Autor: Guerra Zunzunegui, José María. 
   Vamos a hacer algo     
 
 ABC.    26/07/1974.  Página: 15. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

EN un artículo muy comentado pedía Luis María Anson que se despejen las nieblas de la política española. Consideraba «una tarea de higiene nacional desenmascarar a la falsa izquierda». No busco polemizar con Anson, sino contribuir de alguna manera a su enérgica demanda de clarificación.

Es cierta su denuncia de la falsa izquierda. Pero hemos de admitir, asimismo, que existe una falsa derecha. Y un falso centro. Y unas falsas aproximaciones intermediarias entre esas tres clasificaciones convencionales del ideologismo.

La,sociedad del bienestar creciente, que e! llamado mundo occidental había promocionado después de la segunda guerra mundial, modificó numerosos supuestos sociológicos y políticos tenidos tradicronalmente como irrefutables. El viejo proletariado industrial y urbano se transformó en una nueva y masiva baja burguesía que, aun militando an partidos y espacios sindicales de izquierda clásica, evidenciaba unas constantes de comportamiento equiparables en sustancia a la actitud vital del antiguo populismo conservador. Incluso los comunismos instaurados, y antes que ninguno el soviético, ofrecen desde hace años el cariz inequívoco de un autoritarismo, conservador y reaccionario. Algunos dirán lo contrario. Utilizo todos esos vocablos en su más puro valor semántico.

Vivimos sin duda alguna un mundo caracterizado por las suplantaciones defensivas de todo tipo. No sólo se falsea la izquierda. E! falseamiento de la realidad abarca a todos los planes políticos. La derecha se avergüenza de serlo y ensaya proclamaciones demagógicas de izquierda, cuyo sonido huero es perceptible de inmediato. El comunismo se esfuerza por ocultar su viejo perfil totalitario y revanchista bajo apariencias formales de vocación democrática que contradicen su propia filosofía. El centrismo ha perdido su vocación moderadora equidistante, para transformarse en simple oportunismo conciliador a todas las bandas. Bajo todo ese transformismo táctico se esconde en realidad el instinto de conservación de las viejas ideologías, incapaces de dar una respuesta coherente y resolutiva a las nuevas situaciones generadas por la revolución tecnológica.

Como muy acertadamente anuncia Kissinger, amanece «una era histórica». En ese amanecer, que ya estamos viviendo, puede disgregarse la civilización occidental.

La crisis económica mundial, con la dramática multiplicidad de sus consecuencias, debía afectar necesariamente a la estabilidad política de las naciones. Y así ha sido. Junto a la crisis profunda del cambio de ara, a la crisis coyuntura! de las estructuras económicas y a la crisis consecuente de las estructuras sociales, era inevitable la crisis política, agravada por una alarmante crisis de ideas. El hombre de hoy, en todo e! mundo, está sumido en la confusión y en el miedo al futuro que la confusión lleva siempre consigo. Un sentimiento generalizado de inseguridad se extiende por las naciones, con independencia de cuales sean sus regímenes políticos.

Esa misma sensación de confusión e incertidumbre nos atenaza el alma a los españoles.

La inflación galopante, con sus agoreras resultantes, avanza también en España amenazando con anular de repente los frutos de paz y de progreso alcanzados en estos últimos años merced a la capitalización as los muchos sacrificios que asumimos durante dos décadas de obligada y dura austeridad. Muchos sienten, con aprensión, que nuestro «modesto bien vivir» esta en peligro. Pero además, toda esta situación coincide con la inminencia de la puesta en marcha de los mecanismos sucesorios y la aparición en escena de fuertes presiones políticas, en las que muchas veces hay más de oportunismo que de honesta contribución al perfeccionamiento democrático de nuestras instituciones.

Es innecesario insistir en la evidencia de que España ha ingresado en el mercado común de una crisis generalizada. Es obvio, asimismo, detenerse en la enumeración de los fenómenos concretos con que se materializa la crisis: desconcierto político, inestabilidad de las instituciones, malestar social, quiebras en cadena, encarecimiento constante, escaseces crecientes, desarrollo alarmante de la delincuencia, desbordamiento del terrorismo anarcoide, degradación de los valores morales... Los Gobiernos se demuestran impotentes para contener la avalancha. Las elecciones se suceden vertiginosamente sin que sus resultados sirvan para resolver nada. Los golpes de Estado aumentan su frecuencia. Pero tampoco puede presumirse una mayor estabilidad en el campo de los regímenes comunistas. Su sistema económico les permite un artificioso encubrimiento de los factores de la crisis. Y sus sistemas políticos totalitarios silencian tos otros síntomas del malestar merced a la asfixia sistemática de la libertad.

Cuando la crisis cala tan hondo, cuando los sistemas, las estructuras y los mecanismos convencionales se demuestran impotentes para superarla y crear los supuestos que nos permitan afrontar con esperanza de libertad y bienestar el tránsito a la nueva era histórica, no valen los falseamientos denunciados por Anson. Pero tampoco es suficiente con que "caigan las caretas. Hay que afrontar tos hechos con crudeza y realismo. Con voluntad inequívoca de solidaridad constructiva. Hay que hacer algo. ¿Pero qué?

No se trata de enunciar un programa. Nuestro deber, en este tiempo de crisis, se concreta en unas pocas y fundamentales normas de comportamiento. Hemos de reducir al silencio y la impotencia todos los extremismos, sea cual sea su filiación ideológica. Hemos de cerrar el´ paso sin contemplaciones a quienes asoman a la vida política con incitaciones al resentimiento y al revanchísmo; pues, como decía Azorín en sus últimos años, «si no se olvida el agravio, no se puede hacer nada». Pero eso no basta.

No habrá esperanza de paz y de progreso de no comprometernos a aceptar sin reservas la constitucionalidad y la legitimidad del Estado. En períodos de crisis la autoridad del Estado es más esencial que nunca. Hemos de asumir la responsabilidad de que cualquier posible desarrollo perfectivo se realice en el marco de las Leyes Fundamentales y con máximo respeto a sus previsiones. Hemos de reflexionar con muy seria objetividad sobre cuáles son los desarrollos democráticos que convienen,, con sentido práctico en esta hora crítica, no sólo a los intereses del pueblo, sino a las condiciones reales de la coyuntura nacional y mundial. No es hora de dogmatismos ideológicos, sino de descarnado pragmatismo.

Vamos a hacer algo, unidos, sin reservas, todos los españoles de buena voluntad, que amamos la paz y la libertad. Pero el hacerlo hoy exige ante todo un sentimiento profundo de la solidaridad nacional. Los muchos sacrificios que nos demanda el tiempo venidero habremos de repartirlos con criterios exigentes de justicia distributiva. El derecho a la paz y al bienestar hemos de pagarlo a más alto precio quienes más tenemos. Se impone una rigurosa política social de rentas y de justo reparto de los bienes y de las dificultades entre todos los hombres y todas las tierras de España. Una política que no atiende en primer lugar a satisfacer las necesidades de los sectores sociales más deprimidos y de las regiones más atrasadas nos conduciría no sólo al más denigrante de Ios falseamientos democráticos, sino a la aceleración de la crisis y a la catástrofe.

Vamos a hacer algo. Pero olvidando agravios, dogmatismo ideológicos transeúntes e intereses partidistas de dase, de grupo o de dependencia política y económica. En esta hora de crisis contraen una grave responsabilidad histórica aquellos que sustituyen la solidaridad y la unidad por la disputa convencional y transitoria. El tiempo de las verdades políticas absolutas ha pasado. Ninguna de las ideologías conocidas se ha demostrado capaz por si sola-para superar la crisis de cambio histórico en Ja que estamos. Si de verdad queremos hacer algo por preservar la paz y el bienestar de nuestro pueblo, unámonos todos los hombres sin agravios y los que sean capaces de olvidarlos, en torno al Gobierno, con el firme propósito de asegurar la autoridad y fortaleza del Estado. Desde ella podremos avanzar, con realismo y gallardía, participando todos´ en la constitución de una auténtica convivencia social. Otra cosa seria un suicidio.

José María GUERRA ZUNZUNEGUI

 

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