Autor: Ramírez, Eulogio. 
   ¿Votar por el centro?     
 
 El Alcázar.    10/05/1974.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

¿VOTAR POR EL CENTRO?

En la cadena de diarios derechistas que dan libertad de expresión a Josep Meliá se publica una diatriba

suya contra el centrismo, reveladora de su angelismo, de su "wishfullthinking", de su idealismo, Meliá

viene a decir que el centrismo no es centrismo, porque el presidente Suárez es centrista. Descifremos este

galimatías, debido al hecho de que Meliá no quiere definir el centrismo tras observar lo que son los

centristas, antes al contrario, lo define cerrando a cal y canto sus ojos, sus oídos, etc., y definiendo al

centrismo, como los ángeles lo definirían, por una rara intuición intelectual, independiente de los

sentidos, y por eso a este vicio le llama Maritain "angelismo".

Meliá discurre así, más o menos: los centristas, los que pasan por centristas, los que profesan el centrismo

son abominables, sujetos de todos los vicios más execrables políticamente. Ahora bien, como el

presidente Suárez se ha declarado centrista, el verdadero centrismo no puede ser el centrismo real, sino

otro, idealizado, impoluto. Escribe, p.ej., Meliá: "El centro no es la idefínición, un antipensamiento, un

híbrido de contradicciones. No debiera serlo, por lo menos. El centro es otra cosa. Es una apuesta

momentánea y provisional, por una determinada opción de cambio... Suárez lo sabe. Por eso su opción

personal no se conforma con el cambio político. Y abre también una vía para el cambio social".

Meliá ha querido, sin duda, hacerle un buen servicio al presidente Suárez. Pero a mí se me antoja que le

ha hecho un flaco servicio.

Meliá puede, con su artículo, consolidar la sospecha de sus lectores en el sentido de que el centrismo

verdadero —que Meliá denigra ferozmente—, no es nada fiable, como no es fiable ningún moderantismo,

ninguna democracia cristiana, por moverse en posiciones anfibias, ambiguas, proteicas, movedizas,

vacilantes, con la ingenua y diabólica pretensión de reproducir el paraíso terrenal, acumulando "lo bueno

de la derecha y lo bueno de la izquierda".

Con realismo, observando la elocuente realidad, uno advierte que el situarse en el centro, el dar su voto al

centro y a los centristas equivale a extender un cheque al portador y en blanco: no sabemos a quién va

servir, ni para qué va a servir ni cuánto nos va a costar. Los centristas, si bien se mira, en efecto (la casta

de los Kerensky, de los Pórtela, de los Alcalá Zamora, de los Fei, de los Ruiz-Gi-

ménez, de los Andreotti, etc.) sirven un día a Franco y otro día a Santiago Carrillo; en la mayor parte de

los casos nos procuran lo malo de la izquierda (porque, víctimas de su complejo de culpabilidad ceden

indefinidamente ante el miedo que les inspira la izquierda) y lo malo de la derecha (su egoísmo y su

individualismo, derivados de su agnosticismo capitalista).

Cuando los máximos líderes del centro se presentan hoy como sinceros demócratas y ayer, hace unos

meses o hace unos años, hicieron pública confesión y juramento de franquistas, uno tiene derecho a

sospechar que, antes de un año, se presenten como sinceros comunistas, cuando llegue la hora de que los

comunistas dejen de presentarse como sinceros demócratas y profesen con sinceridad su comunismo. Lo

típico de los centristas es inclinarse decididamente del costado que parece que va a estar el vencedor, unas

veces a la derecha y otras veces a la izquierda. Y, por lo demás, esto es lo que Meliá presagia para el

presidente Suárez, que no se contentara con el cambio político (del franquismo al democratismo), sino

que "abre una vía para el cambio social", digamos, del liberalismo al socialismo y, después, al

comunismo, como único "cambio social" históricamente posible para aquellos que han dejado de creer en

el nacionalismo, es decir, el franquismo.

A la verdad, púes, de unos hombres como los centristas conocidos (del Partido Popular, de los Tácito, de

los socialdemócratas, de los demócratas cristianos de todo linaje, de los liberales en general y de los que

se denominan populistas porque carecen de pueblo en sus partidos), los líderes de los cuales un día son

franquistas, corresponsables del franquismo, enriquecidos a costa del franquismo y, de la noche a la

mañana, reniegan incluso de lo bueno del franquismo, tornándose en demoledores del franquismo, no se

puede fiar el ciudadano y el elector.

¿Cómo ya a fiarse el elector, cómo va a dar su voto el ciudadano a los centristas inconstantes, infieles a

sus compromisos, oportunistas o termites de todo sistema, que van comiéndoselo por dentro hasta que lo

derrumban, como en Italia, en Francia, en Alemania federal, en Chile, etc., etc., y en España?

Eulogio RAMÍREZ

 

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