Autor: Izquierdo Ferigüela, Antonio. 
   Acusación privada     
 
 El Alcázar.    11/05/1977.  Página: 1. Páginas: 1. Párrafos: 3. 

ACUSACIÓN PRIVADA

LA plaza de Valdemoro, porticada, manchega, polvorienta registraba a las cinco de la tarde un patético

vacio. Sólo el sol parecía inundarlo todo. Un sol apabullante, de justicia. Valdemoro celebraba sus fiestas

patronales. Las fiestas han quedado paralizadas, atónitas. En Valdemoro la sangre ha llegado al río, a la

calle, a la plaza polvorienta y porticada. Un hombre joven, un obrero, ha caído abatido por una navaja que

buscaba su corazón. Se llamaba Ramiro Figueroa Ruiz Ugorrio. Era falangista. Renuncio al anecdotario

menor que pudo obtener acerca de los antecedentes y de los pormenores del asesinato. Un hombre ha

muerto. Para mí era un ser anónimo; desde ayer me resulta, irremediablemente, cercano. Y claramente

acusador para muchas conciencias entre las que, por supuesto, no descarto la mía. España está en vísperas

de acudir a una confrontación electoral. La sangre se ha adelantado, como si quisiera ir a la zaga de los

carteles electorales que empiezan a empapelar calles y plazas y con ellas un orden social que sigue siendo

injusto para muchos españoles.

Cuando abandoné la cercana localidad de Valdemoro hacían su entrada en el pueblo algunos coches con

banderas falangistas y nacionales que ponían un punto de equilibrio al dominio marxista. El pueblo —

puertas y ventanas— estaba cerrado a cal y canto. Los alegres cachivaches de la verbena, quietos y

mudos. Un signo triste y patético se advertía hasta en el aire. Me paré a pensar: hace cuarenta y cuatro

años España se disponía ir a las urnas. Un orden social injusto para muchos más españoles estaba forrado,

como ahora, de carteles electorales. En un pueblo manchego una navaja buscó el corazón de un hombre:

se llamaba Ruiz de la Hermosa. Era un obrero falangista. Fue a las veinticuatro horas de la fundación de

aquel movimiento. La sangre de Ruiz de la Hermosa germinó en unidad y fue útil y no estéril. De aquel

caudal primero nacerían ríos. Pero luego llegó la paz y a la sombra de ella España creció y se multiplicó y

creció la riqueza, bienestar y sosiego. Todo está demasiado lejos, de acuerdo. Pero ¿que pasa en España?.

Corre otra vez la sangre y se repite, trágicamente, aquella escena lejana. Hoy sobre la Falange, sea

cualquiera su grupo o tendencia, pesa el mandato sencillo y trágico de este obrero muerto, como sobre

aquel Movimiento inicial pesaría, inapelablemente, la sangre augural que derramó Ruiz de la Hermosa.

También ha de pesar sobre la gran familia española que no esté fanatizada o que no sirva con mesia-

nismo al dictado de otros pueblos o potestades.

La mejor lección de este hombre, caldo en un pueblo cercano a Madrid, es la de su silencio. Sólo en el

silencio de esa muerte podrá serenarse la conciencia y abatirse la pasión beligerante de esta trágica hora

en que se fractura y atomiza España. Esta España a la que algunos, bajo la intrépida batuta del señor

Suárez González, llaman la España de la libertad. Ramiro Figueroa Ruiz Ugorrio fue libre hasta el

momento en que quedó cautivo de odios y pasiones. Hasta el momento en que una navaja, vil, atravesó un

corazón en el que se acrisolaba, desde una condición modestísima, de obrero, de hombre del pueblo, un

profundo amor a España. El le ha ofrecido a ese amor su vida. Que ella caiga implacablemente sobre

quienes han traído a este pueblo nuestro el odio y la división, sobre los perjuros y los traidores. Y,

también, sobre quienes no sean capaces de superar los enfrentamientos para llegar a construir un hogar

común habitable, resuelto y pujante que merezca, como ayer, todas las antipatías de Europa.

Antonio IZQUIERDO

 

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