La inoportunidad de un obispo     
 
 El Alcázar.    19/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

LA INOPORTUNIDAD DE UN OBISPO

Mientras el Obispo de Bilbao, monseñor Uriarte, ha hecho unas declaraciones a Radio Popular en las que

textualmente se dice: "con toda firmeza he de reprochar la violenta intervención de la fuerza pública que

ha derramado sangre humana sobre nuestro suelo", caía, alevosamente abatido a tiros, en la estación de

Amara, junto a la Plaza de Easo de San Sebastián un miembro de esa fuerza pública: el policía armada de

23 años, señor, Orceda.

No vamos naturalmente a decir que la reprobación del Obispo haya iniciado a los terroristas para que

asesinen fríamente a un hombre, que integraba con otros, también heroicos compañeros, el colectivo

acusado de derramar sangre, sin especificar que la obligación de defender la paz contra quienes desean

imponer la ley de la violencia está perfectamente encuadrada en el marco de las acciones legitimadas por

la teología católica de todos los tiempos. Es más, el monseñor ha perdido una buena oportunidad de no

hacer el ridículo si hubiera leído ayer "Osservatore Romano". El órgano vaticano asegura que la policía

no puede quedar ante las manifestaciones violentas como mero espectador, añadiendo que "no podemos

exigirles que sean héroes para después derramar sobre sus cadáveres lágrimas y palabras de condolencia".

La intervención del Obispo ha tenido su centro en la petición de "amnistía de la ley de los corazones", con

lo que ha olvidado también el Evangelio. Amnistía en los corazones es algo que debe y puede pedir un

obispo, porque el cristianismo nos obliga a perdonar, incluso ante el denigrante espectáculo de quienes,

ya indultados legalmente, muestran más que arrepentimiento, actitud reincidente. Pero el obispo no puede

pedir amnistía de la ley, porque la ley es cosa del César y Cristo remitió a él, para estos casos y a los

Doctores de la Iglesia para los de otro tipo.

Añade monseñor Uriarte que "nadie puede permitirse el no amnistiar a los demás"; si se refiere al

corazón, es así para los cristianos; si se refiere a la ley, sí que hay quien puede permitirse no amnistiar e

incluso quien tiene el deber de obrar así cuando la decisión de Gracia puede empeorar la convivencia y

servir únicamente para que alardeen de un triunfo más los enemigos de España. Puede, efectivamente

permitirse no amnistiar a los asesinos políticos o no políticos —porque ante el asesinato no cabe esa

distinción— un Gobierno fuerte, cuya fortaleza le venga de su rectitud democrática, que posea los

dispositivos adecuados para garantizar a los ciudadanos pacíficos el ejercicio de la libertad y la seguridad

de su vidas. Únicamente tendría razón el obispo si se está refiriendo a quienes, por su cuenta, —sin

autoridad que legalmente les confiere tal decisión— despachan amnistías a todos sus correligionarios y

mantienen la tesis de que no debe haberla para quienes tienen otra ideología.

Lo cierto es que hasta el pobre obispo, —cuyas palabras no sólo han coincidido con la muerte anotada del

policía armada, sino con la agresión a otro, municipal, también en San Sebastián y con la rociada de

cocteles molotov en distintos cuarteles y comisarias madrileñas— termina por preguntarse si tal vez "la

noble aspiración no está siendo explotada" —se refiere a la petición de amnistía—; ¡Pues claro que está

siendo explotada! y lo está siendo tan maquiavélicamente que hasta quienes se hacen esa pregunta caen

en la trampa y lamentan la sangre causada por la fuerza pública, casi salpicados —por la cercanía

provincial en que el policía armada ha caído— por la sangre joven de un miembro de tan abnegado

Cuerpo.

 

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