Autor: Meilán, José Luis. 
   El cambio político     
 
 ABC.    31/10/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

EL CAMBIO POLÍTICO

HACE tiempo que la mirada del mundo se dirige con insistencia a Portugal. La evolución de los acontecimientos, centrados en la dimisión de Spínola, han atraido una vez más la atención. También mis ojos, como tos de otros muchos españoles, se han detenido allí. Confieso que lo hago con una particular, inflexión del sentimiento, provocada por multitud de amables recuerdos ligados a ciudades, pueblos y tugares del país lusitano cuya enumeración equivaldría a una versión personal de la guia Michelín. Procede, sobre todo, de una profunda solidaridad con la gente del pueblo, con los hombres y las mujeres del campo portugués, que sugieren muchas circunstancias superadas y otras todavía próximas de mi Galicia natal, desde donde escribo.

Pero no he cogido la pluma para una simple extraversión sentimental. Hay una motivación más realista.

Lo que sucede en Portugal nos afecta queramos o no. La longitud de la frontera hispano-portuguesa es una licitación ciara a convivir pacíficamente en a Península que compartimos. Basta para convencerse de ello extrapolar al momento presente lo que hubiera supuesto un Portugal hostil en julio de 1936. Esa misma necesidad de convivencia pervive en 1974, cuando es muy otro el panorama político. Los sucesos que se desarrollan desde el 25 de abril pasado en Portugal han tenido en España, de otra parte, una repercusión singular. No es sólo la simpatía que produce la proximidad de la geografía. Es la tarea de reflexión sobre nuestra propia realidad a la que han empujado y que gira en torno a la idea del cambio.

Hace ahora un año asistía a la XXVII Asamblea General de las Naciones Unidas. No creo exagerar si sostengo que una de las notas que caracterizó sus reuniones fue el ataque continuo, agobiante, feroz en muchos casos, al régimen portugués de entonces. Portugal, en la persona de sus delegados, ofrecía la imagen del boxeador en cuerdas ai que un rival superior golpea implacable sin dar respiro. Se esperaba el abandono, pero el Gobierno portugués no tiraba la toalla. ¿Qué campana se podía esperar que salvase de aquel prolongado calvario?

Se intuía e! cambia Los aliados exteriores no querían seguir acompañando una postura política que resultaba diplomáticamente incómoda, pese a las derivaciones da la tensión árabe-israelí El pueblo tampoco la respaldaba. La guerra africana pesaba como una losa visible sobre las familias portuguesas; era una sangría humana, financiera y moral. Mes tras mes se producían «oscuras desbandadas* hacia cualquier punto de la Europa industrial. Los versos-heroicos de «Os Lusiadas» sonaban a retórica del «Gran Portugal» sin eco en los espíritus.

El cambio convenía a casi todos y resolvía muchas cosas. Paradójicamente allanó su camino la ceguera o los intereses de los poderosos guardianes de la burocracia política salazarista, que parecían no darse cuenta de que aquello que un día habla sido «Estado novo» se estaba convirtiendo en arqueología. El cambio debió significar un profundo alivio histórico que terminaba con la zozobra de tantos años. Era también una solución para que Portugal fuese recibido realmente en la sociedad internacional. En la Comunidad Económica Europea, en las Naciones Unidas, en la Prensa de todo el mundo, Portugal es un peculiar hijo pródigo a quien se han abierto de par en par las puertas políticas y se le entreabren las económicas.

Portugal está ahora «orgullosamente acompañado», aunque me malicio que si el balance de la situación actual se consolida nacía un extremo no seria sorprendente que el paso franca por los medios internacionales empezase a ser mas difícil.

Entro España y el Portugal salazarista mediaban unos hechos diferenciales notorios.

El primero y decisivo fue la guerra colonial. Como en el caso de Argelia, la salida del atolladero fue el cambio de régimen. El signo del cambio vino marcado, obviamente, •por lo que se sustituía: IV República en Francia y régimen salazarstá en Portugal.

Un segundo hecho que propició ese cambio fundamental fue sin duda el estancamiento económico y la acentuación de las Injusticias sociales que le acompañaron. En las décadas de ios cincuenta y los sesenta Portugal quedó voluntariamente al margen de la ola del desarrollo. Se replegó sobre sí misma, en un procesú Involutivo de «portugalización», a pesar de sus conexiones internacionales. La opción de Caetano fue tardía y tarada por las Consecuencias del conflicto bélico. Las transformaciones sociales y la dinaminación de la sociedad que el desarrollo genera no se produjeron a tiempo ni en medida satisfactoria.

La realidad española ha sido muy diferente. No hay circunstancias que justifiquen o aconsejen un cambio de aquella naturaleza. Para nuestras amigos del exterior debe ser suficiente la figura del Príncipe en el horizonte que delimitan unas inexorabilidades biológicas.

Entretanto, ¿no queda lugar para el cambio? ´Es evidente que sí y no pequeño. El cambio afecta a actitudes mentales, a modos de entender y plantear los problemas colectivos, a puntos vitales de nuestra organización de la convivencia social y de su puesta en práctica. Atañe muy especialmente a desigualdades sociales que todavía persisten, que son el verdadero talón de Aquiles para esa convivencia en el futuro. Pero estos «temas para el cambio» conviene abordarlos por separado. Más que en la necesidad del cambio, como idea, es en su concreción posible —en el qué, en el cómo y en el cuándo— donde el acuerdo no es tan fácil.

Tampoco es irrelevante quién vaya a protagonizar o a proponer el cambio por la confianza o recala que desprenderá. En este aspecto mucho tendrá que ver la ejemplarizad previa, la trayectoria de quienes se hayan manifestado abiertos y realmente democráticos en sus comportamientos personales; y menos, el oportunismo de improvisar esas actitudes que deberían haberse revelado en situaciones anteriores dentro del sistema de juego que era común a todos. El cambio de actitud es indudablemente lícito, pero hay que reconocerlo de alguna manera.

A todos nos tocará vivir el cambio, pero no todos seremos igualmente responsables. Entiendo que es de justicia permitir que la gran mayoría de nuestro país, afanada en sus problemas diarios, pueda prepararse, organizarse para el cambio. Para asumir plenamente un papel más activo, en Ia configuración presente y futura de su propio destino colectivo, esa mayoría sólo necesita dispones de unas reglas de juego adecuadas. De otro modo el ejercicio de las libertades en los diferentes ámbitos de actuación sería desigual. Quienes formen parte de minorías ya organizadas tendrían una ventaja inicial Injustificada que falsearla el juego. La inmensa mayoría, que no se mueve bien en ambientes de clandestinidad o de oposición activa, quedaría inerme, sin capacidad de reacción, ante unos hechos que se producirían casi por sorpresa. También aquí la experiencia portuguesa es ilustrativa.

Todo cambio implica riesgos. Es la aventura de !a vida y de la libertad. Pero a quien toca abrir la partida de este ajedrez político hay que pedirle algo más que la espectacular decisión del primer movimiento da peón. ¿Cuales son fas jugadas siguientes que se tienen previstas? El orden de las jugadas puede ser decisivo para el resultado final. Antes de empezar a jugar hay que permitir —y cerciorarse de ello— que estén organizados todos los que van a participar o que es deseable que lo hagan, y no sólo unos pocos.

La evolución de los sucesos que llevan a la dimisión de Spínola desvelan que para muchos que estuvieron de acuerdo con el punto de partida del cambio portugués empieza a tener especial significación el «No es eso, no es eso» de Ortega y Gasset. Son lecciones de la Historia, que nos habla de rectificaciones de lo que no debió ser nunca y de lamentaciones por lo que pudo haber sido en su momento.

Los ríos nos separan y nos unen a Portugal. Desde Heráclito el río es la imagen del cambio. Para que exista río es necesario que el agua corra, que no se estanque; sin puntos de referencia, sin cauces, tampoco subsiste el río. Transformaciones y cauces son imprescindibles para el cambio." José Luis MEILAN.

 

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