Autor: Rojas y Ordóñez, Eduardo de (CONDE DE MONTARCO). 
   Democracia, oposición y absoluto totalitarismo     
 
 Informaciones.    12/09/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

DEMOCRACIA, OPOSICIÓN Y ABSOLUTISMO TOTALITARIO

Por el CONDE DE MONTARCO

CON motivo del escándalo Watergate se especula acerca de los males de la democracia, en este caso representada por el sistema apolítico de los Estados Unidos. Pero lo que está aflorando a la superficie no es una lacra del sistema democrático sino, en esta ocasión, la triste consecuencia de un poder absoluto.

Precisamente la infraestructura democrática de aquel país —Prensa libre, jueces independientes, oposición institucional— ha permitido la denuncia y corrección de unos abusos, de unas corrupciones, intolerables para un pueblo libre.

La Historia enseña lo difícil que resulta mantener una fórmula política frente a los embates de los partidarios de la fórmula contraria. La libertad democrática está siempre amenazada desde fuera y desde dentro. Desde fuera, por los partidarios del absolutismo totalitario, deseosos de imponer un orden y una ideología que creen significar la panacea de todos los males, por lo que no dudan en eliminar y extinguir a sus oponentes. Desde dentro, algunas veces, por los que detentan el Poder, prestos a ejercerlo de manera cómoda, sin trabas, al desarrollar su acción al margen de los órganos de control democrático. Y cuando un gobernante demócrata cae en este desviacionismo, quiere decir que ha sido ganado por el subjetivismo absolutista.

El Presidente de los Estados Unidos, señor Nixon, se había rodeado de un equipo de hombres eficientes, con identificación de ideas entre uno y oíros, todos deseosos de desarrollar un ambicioso plan político nacional en este mandato último del señor Nixon, para el que había sido refrendado masivamente en las últimas elecciones. Pero este equipo no era el constituido por sus ministros —aunque allí sean tan personales que se titulan secretarios—, ya que éstos se encuentran sometidos a ciertas fiscalizaciones constitucionales y el Presidente quería actuar con rapidez y desenvoltura. Los espectaculares resultados de Kissinger en la liquidación de la guerra, de Vietnam y un la aproximación a China le habían marcado la pauta, puesto que este personaje era un representante personal suyo que se había encaramado sobre el secretario de Estado, señor Rogers, relegado a un papel secundario ante los viajes y gestiones diplomáticas del sonriente y eficaz "valido".

Era peligroso este camino emprendido por el Presidente, decidido a desembarazarse en su acción de cuantas autorizaciones o controles pudiera permitirle la Constitución. No quería someterse voluntariamente a la aquiescencia de unas Cámaras dominadas por la oposición ni a su partido con poderosas personalidades. Prefirió crear un equipo personalísimo, de "favoritos", que había de degenerar, fatalmente:, en una "camarilla", con las secuelas que siempre ésta entraña. Cualquier Watergate es un producto natural de todo absolutismo.

Los sistemas totalitarios aparecen ante los ojos de muchos como una panacea del orden, del desarrollo económico-social y de la salubridad mora! y fisiológica. Durante muchos años el "milagro" ruso parecía abonar esta suposición. Después surgió la expansión norteamericana, y también algunos "milagros" nacionales europeos, demostrativos de Zas posibilidades de desarrollo económico y social bajo el sistema democrático. En cuanto al orden y la moral, nadie sabe qué realidad se oculta bajo la fuerza coactiva totalitaria, puesto que no existe posibilidad denunciadora por parte de una oposición que legálmente se considera como traidora a la causa representada por la oligarquía gobernante. Pero si en una democracia, abierta a cualquier denuncia parlamentaria o periodística y dispuesta, en principio, a sancionar penalmente al delincuente sea quien sea, aparecen escandalosos casos de soborno, cohecho, especulaciones,presiones personales o de grupo, vicios y aberraciones morales y corporales, ¡qué no existirá en los regímenes totalitarios, sabiendo lü impunidad que se puede disfrutar bajo el manto de los oligarcas!

Todavía no se ha abierto el proceso político de los vicios, inmoralidades y crímenes de un régimen totalitario marxista, a instancia de un régimen democrático que le haya reemplazado en el país. Esto será difícil, aún, porque la clase dominante sabe lo que se juega y no anda con bromas ante sus oponentes.

Sólo por filtraciones, entre los resquicios que existen en estos totalitarismos, sabemos —y ya es bástente— de las injusticias antihumanas que allí se dan, sin posible reacción. A los totalitarismos nazis, en cambio, sí se íes abrió proceso, con repulsa general ante lo que en él se expuso. Unos, espantados de buena fe; otros, rasgándose hipócritamente las vestiduras sin mostrar sus propias lacras. Para entonces, muchos habíamos experimentado ya lo precario de Za libertad de pensamiento tajo un régimen totalitario y la dificultad de una posible critica de éste, aun formando parte de la clase dirigente.

Pero los defectos de las atejos democracias, que antes se habían padecido (muchos de estos defectos han desaparecido en las actuales democracias occidentales), hicieron aparecer a los totalitarismos como una solución, pero era un engañoso espejismo, del que lúego no quedaba nada mas que un desierto mortal para la existencia, de la libertad humana. De una libertad lograda —aunque incompleta todavia— despues de siglos de lucha contra la esclavitud (por guerra o por compra) contra los sacrificios humanos, contra la intolerancia religiosa, contra el despotismo real o feudal, contra la explotación del campesino o del obrero, contra la incultura, contra todo lo que pueda suponer limitación a una libertad del pensamiento o a la proyección de un ser humano. Pero esta libenad de hombre implica también la de su oponente — en el pensar o en la acción politico— y sólo lo reconoce así un sistema democrático que admite una voluntad y representación popular y un Es fado de Derecho.

Es cosa sabida que en los regímenes totalitarios muchos jóvenes deséan esta, libertad, y que en los regímenes democráticos hay también muchos jóvenes intolerantes, •partidarios de aniquilar a sus oponentes. La experiencia de los que hemos vivido ambas posiciones no tiene mucho valor para ellos. Sin embargo, es una obligación moral y política repetirles una y otra vez: no se sabe lo que valen las libertades democráticas hasta que se pierden.

 

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