Autor: Meliá Pericás, Josep. 
   La Secretaría General     
 
 ABC.    29/10/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

DURANTE muchos años la política española ha sido un triángulo isósceles son estos tres vértices: El Palacio del Pardo, Alcalá, 44 y Castellana, 3. El gobierno del país, concebido legalmente como una unidad de poder con equilibrio de fuerzas, como paso previo a la resultante de fuerzas con división de poderes, ha tenido como fiel la Jefatura del Estado, institucionalmente respaldada siempre por el Ejército, y dos líneas de contrapeso: la política y la administración; más concretamente, la ideología y el dinero del presupuesto. Ha habido épocas en Jas que la tensión soterrada del Régimen ha discurrido bajo las alternativas que se insinuaban desde uno y otro ámbito. La ideólogía impuso ciertos principios de doctrina social en contra del conservadurismo a ultranza de los sectores tecnocráticos. La tecnocracia administrativa luchó contra el monolitismo formal de ciertas estructuras envejecidas. Las dos fuerzas, en ocasiones, se han anulado entre sí; otras se han reestructurado mutuamente a través de un sutil procedimiento de osmosis, unos suaves ejercicios de calentamiento. Esas son las consecuencias de lo que Dionisio Ridruejo llamó un golpe de Estado al revés, las contradicciones inherentes a un proceso en el que no era el Partido e! que se apoderaba del Estado, sino el Estado el que se apoderaba del Partido.

La política ha sido así como una partida de tenis en la que las pelotas pasaban fulminantemente de uno u otro campo ante los ojos bailones de los espectadores y del propio juez de pista. Si uno de los tenistas jugaba su propio saque el otro trataba de restar fuerza a las bolas y jugaba las cartas de la moderación, las reacciones, como los fallos de los jugadores, se han debido muchas veces al recelo de las tácticas contrarias más que a la congruencia respecto de los propios deseos e intenciones. No insistiré en ef tema. Traten de aceptarlo como una visión muy general de unos años de historia anterior, difíciles, atiborrados de palabrería no siempre comprensible, atrapados por la pobreza, la propaganda y el instinto de conservación.

Aquel cuadro de situación, en cualquier caso, respondía a un triángulo de intereses surgido de !a guerra; sólo así resulta comprensible que el Ejército, la Política y la Administración se sitúen en planos complementarios en lugar de subordinarse adecuadamente. El esquema pertenecía a un teorema físico y no a un organigrama funcional de cara a una Constitución permanente. Por eso la aceptación del pluralismo suponía un replanteamiento da los vectores y de la propia dinámica de las lineas de fuerza. La Presidencia y la Secretaría no podían quedar en un mismo plano, haciendo notas e informes sobre (os proyectos ajenos, inspirando editoriales antitecnocráticas o antimonopolistas. Por eso se intentó el esquema presidente del Gobierno, Presidencia, Vicepresidencía, separando al presidente de su propia organización administrativa

para que se realzara su influencia sobre el conjunto de las actividades políticas y funcionales. La Vicepresidencia, que seguía la línea del cargo personal, sin respaldo organizativo, debería haberle acompañado por la misma vía. Sobre el papel no tenía otro destino posible que el número 44 de la calle Alcalá. De esta manera la Presidencia, que era la Jefatura del Gobierno y en su día del Consejo Nacional, habría tenido una Vicepresidencia política, que sería el escalón ejecutivo de la Alta Cámara, más las Vicepresidencias técnicas que la experiencia hubiera aconsejado. Se intentó la prueba y no resultó bien.

Posiblemente se debería haber insistido en e! tema antes de rectificar apresuradamente.

Hay acontecimientos que nunca florecen en la crónica política pero que el buen observador no puede dejar de percibir. Si la Secretaría General ve devaluada su influencia política corre el riesgo de subrayar su proyección administrativa: de la misma manera que, en la Subsecretaría de la Presidencia, López Rodó se convirtió en un cerebro político porque apenas tenia expedientes que administrar. Por otra parte el papel de Alcalá, 44 as ya sobradamente difícil como para exponerlo, más aún, a la histeria de los unos ,y al radicalismo liquidador de los otros. A mi no me cabe duda de que la Secretaria tendrá que ceder en su día algunas de sus competencias administrativas. Pero no se puede pretender que ello se produzca a título de humillación, como una devaluación de presencia, sino que tiene que ser el lógico resultado de una concentración en la gran tarea de garantizar el ejercicio de la libertad política y hacer posible la concurrencia de las distintas ideas y actitudes. Posiblemente no sean capaces de comprenderlo los ultras, para los cuales un emblema es más importante que una idea y una jefatura de negociado más vitalicia que un programa politico; ni los impacientes, para quienes el sarpullido de las suspicacias rompe las áreas

del posibilismo cuando se habla de ciertas organizaciones y símbolos. Por eso no ha de extrañar que sigan existiendo intentos de enfrentar al Movimiento con el Estado, de exagerar las fricciones entre las personas y de radicalizar un tema que necesita, por encima de todo, coherencia y coordinación, incluso porque entre las hinchadas no faltan nunca voceros que se dejan arrastrar por sus rencores o sus fanatismos.

La Secretaría General está desempeñando un papel muy difícil, no hay por qué ocultarlo, pero es absurdo pretender que conscientemente haya existido un deseo de enfrentamiento con la línea del programa Arias.

Los recientes discursos de Tenerife no suponen una rectificación; son una aclaración pública y solemne; la desautorización de voces dispersas que en periódicos y tertulias habían querido arrogarse una representación y una oficialidad que nadie les había atribuido. Por eso es imprescindible que, puesto que el tablero está complicado, nadie exacerbe los ánimos poniendo a la defensiva a instituciones, o grupos de personas, a los que hay que atribuir un papel destacado en la apertura y en el cambio. Hay sectores que siempre han estado cerrados y que ahora se encierran sobra su propio ombligo. Pero hay otros que están dispuestos a compartir estrechamente la suerte y la esperanza de los españoles. Tratar, de herir, ir demasiado lejos en poco tiempo, puede dañar las susceptibilidades y hacer más incómodo el proceso del cambio. Nunca, como ahora, es necesaria la ponderación en las palabras, la serenidad de los juicios, la prudencia en las tácticas, e! equilibrio y la objetividad en las actitudes. Es hora de crear la unidad imprescindible para que sea posible el ejercicio de la pluralidad ideológica, no de romper las cartas de la baraja antes de tiempo.

Josep MELIA

LA SECRETARIA GENERAL

 

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