Autor: Aparicio, Juan. 
   El retrovisor vital     
 
 El Alcázar.    05/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

MIS TESTIMONIOS

UNO, ahora, es un español con lentes bifocales, porque renuncia al tercer ojo, a la arcaica

glándula pineal, cuyas prospectivas lindaban con la fantasía futurera, donde solo hay una anti-

cipación de los terrores milenaris-tas, tan aplicables a la civilización del cansino y decadente

Occidente, que malvive ya, dentro de un mile-narismo alucinógeno y cómplice de los

aberrantes poderes y de las sangres malditas. Una mirada nos liga, como una lapa, a los

tentáculos actuales, al instante fugitivo y aleatorio, pero presente y vinculante, cual un hado

heteróclito; mientras las pupilas de la evocadora memoria se van hacia el arregosto de los

pretéritos resucitados.

Si penetra uno bajo tas catacumbas del tren Metropolitano, se te ofrece enseguida la repetida

rememoración del túnel del tiempo, sobre el idéntico subterráneo de Madrid, cuando Ramiro

Ledesma Ramos, entre estrábico y miope, iba sin gafas y con un bastón gentil, en 1931,

cuando había fundado en aquella primavera republicana el semanaria y las Células y falanges

de Combate, a la enseña titular de «La Conquista del Estado». De repente, uno contempla en

las paredes de los corredores del mismo Metro, en este mayo especiante, junto a la polémica

de los letreros con spray, la consigna del relajo anarcoide, correlativa y sucedánea de la

Monarquía democrática, ofertada al viajero transeúnte: «Lucha contra el Estado, incluso en (a

cama».

Tal liza sexual, recomendada por los mozos barbudos y por las chávalas empantalonadas, se

concierta con la crisis del Estado de Obras, elogiado y defendido por don Gonzalo Fernández

de la Mora, como símbolo pragmático y creador del Caudillaje franquista, a través del Ministerio

de Obras Públicas, el de O.P. o de «Onradez Palentina», según la malignidad de aquella época

dicharachera y parlamentaria que achacaba a don Abilio Calderón, el difunto prohombre de Pa-

Iencia, y Ministro a la sazón de esa Cartera, la paternidad dudosa del rótulo sin ortografía. Pero

nuestro Ministerio de Obras Públicas actual acaba de pasar, significativamente, una racha sin

ministro, ni subsecretario ni secretario general de las Obras españolas.

Ramiro se hospedaba en las pensiones baratas de la Avenida de Eduardo pato, en el postrer

ramal de la naciente Gran Vía, cerca de Bracafé, de Fuyma, Zahara y del Café del Norte, en las

Cuatro Calles, frente al ascensor y a la marquesina metropolitana, lugares de acecho y diálogo

avizores con el escritor Salaverría, tan vasco, tan archipatriota, con la tertulia carlista de «El

Cruzado Español», o de los desengañados de sus correrías y teorias soviéticas, y de las

oleadas universitarias más precoces en el enrolamiento del jonsismo, al lado de los disidentes

de la C.N.T. El cuartel general de Ledesma Ramos se estableció en la futura Avenida de José

Antonio y en el viarío colindante, desde Acuerdo a (a Carrera de San Jerónimo y Prim, desde

Caños del Peral a Luna. • Por allí voceaba el seudoestu-díante Pinillos con un vozarrón

espectacular: «Rebelión, ha sido Rebelión»! y se vendían en los quioscos «Nosotros» del

mulato tétrico y esposo de la perenne secretaria de Dolores Ibarruri, la israelita Irene Falcón, o

«La Nueva España» de Díaz Fernández y Antonio Espina, más la Prensa periódica de los

donceles con chaleco rojo de la Facultad de Medicina, como «Germa», o del Bloque Obrero y

Campesino, y de los trozkos, que editaban, mensualmente, «Comunismo», entre e) galaico, y

posterior colaborador mío, Fersen, o sea Fernández Sendón y el expatriado, leal y candoroso

Juan An-drade.

Sumergido en los laberintos del Metro, debajo de la Glorieta de los Cuatro Caminos, Ramiro

Ledesma tuvo que defenderse con su bastón ante el ataque por la espalda de unos

merodeadores encizañados, cuando iba a visitar a su madre en el domicilio familiar de Santa

Juliana, 3, en una transversal frontera al Cinema Europa. Ahora nos agrieden fas mismos

griteríos y zuzlogas pintadas, en tanto que se anuncia a bocajarro la venta de «En Lucha», y

«Unión» de la Organización Revolucionaria de Trabajadores; porque el «Mundo Obrero» colea,

con cautela, cual el pez doméstico en el agua de la pecera, aparte del pueblo y (os ejemplares

de «El Socialista» se mustian, arrinconados, en los puestos callejeros.

La trayectoria del Metro nos proporciona un retrovisor del pasado que experimentamos, y que

parece fértil y estéril, y nos devuelve un ayer intacto de nuestra juventud, unida a la madurez, y

a la vigorosa senectud de hoy. Salimos a la vía pública por la estación de Genova, en cuya

trepidante calle nació José Antonio Primo de Rivera, asesinado por quienes aspiran a la tiranía

del Gobierno, utilizando auténtico» bunkers, como aquél francés de la Costa Cantábrica, donde

aparecieron los cadáveres de los dos policías liquidados por los sicarios de la ETA.

En la esquina de Genova con Monte Esquinza, el antiguo palacete con el número dos, donde

se estableció el primer- Ministerio de Información y Turismo y donde trabajé con desinterés

mas de una década de mi biografía, se ha edificado un compacto bunker metálico para el

Banco Internacional de Comercio, síntoma del internacionalismo financiero encima de la Patria.

Por un reflejo condicionado retomo al Metro inmediatamente, en medio de la algarabía estólida

y estúpida de sus «graffitti». Vida catacumbal, esperanzadora y cristiana, pero arriba, en la

atmósfera contaminada, resuenan los slogans de la ecología celtibérica, machacando el

ritomrio estentóreo: «Cabras, sí; cabrones, no». ¿Es una referencia a Gredos? ¿Es una alusión

a España?

Juan APARICIO

EL ALCÁZAR

 

< Volver