Autor: García Serrano, Rafael. 
   Especialista en 18 de julio     
 
 El Alcázar.    18/07/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

ESPECIALISTA EN 18 DE JULIO

En su número de hoy, publica la «Hoja del Lunes» de Madrid un artículo de Rafael García Serrano que,

por su interés, reproducimos.

Hace unos días me llamó Pepe Gómez Figueroa y me dijo:

—Oye, escríbeme lo que te de la gana sobre el 18 de Julio.

-¿El 18 de Julio?

—Sí, sí, el 18 de Julio. Cae en lunes, como la «Hoja».

Comprendí de inmediato que los hados continuaban destinándome a tocar el tambor, que es uno de los

ejercicios musicales que mas me han entusiasmado siempre, no se si a pesar de mis siete años de piano o

precisamente a causa de ellos. Desde que me reincorporé al periodismo después de un quinquenio de

desventura fisiológica y militar, todos mis directores se percataron de mis aficiones. Lo mismo Xavier de

Echarri, Ismael Herróte y Antonio Izquierdo en «Arriba», que José María Sónchez-Silva en «Si», que

Lucio del Álamo y Antonio Gibello en «El Alcázar», que Juan Aparicio en «El Español», «La Estafeta» y

otras publicaciones, que Julio Fuertes en «Mástil», que Bartolomé Mostaza o José Vicente Puente en

«Fotos», que Vicente Cebrián en «Pyresa», que Jesús Ercilla en «Pueblo», y así la tira, todos se acordaban

especialmente de mí en ciertas fecha. Por ejemplo el 18 da Julio, el 1 de Abril, el 1 de Octubre, incluso el

19 de abril —fecha de la discutidísima y ya olvidada Unificación—, y también en otro tipo de

aniversarios que fueron reduciendo su sonoridad al paso del tiempo y de las generaciones: el Alto de los

Leones, Somosierra —que cae en día de Santiago, el primero de la guerra, sí, señor—, el 7 de noviembre,

el segundo Santiago de la guerra, que fue la liquidación de Brúnete y el tercero que fue el bautismo del

paso del Ebro, y otros muchos, la toma de Irán, la de San Sebastián, la liberación del Alcázar, la de

Málaga, la de Bilbao, la de Teruel, en fin, todo eso que los chicos de ahora llaman batallitas y con razón,

si bien a mí me importa señalar aquí que cuando los de mi generación fuimos jóvenes no llamábamos

batallitas ni a las de Cuba, ni a las carlistas, ni a Lepanto, a pesar de que con Lepanto daba mucho la lata

don José María Pemán, quizás porque en nuestras familias habíamos sentido de cerca el dolor y la gloria

de una guerra como la de África. La proximidad de la dureza y el resplandor de una contienda espabilan

bastante la sensibilidad. La paz, por regla general, la embota. Y aquí, eso me temo, hemos disfrutado

mucho de la paz que se empeñó en regalamos Franco, porque la paz es el opio del pueblo y por fortuna ya

se nos viene la guerra encima, con lo cual todos vamos a ser más listos, más agudos, vamos a producir

más, a destruir menos y a ganar un par de Premios Nobel todos los años. Ya se sabe que «la paz de los

cementerios» aburre mucho y empobrece el intelecto. Por eso, hasta ahora no han surgido más que

subnormales como Julián Marías, Pedro Laín, Dámaso Alonso y Buero Vallejo, ique si no!...

Tan popular me hice en la monotemática que pudiéramos llamar del 18 de Julio, lo mismo en el tiempo de

los grandes extraordinarios que en el de los pequeños extraordinarios y aún en el de los más ordinarios de

los números extraordinarios conmemorativos, que mi época más intensa como «busto pártante» en TVE

se produce justamente cuando los grandes ingenios comienzan a cuidar su porvenir y yo a jugármelo

alegremente, de modo que viene a ser después de que la Ley de Prensa e Imprenta liberalizadora del

pensamiento cuando a mí se me llama más a TVE a largar sobre las fechas de las que ya no quiere hablar

casi nadie. Todo el mundo está enfermo, o fuera de Madrid, en las fechas claves del Régimen. Se curan o

regresan para estrenar en teatros oficiales obras rojas tolerada» por la Oprobiosa o para hablar de la

«coyuntura cultural europea» en TVE. Los más egregios escritores del Régimen, los que paladearon todas

las mamandurrias posibles, los que fueron fletados a conferencias por el mundo, alzados sobre el pavés a

las Academias y Universidades, a puestos culturales sin demasiado compromiso político pero con

comodidad y divisas, comienzan por entonces a entrever el porvenir. No es que fuesen más inteligentes

que yo; en cambio eran más deshonestos. Yo veía lo mismo que ellos, que el Régimen se iba por la posta

y que duraría lo que durase Franco, porque Franco imponía mucho aún en su decadencia, y si no se

hubiese dado la noticia de la muerte de Franco, todavía el día de las Fuerzas Armadas se llamaría de la

Victoria y Adolfo Suárez presidiría la Unión del Pueblo Español y Felipe respondería por Isidoro y

Tarancón viajaría en un «Mercedes» concedido por mi querido Manolo Arburáa. Si a mí me pesca de

presidente del Gobierno la muerte de Franco, me la callo, contrato un buen actor para pasar revista a las

tropas, pongo en marcha el nacionalsindicalismo e instauro la felicidad. Pero no me pescó de presidente

del Gobierno y ya ven ustedes que estamos en trance de votar al menos un par de veces por trimestre, lo

cual, en verano, pase, pero en invierno resurta cruel y va a votar su padre.

Los inteligentes previsores del porvenir abandonaron la literatura conmemorativa sin que se notase

demasiado porque para eso estaba yo, que en punto a literatura y periodismo soy como la Primera de

Navarra o como la Trece, la de la Mano Negra, o como la Cuarta de don Camilo, una fuerza muy bien

organizada para cubrir todas las brechas, enmendar todas las roturas e incluso pasar a la ofensiva. Ellos

fueron previsores y yo honesto no sólo con unas determinadas fechas históricas, sino con mis propias

convicciones y por supuesto conmigo mismo. Al propio tiempo me da la impresión de que también soy

honrado con la historia del auténtico 18 de Julio, fecha unitaria para los españoles, porque como

recordaba hace bien poco en «El Alcázar», significó para ambos bandos en presencia una misma razón

vital y política: acabar con una pobre, injusta y destartalada España e intentar otra sobre bases nuevas y

revolucionarias. Ahora se pitorrea todo el mundo del «milenio» anunciado por Hitler, pero el 18 de Julio

de 1937 decía don Manuel Azaña para conmemorar el primer aniversario de la Guerra: «Porque no hay

unas reflexiones que sean específicamente propias del día 18 de Julio del año 37, sino que han de ser

valederas para todos los días de todos ios años por venir». Es decir, que don Manuel rebasaba en sus

ambiciones a don Adolfo, porque se acogía al «per omnia saecula saeculorum» que es más que diez

siglrtos de mierda, y hacía bien. Y don Francisco Franco, en la medida de sus fuerzas, perpetuó el 18 de

Julio como fecha de arta calidad histórica y definitoria de una España nueva en la medida de sus fuerzas y

hasta su muerte. Abandonar el sentido renovador de esta jomada carismática me parecería un error y una

traición a España, como dejar de un lado, en Francia, el 14 de Julio, que es una fiesta en la que coinciden

el júbilo y la esperanza de los herederos de las «tricoteuses» y de los herederos de los nobles guillotinados

ante el entusiasmo de tan distinguidas matronas.

Rafael GARCÍA SERRANO

 

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