Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   ¡Sólo cabe a los españoles la esperanza en un milagro!     
 
 El Alcázar.    07/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

¿SOLO CABE A LOS ESPAÑOLES LA ESPERANZA EN UN MILAGRO?

Por Ismael Medina

TODAVÍA estaba impresionado por el desaliento de Ugo Spirito, cuando me han llegado los periódicos

domingueros, con sus portadas luctuosas. Mi última lectura nocturna había sido la magnífica entrevista

que Giusep-pe dall´Ongaro ha hecho a Spirito, para "II Settimanale". Otro día trataré de ella con mayor

detenimiento, así como de la transmigración ideológica del famoso filósofo italiano y de su retorno desde

el marxismo a lo que me atrevería a denominar la angustia del humanismo perdido. Merece la pena. Sólo

pretendo recordar ahora como Spirito cree que cada vez estaremos peor: "Podemos ir derechamente hacia

la catástrofe no sólo a causa de que un día u otro sean utilizadas las cien mil o más bombas atómicas

existentes en el mundo, sino también por el hundimiento de toda fe. Es lo que está sucediendo. La religión

está en crisis, la ciencia ha fallado y la política ha fracasado". Ugo Spirito trata de aleccionar con un

ejemplo, que somete a dall´Ongaro: "¿Ha escuchado en la televisión a ese chico de ocho o nueve años,

que dijo que cuando fuese mayor quería ser ladrón, pues se gana mucho y se trabaja poco?". Ese es el

signo de nuestro tiempo".

No extrañará después de esta cita que el relato de la nueva entrevista entre Cossiga y Martín Villa me

haya producido una honda desolación. Ambos ministros han acordado, se dice en los comunicados, crear

un grupo mixto de lucha contra el terrorismo. Resulta lógico que lo pretendan. El orden público y la

seguridad personal son casi inexistentes en las dos naciones que han confiado su garantía a dichos

interlocutores. Basta con leer los periódicos del día. En Italia y en España se mata, se atraca, se roba, se

viola, se extorsiona, se coacciona y se dinamita, desde un razonable sentimiento de impunidad arraigado

en el ánimo de los delincuentes.

El señor Cossiga, ministro italiano del Interior, posee además un extraño sentido del humor. Ha dicho a

los periodistas, refiriéndose

a España: "He visto un país muy sereno". ¡Y tanto!: dos miembros de la Guardia Ovil habían sido

asesinados en Barcelona, varias torres del tendido eléctrico habían sido voladas en torno a Madrid, un

intento de voladura en una carretera de Vizcaya había sido descubierto a tiempo, la central telefónica de

Rentería había quedado destruida por una explosión, una bomba estalló en el Ayuntamiento de Bilbao, y

otra en una central nuclear en construcción, un candidato del PSOE estuvo a punto de ser linchado en

Aguilar de Campoo por los obreros a los que ha dejado sin trabajo y las violencias son el pan nuestro de

cada día en la campaña electoral.

No sé si el señor Cossiga ha pretendido hacer un quite por chicue-linas a su colega español, o resulta que

ambos tienen un mismo y peculiar concepto del orden público. El señor Martín Villa, en efecto, "se refirió

por último brevemente al atentado que costó la vida en Barcelona a dos miembros de la Guardia Civil, y a

las tres bombas que han hecho explosión en centrales eléctricas de Madrid", informa el diario "Arriba",

portavoz del Gobierno. Y añade que el señor Martín Villa "no hizo ningún tipo de comentarios personales

sobre el tema". Los comentarios personales y oficiales sobre el asesinato de los agentes del Orden Público

a sus órdenes debería haberlos hecho el señor Martín Villa ante los féretros de las víctimas del terrorismo.

Pero el señor Martín Villa ha demostrado una particular alergia a los funerales, especialmente cuando los

titulares de los mismos fueron asesinados por la izquierda marxista o sus sucursales separatistas. Fuera de

la osadía para gobernar totalitariamente mediante avalanchas de decretos-leyes o para intervenir en el

proceso electoral mediante la utilización parcial del poder que detentan por designación, los miembros del

Gobierno Suárez huyen de los compromisos agrestes como el ratón del gato.

Con el futuro político de España sucede igual que con aquel chico a

que se refiere el filósofo Ugo Spirito. El niño español que lea los periódicos o escuche los medios

oficiales de información, dirá si alguien le pregunta a qué partido le gustaría pertenecer cuando sea ma-

yor: "Al terrorismo marxista. Se gana mucho, se mata y se destruye cuanto se quiere, se consigue ense-

guida la libertad, se viaja en aviones del Estado y le reciben a uno como a un héroe". Pero si se le

pregunta si le agradaría ser policía, responderá de inmediato: "¡Ni mucho menos! Se gana poco, se trabaja

mucho, le matan a uno por menos de nada, te llevan a los Tribunales por cumplir con el deber, la prensa

te quita la razón y te humilla, para el Gobierno parece que apestas, ni siquiera tienes un ministro en los

funerales y, por si fuera poco, el señor Martín Villa te deja en cueros vivos con sus reformas".

Tiene razón Ugo Spirito: Se ha hundido toda fe y no sólo la religión y la ciencia están en crisis. También

lo está la política. La inusitada frivolidad conque el Gobierno parece entender las cuestiones de Estado,

constituye una muestra suficiente.

Es muy posible que al señor Cossiga, ministro del Interior de un Estado a la deriva y ejemplo tópico del

inalcanzable cinismo de los políticos italianos, denunciado recientemente en Madrid por Indro

Montanelli, le parezca todo normal en España.

El señor Cossiga y el señor Martín Villa parecen tener un concepto muy similar de la soberanía del

Estado y de la lucha contra el terrorismo. Mientras los agentes de Orden Público mueren a manos de las

cuadrillas marxistas y los respec tivos Gobiernos entregan la calle a las instancias subvertidoras de toda

autoridad, el español prosigue la excarcelación de asesinos de servidores del Estado y de ciudadanos

honestos, juzgados y condenados por los Tribunales legitimados para hacerlo. E incluso beneficiarios en

su dia de la gracia conmutadora de la pena de muerte. ¿Presos políticos? ¿Y qué son entonces los italia-

nos cuya entrega pretende el señor Cossiga, con el fin de montar procesos similares que permitan desviar

durante algún tiempo la atención de los italianos?

Tengo derecho a preguntarme por el asco, la angustia y la legitima ira de los Guardias Civiles que

custodian el penal de Ocaña, cuando hayan visto salir a los asesinos de compañeros suyos de las Fuerzas

del Orden Público.

El señor Martín Villa, ha entrado en la rueda de relaciones públicas internacionales que el Gobierno

Suárez tiene montada para simular ante el electorado un prestigio del que carece. Pero con independencia

de lo que cueste a España toda esa simulación, el precio político a pagar será altísimo. Después del 15 de

junio, cuando la tensión política baje y los telones comiencen a caer, los españoles se encontrarán con una

Nación hipotecada, con un Estado deshecho, con una sociedad en caos y con unas instituciones en

precario. Acaso por ellos se´ produzca tan normal y espontáneo entendimiento entre el señor Martín Villa

y su colega italiano. No olvidemos que Italia ha desbordado ya todas las previsiones de la degradación

política y del Estado. Tampoco que desde Europa se mira con terror lo que Giscard llama la "enloquecida

italianización española". No es una invención mía. Algo así habría dicho por teléfono el propio Presidente

de la República francesa en estos días a una altísima jerarquía nacional.

Será difícil que los observadores imparciales desglosen del contexto de esta situación disgregadora la

reforma de las Fuerzas de Orden Público. El modelo seguido es el mismo que describió Albert Riguet

como deseado para España por el Gran Oriente de Francia, antes que se anunciara en Madrid ningún

propósito de esta naturaleza.

Concluyo con la aplicación a España del diagnóstico del filósofo Ugo Spirito, cuando responde a la

demanda del periodista sobre si existe alguna esperanza para el hombre: "Sólo la esperanza en el

milagro". Muy grande habrá de ser e! milagro, pienso.

7— JUNIO —1977

 

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