Autor: Benítez de Lugo y Ascanio, Luis. 
   La democratización y el poder del estado     
 
 ABC.    31/10/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

CUANDO, en el futuro, el investigador político vuelva la mirada hacia el tiempo en que nos encontramos y concentre su icción en el actual concepto del Estado, podrá determinar, con claridad científica, la fascinante trayectoria del organismo que mayor influencia ejerce en la cultura de nuestro siglo, asi como seguir su evolución, sus cambios, sus efectos y, sobre todo, su peculiar comportamiento en el área inconsciente —embrionaria aún, titubeante tal vez—, pero más rigorosa de la voluntad del pueblo. Entonces hará constar la mutación histórica del Estado.

Sólo entonces. Porque, aun cuando en ocasiones, merced a su instinto universal, consciente del fenómeno, el ser humano .improvise o elabore fórmulas diversas que le permiten «por un tiempo» adaptar su existencia al ritmo que le imponen los acontecimientos de la Historia, lo cierto es que ni su genial sagacidad, ni su sentido de la anticipación le bastarán para encontrar la solución definitiva. La transitoriedad seguirá siendo la nota esencial de todos sus hallazgos en este terreno.

De igual manera, al futuro investigador político no te sorprenderá encontrar, con regular frecuencia, otras ideas, figuras y conceptos de todo orden, que nacen y se extinguen, una vez cumplida su función. E insisto —porque es importante de cara al futuro— lo hará constar así.

En el presente, .dada la complejidad de nuestra sociedad, el Estado de Derecho es la única institución capaz de canalizar la hetereogénea amalgama de intereses y de voluntades individuales o agrupadas, constituyendo a la vez. en si mismo, su punto de confluencia. En el Estado de Derecho se configura, pues, la voluntad de la comunidad nacional; y su equilibrio depende de este trascendental proceso, en constante realización, cuya mecánica constituye un problema de carácter técnico-político enormemente complejo, toda vez que la democracia ha dejado de ser un postulado místico para convertirse en una cuestión básica de técnica expresiva. La única misión de esta técnica consiste en llevar a cabo estructuralmente o, si se desea, de forma orgánica, el proceso de expresión e integración de la voluntad popular.

Democracia y Estado de Derecho vienen a ser así términos sinónimos e inseparables, por lo que ni cabe hablar de Estado de Derecho que no sea democrático, ni de democracia que no se configure como Estado de Derecho.

También carece de sentido tratar de agruparse democráticamente al margen del Estado.

Porque, en ia actualidad, aunque la colectividad pluriformista, a través del Estado, se ha anexionado determinados conceptos como institucioes propiamente suyas, el Estado es connatural a la sociedad, no independiente de ella. De ahí que, en el Reino Unido, hasta quienes se oponen al Gobierno se integren, a través del Estado, en la oposición de Su Majestad.

Por ello, el Poder es hoy un concepto dinámico que cristaliza, a través de la dialéctica histórica, como la resultante total de tos intereses; conjugados. No cabe ya la situación conflictiva del enfrentamiento de sectores o grupos. El contraste de pareceres es. indispensable, dada la dialéctica social; pero debe ir encaminado siempre hacia la idea integradora y direccional de la voluntad colectiva. Esta, orientada en virtud de su propio mecanismo, proyecta su enorme fuerza —su poen suma— en una determinada dirección. Y es, precisamente, en este último sector, en este punto histórico de energía, donde radica y se vitaliza el poder de la colectividad, la expresión de su voluntad soberana. Únicamente en él, exclusivamente en él, es donde la fueza del pueblo se genera. Ni antes, ni después.

Llevando el hilo de estas reflexiones a nuestra Patria y a la dimensión del momento, por fuerza hemos de aludir a cierta controversia —objeto de nuestras conjeturas— surgida el pasado año en 1a Prensa diaria, a bombo y platillo, antes del magnicidio del presidente Carrero Blanco.

Respecto a ella, preciso es señalar la fragilidad de ciertos pronunciamientos y la adopción de determinadas posturas que, inicialmente, no tendían sino a confundir el ánimo del lector, ávido, por supuesto, de obtener información sobre el procesó en el que participa y acerca de los principios que lo integran.

Ahondando en el problema —no sin destacar la trivial atención que se prestó a lo anteriormente expuesto— estamos ya en condiciones de aclarar un nuevo concepto, un fenómeno que consideramos primordial. Ni más, ni menos, nos interesa hacer constar que, si bien «la voluntad del pueblo es presupuesto previo a toda cosideración de orden político, en lo que se refiere al Poder —éste a su vez, uno e indivisible en el Estado, como ente colectivo de naturaleza específica— es aquél tributo esencial de la colectividad institucionalizadora del último en su organización hacia el bien común, mas sólo en cuanto tal». De lo cual se deduce la imposibilidad absoluta en que se encontraban los defensores de aquellas posturas contrapuestas —el señor Fernández Miranda y don José María Ruiz Gallardón— para determinar, «a priori», la intrincada naturaleza y la casuística del fenómeno en su constante devenir.

Repitámoslo: no es en el pueblo, aisladamente, donde se halla el Poder. La fuente por la que surge el caudal es el Estado. No vamos a desarrollar ahora la personalidad del mismo. Mas si hemos de insistir en el hecho de que hoy —pasado un año al margen de toda argumentación posible—, con más ardor que nunca, vivimos tiempos de expresionismo político. Pues, ¿qué otra finalidad persiguen la sociedad y el individuo en su lucha por la libertad, sino expresar su voluntad Individual o colectiva con las palabras y con hechos? Pues bien; este expresionismo pluriformista es el que hoy pretende abrirse paso por la enmarañada selva de las instituciones en busca, a todas luces, de algo tan importante como ellas mismas: su propia voz. No

nos llamemos a engaño. Con todos los medios a su alcance se pronuncia en todas direcciones..., pero sólo logra su propósito a través del Estado. Entonces es cuando comprende que éste le resulta imprescindible; y al verlo alzarse frente a sí, con sus inamovibles convicciones, sistemas y órdenes establecidas constitucionalmente, decide que ha de hacerlo cambiar.

No obstante, en último término, es el organismo morfológico del Estado, en la más genuina de las acepciones, el que observa, atento, el gesto diario de la nación; y sólo a ella reconoce en todas y cada una de sus manifestaciones, contribuyendo, día a día si es preciso, a su propia mutación política en un inteligente perfeccionamiento del sistema, aunque, naturalmente, procura no incurrir en el otro pluralismo apatrida de ciertos grupos ideológicos de presión ni caer en la velada trampa de atractivos programas multinacionales. Conoce de dónde procede la manipulación y los singulares procedimientos de cómo opera. Por ello vela celosamente por la integridad de su poder, tantas veces capaz de las más altas gestas de la Historia.

Hemos de concluir, tal como manifestó en su momento el canciller Brandt, en que «la bandera de Europa habrá de izarse un día dentro de los próximos diez años». Para entonces nuestro pueblo, como siempre, ocupará el lugar que le corresponde en la comunidad europea de naciones. Mas lo hará con su propia voz: la del Estado español. Su pluralismo auténtico dista mucho de ser lo que algunos pretenden y de lo que intentan divulgar. Es expresión de Principios Fundamentales del Movimiento Nacional; es voluntad viva, creadora, en el cuerpo visible del pueblo de su legítimo Poder. ´Mas sólo en el Estado y a través de él. El expresionismo político se encuentra en marcha ya. Y el Poder del Estado, en todo su vigor, en su pleno apogeo, pero dentro de los Principios Fundamentales. Otra cosa equivaldría a dar un salto en al vacío de imprevisibles consecuencias. Al valiente que lo pretenda yo me permitirla aconsejarle que se alistase en la Legión; pero extranjera, por favor. Para experiencias nuevas hay una palabra definitoria de la oportunidad política: democratización. Pero siempre dentro de las posibilidades constitucionales. Sólo pedimos que la Historia nos dé tiempo para juzgar en estas latitudes en donde, como decía Indalecio Prieto antes de morir en Cuernavaca, «el sol calienta los cascos de la cabeza».

Luis BENITEZ DE LUGO Y ASCANIO

Marqués de la Florida

 

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