ferigüela, Antonio. 
   Alcalá Zamora     
 
 El Alcázar.    28/04/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

ALCALÁ ZAMORA

ESTOY tan lejos de con-siderar válidas las afir-maciones del hijo de don Niceto Alcalá Zamora

en torno al franquismo, como las dificultades, que a su juicio, oponen determinados niveles

oficiales para que retornen a España, su Patria, los restos mortales del primer Presidente de la

Segunda República. Lo uno y lo otro pudiera estar más cercano de la dialéctica be* ligerante e

interesada de esta hora que de la serenidad con que, por su propia naturaleza, deberían consi-

derarse estas cuestiones. El señor Alcalá Zamora, hijo, aseguró que el reparo para ese

traslado, Buenos Aires-Madrid, reside en que esos restos mortales, tan dignos de respeto por

todos los conceptos, deberán ser objeto de honores ya que se trata, al fin y al cabo, de un Jefe

del Estado.

No sé si el heredero de aquel ilustre apellido tiene razones objetivas para manifestarse así. Es

probable que las tenga, pero difícil-mente pueden admitirse. La razón resulta obvia: si el

pasado quedó borrado, ¿cómo negar esos honores a quien tiene derecho a ellos? Mucho mas

chocante hubie-

ra resultado hace dos años, sin ir más lejos, pensar que en este tiempo fuese hipotéticamente

verosímil rendir honores a figuras que, por su propia biografía están más cercanas de la crónica

negra que de los ámbitos intelectuales o políticos en los que se inscribe, legítimamente, e?

mimbre de don Niceto Alcalá Zamora. Cuando se celebren las elecciones puede producirse el

caso de que esos honores, que ai parecer se niegan a unos restos mortales, tengan que serle

atribuidos, en escalas protocolarias inferiores, a quienes, como digo, pudieron haber pasado a

la Historia de España como figuras torvas o siniestras antes que como cualquier otra cosa.

Por otra parte, resulta lamentable, en medio de esta inmensa paradoja en que se debate

España, el que se siga argumentando en todos los sectores de pensamiento con el pasado.

¡Hay que ponernos a mirar con seriedad en el futuro. Durante lustros, el futuro estaba de-

terminado por la frontera de la propia existencia de un hombre. Aquel futuro es pasado. ¿Y qué

tenemos aho-

ra? Un presente confuso, incógnito, y un porvenir cada vez menos claro. La propensión a

caminar mirando hacia atrás no puede ser atribuida, como se vé, a nadie en concreto: es un

vicio nacional. Paz a los muertos y sosiego a los vivo», serta un buen slogan para empezara

clarificar el incierto presente y para hacer menos sorprendente o mágico el futuro prometido.

Los restos de don Niceto Alcalá Zamora, primer Presidente de la Segunda República, pueden

retornar a España y nadie debe escandalizarse. Es como si ahora nos asombrásemos porque

don Emilio Castelar tiene un monumento en Madrid. El lejano tribuno fue un Presidente,

efímero, de la Primera República. El señor Alcalá Zamora abrió el período histórico que de-

sembocaría fatalmente en la contienda civil. La Historia le juzgó ya. Nosotros no podemos

negarle ni los honores, ni la buena tierra española que le cobije para siempre al amparo de la

Santa Cruz en cuya fe vivió y murió.

Antonio IZQUIERDO

 

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