Autor: Muñoz Alonso, Alejandro. 
   Sistemas superados     
 
 Cambio 16.    16/08/1974.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Sistemas superados

Como un eco gangoso de o que allá por los años cuarenta era un básico artículo de fe política, se oye todavía, algunas veces, reiterar la condenación de los "sistemas fracasados" de índole democrático-liberal.

En aquellos momentos muchos creyeron que los regímenes nazi-fascistas, en sus proteiformes manifestaciones, representaban "la cresta de la ola del futuro" y desde muchos contemplaban con arrobamiento las experiencias totalitarias que prometían un imperio milenario.

La democracia, sin embargo, probó ser más resistente de lo que pensaban sus apresurados enterradores, pues no sólo contó con la suerte de las armas, riño con el favor de los pueblos. El ropaje democrático, encubriendo no pocas veces mercancía de muy otro tipo. se convirtió en la etiqueta obligada para transitar por el mundo político. Aunque les nostálgicos del perdido paraíso hitleriano hayan continuado esperando el desquite que nos introduciría a todos —per medio de la famosa dialéctica de los puños y las pistolas o por la menos heroica de la pedrada y el puntapié— en el añorado Orden Nuevo. Son ellos los que tratan de convencer y convencerle ce que la democracia ha fracasado. Y hasta podría aplicárseles aquello de que "los muertos que vos matáis gozan de buena salud"

¿Qué sistemas son los que han sido superados en Europa? Porque para todo el que tenga ojos para ver, la caducidad hay que ponerla en la cuenta de todos los intentos de sustituir la democracia por cualquiera de las múltiples formas de autoritarismo. Todas las llamadas pomposamente" terceras vías" se han saldado al final con frustración y descalabro. Se pretendía que el precio de la renuncia a la libertad era una mayor eficacia que, sin embargo, nunca se ha reflejado en el balance. El "bluff" político que suponen estas experiencias ha tardado, a veces, casi medio siglo en quedar al descubierto, como ha sido el caso de la dictadura portuguesa, que aquí tanto se ponderó, presentándosela como algo ejemplar. En otras ocasiones han bastado unos pocos años (que para muchos han sido largos), como ha sucedido con la coronelada griega, que también suscitó por nuestras tierras algunos fervorosos entusiasmos. I.a estela de

estos sistemas no ha sido, precisamente. gloriosa, y casi siempre han dejado al país en una situación peor que la que sirvió de punto de partida. Portugal y Grecia son dos buenos ejemplos de esos camino» que no llevan a ninguna parte. Y como en todos los casos similares no queda más remedio que echar mano sin entusiasmo quizá, pero con realismo de la vituperada democracia. Si algo tiene el agua para que la bendigan, algo debe tener la democracia cuando, antes o después, es el recurso obligado de todos los pueblos. La normalidad política se entiende en todas partes de la misma manera: como una vuelta a las formas democráticas.

Los que quieren una España diferente (y aislada) replican que aunque U, democracia a la europea le vaya bien a otros países, aquí es inviable y, por lo tanto, se debe descartar de plano. Pero habría que preguntarse, en primer lugar, si de veras se ha intentado aplicar alguna vez la democracia a la europea en España. Aparte de que aun suponiendo que mis antepasados hubieran sido tan brutos que no lograran aprender a leer y a escribir, yo no estaría dispuesto a renunciar al intento por sólo ese argumento genealógico. Piensen los amantes de lo autóctono que las dos llamadas "fiestas nacionales", los toros y las oposiciones, se caracterizan, por lo general, porque a los primeros intentos no suele ser fácil el éxito. Y si en la vida de los pueblos no se repitieran las suertes, estaríamos todavía en las cavernas como parecen querer algunos.

Nadie va a caer en la ingenuidad de pensar que la democracia es la llave para entrar en ninguna jauja política, ni la varita mágica para lograr de golpe la "felicidad pública", como decían los ilustrados. Pero, al menos, habría que aceptar, con Churchill. que la democracia es el peor de los regímenes.... a excepción de todos los demás.

Sería muy conveniente que nuestros imaginadores políticos, dotados tan a menudo de palabra fácil y pensamiento oscuro, reflexionasen un poco sobre todo esto. Y que considerasen que el atávico "mantenella y no enmendalla" no suele ser muy útil cuando de los destinos colectivos se trata. Servir al país no requiere casi nunca ninguna invención original.

CAMBIO16/7

 

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