Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Arte y Estado     
 
 Gaceta Ilustrada.     Página: 95, 97. Páginas: 2. Párrafos: 17. 

LABERINTO

Por Jaime Campmany

(Enviado especial de «G. i.» en Madrid)

Arte y Estado

NI un teléfono de periódico se moverá por usted. Ni un fotógrafo. Ni un repórter. Ni una autoridad pública. Ni una manifestación popular... ¿A que lo menos llevaba usted quince días en España sin que nadie lo supiera ni Je reconociera?

>—Sí. llevo ya varios días. Muchos más de los que pensé. Vine por veinticuatro horas. Y ya ve, no sólo me he quedado por muchas más. sino que es posible el que me interne España adentro. Hace diecisiete años que no la pisaba.

—¿Tan atrayente encuentra nuestra tierra, esta tierra tan ingrata para usted?»

Eran los años de la República. Tal vez el 34. Quizás el 35. La escena se desarrolla en el Club Náutico de San Sebastián. Hablan Ernesto Giménez Caballero y Pablo Ruiz Picasso. El diálogo está contado en un libríto titulado «Arte y Estado», publicado cuarenta años antes de que una Ponencia del Consejo Nacional estudie los problemas de la Cultura Popular´; treinta y ocho años antes de que unos muchachos apedrearan en Madrid los «Picasso» de la Galería Theo; algunos años antes de que Pablo ´Ruiz Picasso pintase el «Guernica»; ocho lustros antes de que la Comisión de Industria de las Cortes Españolas interrumpiera debates minerales para expresar su «sincero dolor» por la muerte del pintor universal; cuatro décadas antes de que Picasso, con su muerte, cerrara la pintura toda del siglo XX. él que la había abierto.

Alrededor de los que hablaban se agrupaba un puñado de jóvenes. Se decía que fio era posible celebrar una exposición de Picasso en Madrid parque no se encontraba el dinero necesario para asegurar los cuadros, y el Gobierno ofrecía, en vez de pólizas de seguros, una escolta de la Guardia Civil.

«Algún día nosotros pondremos para recibirle una Guardia Civil, pero como honor, y tras haberle asegurado su pintura.» Hasta ese momento, José Antonio Primo de Rivera había permanecido callado. Muy poco después quedó callado para siempre, lleno de balas, en un patio de Alicante. Quizás unos no le habían entendido del todo. Tal vez otros le habían entendido demasiado.

Las tumbas lejanas

Los teléfonos de los periódicos sí se han estremecido. Se han movilizado los fotógrafos y los reporteros. No sé qué pensarán las autoridades públicas. No sé si las manifestaciones populares lloran España adentro, alma adentro. Ese mismo día, algunos políticos ensayaban oratorias tímidas de participación, que es una manera de ensayar una España que sea, de verdad, de todos. Unos copos tardíos caían sobre el Pirineo, por «I valle de Aran, cerca del valle de los desterrados hijos de España; descendía también la nieve por los altos de Fraga, decorando la promesa dulce de las higueras; bajaba 4a nieve sobre el azul velazqueño de las montañas azules de Castilla.

Los «blásidos» de Forges lloraban pensando en un pincel quebrado. Don Diego de Silva y Velázquez, con su cruz de Santiago al pecho, y don Francisco de Goya y lucientes, con su cuello alto y sus oídos sordos a las palabras necias, esperaban, sentados en una nube de Mingóte, la llegada de un español en pantalón corto, con mangas cortas y camisa por fuera.

Lafuente Ferrari tuvo que contamos que «Las demolselles d´Avignon» eran, en verdad, «las chicas de Avino», las pobres y descoyuntadas prostitutas de la calle barcelonesa. -El pasaporte se lleva en la cara», había dicho Picasso. Ya saben ustedes: le hablaban en francés y él contestaba en español. Se nos ocurrió hacerle director del Museo del Prado, a él, que habría podido vaciarlo para llenarlo de nuevo. España, en él, era el azul, y el rosa, y el toro, y el hambre de los payasos, y la tristeza de los arlequines. Había pintado «Guernica» porque Guernica era lo que le dolía. Y había pintado la paloma. «He pintado muchos cuadros para expresar mi protesta contra la guerra y la violencia. Espero que mi arte pueda contribuir a la causa de la paz.» ¡La paz! ¿Dónde está la paz? ´Hay algunos que la ponen en las plumas blancas de una paloma pintada. Hay otros que la hacen sentarse sobre las bayonetas. Hay otros que la dejan colgada de la balanza de la justicia.

«Picasso es comunista. Yo. tampoco.» Cuando Dalí hizo aquella frase, a mí se me ocurrió escribir: «A lo mejor todo se reduce a que Dalí había pintado una vez el pan. que es argumento políticamente conservador, y Picasso había pintado muchas veces el hambre, que es tema políticamente subversivo». Yo no sé si Picasso habrá sido comunista, porque las ideas políticas de Picasso me interesan mucho menos que las de mi amigo Fernando Liñán, director general de Política Interior. Yo no sé si Picasso era «rojo». Lo que sé es que era rojo, y carmín, y azul, y gris, y violeta, y amarillo, y verde. Y que en su paleta estaban todos los colores del mundo, desde antes de las cuevas de Altamira. Y que llenó de colores todo el siglo XX, que es el mío.

Y que antes de que algunos españoles pensaran en que tenían que hacerse responsables de toda la Historia de España, desde Indíbil y Mandonio a don Manuel Azaña, él se había hecho responsable de toda la pintora universal, desde los perfiles etruscos a las princesitas de Watteau.

Ahora, para verle, hay que irse a Londres, a París, a Nueva York y a Leningrado, porque España es ansí (1). Es así de pobre y así de ingrata. Ahora, para poner flores en su tumba reciente, hay que irse a un pueblecito francés, a la vera de Aix-en-Provence, no lejos de donde está —todavía— la tumba sobre la cual se puede rezar por don Antonio Machado. España, España: madre de grandes hijos enterrados en tumbas lejanas.

Protagonista, la violencia

Las páginas de sucesos de los periódicos derraman sangre y cuentan el drama sucesivo de la violencia. Dos atracos a mano armada, en Madrid, uno a una gasolinera y el otro a un estanco. El guarda de unas galerías comerciales de Moratalaz ha sido asesinado, a navajazos y por la espalda, por unos ladrones, la policía ha detenido, en una operación

11) No olvido a Barcelona, isla de sensibilidad y tenacidad en medio del olvido y desentendimiento general del país. Gracias a Barcelona, los españoles podemos ver a Picasso sin tener que cruzar esos Pirineos que aún nos separan de Europa. (Nota del autor.)

preventiva, a setenta mateantes y sospechosos. En la sociedad de consumo y del bienestar, donde suben todas las curvas de nivel, asciende también la curva de la delincuencia, el número de los gamberros y de ios atracadores.

Paralela a esta violencia de delincuentes comunes, hay otra, mucho más preocupante y de más fácil trato: la violencia en la Universidad Y en los sectores laborales. Hay españoles que recurren frecuentemente a la violencia para llamar la atención hacia sus problemas, para expresar su protesta contra situaciones que estiman injustas. En la Universidad, las actitudes rebeldes se han extendido desde los estudiantes a los profesores. Ya no se «sientan» sólo los discípulos. Se «sientan» también los maestros. Al final, son varias las ocasiones en que el drama termina en un peligroso y lamentable desenlace: el enfrentamiento con la fuerza pública.

En el mundo laboral, también con frecuencia, con triste frecuencia, los problemas y los conflictos se salen de madre, rebasan el cauce sindical y termina en muertos y heridos.

Granada. Vigo, San Adrián de Besos. Algún resorte falla en el mecanismo que debe asegurar la resolución de cualquier conflicto laboral por medios pacíficos; algún resorte que habrá que buscar y ajustar antes de que lo que ahora es excepción se haga costumbre.

Los Sindicatos españoles se reúnen en Congreso. El infatigable procurador ´ señor Tarragona pide al Gobierno información e investigación. Muchas veces las autoridades son perezosas o parcas en ofrecer información acerca de los sucesos desagradables; no parece sino que hubiese quien piensa que lo mejor para resolver los problemas es no hablar de ellos, la jerarquía eclesiástica, por otra parte, piensa todo lo contrario. «La sangre vertida no puede dejamos en una indolente indiferencia», ha afirmado el doctor Jubany desde la habitación de una clínica de Barcelona, en su lecho de recién operado. Allí fue a visitarle, en vísperas de su declaración, el presidente de la Conferencia Episcopal ´Española, el también cardenal Enrique y Tarancón.

Hay dos puntos en la comunicación arzobispal que merecen ser meditados y considerados antes de enjuiciar la misión pastoral con el ojo contingente y parcial de la política. El primero de ellos dice: «No se puede condenar con ligereza la violencia sin analizar con seriedad sus causas. Hay situaciones injustas que oprimen e impiden el libre ejercicio de los derechos más elementales». Y el segundo: «Ciertos choques y violencias podrían ser evitados si las reformas necesarias llegaran a tiempo. La justicia es una condición ineludible para la paz». Y otra vez la paz. la paz como contraposición de la violencia. ´Hace cinco años moría, asesinado violentamente, Lutero King, el apóstol negro de la no violencia. La «Pacem in tenis» de Juan XXIII no está, aún, sobre la cabeza de todos los que nos llamamos cristianos. El orden público no es sólo la consecuencia de esa tranquilidad que predica la tranca; es algo más complicado y difícil. Algo de esto acabo de leer en un editorial de «ABC».

La Cruz Ibérica

El robo del Banco Atlántico («manos a la obra», que comenta el chiste de Summers) ha sido, al parecer, perpetrado por un grupo político situado en los antípodas de la «Eta». Un grupo de extrema derecha, o pronazi, o algo así. El presunto «cerebro» de la banda de asaltantes se llama Fernando Alcázar de Velasen, hijo de un Palma de Plata» de la Falange. Todo muy triste: todo muy desconcertante. Tal vez la calificación penal del delito termine en estes palabras legales: •atraco a mano armada». Alfredo Semprún insinúa en «ABC» que los atracadores querían llamar la atención acerca del deficiente sistema de seguridad del Banco; algunos rumores que circulan por el laberinto de Madrid afirman que el grupo de asaltantes necesitaba dinero para comprar armas destinadas a «Defender el Régimen». Todo muy extraño; todo muy desconcertante.

Habrá que esperar la resolución del enigma por parte de la Justicia. Pero al margen de la responsabilidad directa o indirecta de los atracadores hay que anotar un síntoma grave: el de que algunos grupos políticos se disponen a la lucha, no afiliándose a los traídos y llevados partidos políticos, no creando asociaciones políticas, sino a pistoletazo limpio. Hace algunos meses escribía este cronista en «Informaciones» un artículo lleno de inquietudes y preocupaciones que se titulaba -El desarme de ios extremismos». No creo que Rafael García Serrano tenga razón al decir en «El Alcázar» que «de nuevo estamos en la España de la moderación, que es la más peligrosa de todas, porque de la acción de los moderados, a lo largo de nuestra historia, han nacido siempre las catástrofes». Más bien creo que de los extremismos radicales, los de la izquierda y los de la derecha, los de la «Eta» y tos de «Cruz Ibérica» han nacido siempre las catástrofes que han rebasado a los moderados. Aquí, en cuanto unos cuantos españoles se ponían a discutir no el sexo de los ángeles, sino las bases permanentes para nuestra convivencia, empezaban a subir los turcos por los muros de la patria. Y si no. mirad los muros de la patria mía.

Habrá o no habrá una culpa condenable de esos asaltantes, que la justicia tendrá que dictaminar con sus circunstancias agravantes o atenuantes. Pero hay una culpa política grave: la de aquellos que estimulaban y soplaban sobre las velas delirantes de ese movimiento acogido a la revista «Cruz Ibérica», cuya lectura dejaba, a la mayoría de los españoles, atónitos, aterrados, estupefactos. Esos brotes, y los similares en el otro extremo, deben ser cortados de raíz. ¿Quién apoyaba ese trazo amenazante de la «Cruz Ibérica», Inflamado de soflamas bélicas y alucinadas? Con esos dos trazos, el de uno y otro extremismos, se forma la cruz ibérica en la que España ha sido tantas veces crucificada. Por ninguno de esos dos trazos vendrá la paz de nuestro futuro. La violencia verbal, el asalto a los bancos, las bombas en los monumentos, las piedras contra las obras de arte y contra tos escaparates de las librerías, las letras negras en los muros, son el residuo de nuestros «demonios familiares». Ni uno de esos extremismos puede nada contra el Redimen, ni el Régimen necesita la defensa del otro. En medio está el cada vez más ancho, habitable, pacifico y dialogante campo de la moderación.

 

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