Autor: Medina Cruz, Ismael. 
 Tomografía de las primeras Cortes conversas (2). 
 El riesgo antipopular de una democrácia absolutista     
 
 El Alcázar.    28/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Tomografía de las primeras Cortes conversas (2)

EL RIESGO ANTIPOPULAR DE UNA DEMOCRACIA ABSOLUTISTA

Por Ismael Medina

LA fiesta política de San Juan me ha hecho meditar seriamente sobre la entidad del Estado español y

volver con parsimonia sobre viejas lecturas: Suárez, Vitoria Gradan, Menéndez Pidal, Castro, Sánchez

Albornoz, Maraval Silio, Vicens Vives... Y por necesario contraste, otra vez sobre Maquiavelo. Después

de ese refrescamiento de los antecedentes y peculiaridades característicos de la creación del Estado

español moderno, la lectura de las crónicas referentes a la recepción en el Palacio de Oriente me ha

producido una cierta desazón histórica. Por ello he decidido anteponer el tema crucial que esa

observación plantea y dejar para una próxima entrega el subsidiario de la falsificación conceptual con que

la consulta electoral se planteó. Este hecho resulta, a la postre, una consecuencia lógica del proceso de

desviación nacional por el que la democratización parece marchar.

Puede deducirse que alguien persigue convertir la onomástica del Rey en fiesta nacional. Y yo entiendo

que no puede existir presunción de desacato si muestro inquietud y malestar por ello.

Todos los Estados se esfuerzan por llenar de ostentosas demostraciones lo que genéricamente se llama la

Fiesta Nacional. Es habitual que esa jornada coincida con la fecha aniversario de aquella en que se

produjo el acontecimiento más significativo en orden a la legitimación original del Estado. Existen

pueblos con un sentido robusto de la tradición y un concepto de la política suficientemente pragmático,

todo lo cual les preserva de la tentación de mudar ese enraizamiento simbólico. Ello les permite afrontar

los cambios impuestos por la mudanza de los tiempos, sin necesidad de poner en entredicho la legitimidad

de origen ni en precario la continuidad constitucional. Para nosotros, sin embargo, la Fiesta Nacional por

antonomasia es la de los toros. Y no deja de resultar curioso, acaso hasta significativo, que contrariando

los usos políticos introducidos por el racionalismo en nuestra Patria, sea el espectáculo de los toros donde

se refugia el culto a un ceremonial inamovible, en el que se mantiene simbólicamente el discurso

tradicional entre el poder como juez y el pueblo como inequívoco origen de soberanía. Será por eso que

se le llama la Fiesta Nacional, a falta desde Felipe V de otra en cuya conmemoración el pueblo se sintiera

identificado con los políticos, es decir, con el poder efectivo del Estado. Y debió ser por idéntica causa de

enfrenta-miento dialéctico entre mimetización racionalista de la clase política y ancestro popular, que "El

Sol", precedente inmediato de "El País", sintiera la fiesta de los toros como una lacra vergonzante.

Los tratadistas más atendibles están de acuerdo en una evidencia: el Estado español moderno, aquel que

se configura con los Reyes Católicos, adquiere una contextura peculiar no sólo en relación con el período

histórico anterior, sino también respecto de las concepciones absolutistas del Estado que comienzan a

tomar cuerpo en Europa con el Renacimiento. Y es natural que esa diferencia exista, según ha demostrado

nuestra moderna escuela historiográfica, pues el absolutismo europeo es resultante lógico de la

concepción feudal del Estado medieval. Mientras que salvo en Cataluña, y ello se nota todavía, no fueron

feudales los Estados españoles del largo período medieval conocido con el nombre equívoco de

Reconquista. Después del choque frontal entre el Emperador europeo Carlos V y la concepción popular

del Estado español representada por los Comuneros, los Austrias, a comenzar el Rey Carlos I de España,

hubieron de aceptar las peculiaridad nacional y en ello pusieron de manifiesto espíritu pragmático,

instinto político e inteligencia. No sucedió lo mismo con la Casa de Borbón, demasiado engreída en el

absolutismo propio de la cultura francesa y en exceso empapada por la genehistoria europea. Lo más que

consiguió fue hacer subir en la carroza del "afrancesamiento" a una clase aristocrática aldeana y a una

clase intelectual deslumbrada. Y cuando pretendió acercarse al pueblo, en vez de un compromiso con su

esencialidad, según hicieron los Austrias, cayó en el casticismo. Así resultó un permanente divorcio

conceptual del que fueron manifestación inequívoca la multitud de pronunciamientos, golpes, revueltas

motines y guerras civiles que hemos vivido desde entonces, al tiempo que las clases dirigentes se

engolfaban en un agotador delirio constitucionalista.

La propia naturaleza de la conciencia nacional, de la que nace la peculiar concepción española del Estado

moderno, precisa de la Monarquía como nudo, según se simboliza en el yugo con el nudo gordiano y el

"Tanto monta" de Fernando el Católico, emblema que no por casualidad fue creación de Nebrija. Juez de

la unidad Nacional ha sido el Rey para los españoles de filas, que no encarnación de soberanía absolutista,

al estilo europeo. Por esa misma razón imperiosa de unidad dinámica, nuestro pueblo se ha esforzado

hasta la extenuación en el crédito a sus Monarcas, incluso en situaciones tan absurdas, patéticas, y

denigrantes como las provocadas por Fernando VIL Acaso la República hubiera tenido viabilidad de

haber acertado a parecerse a una Monarquía electiva, no absolutista, es decir, autentificándose en la

tradición constitutiva de nuestro Estado. Pero las dos Repúblicas cayeron en los mismos errores que la

Monarquía europeizante traída por Felipe V. La primera cayó en una ajeneidad federalista que el pueblo

no podía digerir. La segunda apenas si hizo otra cosa que mudar de corona y de encarnación personal.

Considero lógico que su pragmatismo, su estudio de la Historia y su conocimiento del pueblo impulsaran

a Franco a idear la reinstauración de la Monarquía tradicional, como solución continuadora a la peculiar

forma monárquica en que, de manera inevitable, había desembocado su jefatura personal, proveniente de

la legitimidad que otorga el triunfo armado.

Hasta el momento y en vísperas de la apertura de la nueva legislatura de las Cortes, los fundamentos

esenciales del concepto tradicional de la Monarquía española permanecen en el armazón del orden

constitucional vigente. La sustitución de los usos de la democracia orgánica por los hábitos de la

democracia inorgánica no han afectado a la legitimidad del Estado ni a la reincorporación de ciertas

peculiaridades propias de la conciencia popular española. Será después de abiertas las Cortes cuando

volverá a plantearse el extenuante enfrenta-miento que los Austrias eludieron y los Borbones propiciaron.

¿Perfeccionamos nuestras peculiaridades mediante modificaciones prácticas e inteligentes del orden

constitucional vigente, aceptando como legítimo su origen?. ¿O por el contrario, reiniciamos la trágica

juerga constituyente mediante un regreso a las tentaciones miméticas del modelo ideológico europeo?.

A fuerza de querer negar la validez de lo anterior y de concebir la Historia como una acumulación de

estancias estancas, los españoles hemos perdido la noción de la legitimidad de origen de nuestro Estado

moderno. Unas y otras fiestas nacionales han caído en desuso por falta de tradición, por artificiosidad, por

aburrimiento, por oportunismo o por el feroz revanchismo de que hacen gala la mayoría de los políticos.

Con la Fiesta Nacional ha sucedido igual que con calles y plazas: no hubo problema en tanto persistió una

funcionalidad expresiva de la conciencia popular. Pero desde que arribó el gusto por el absolutismo, cada

bandazo nos trae un barrido retórico. ¿No será hora de volver a los orígenes?.

En buena hora reciba el Rey a las gentes de prosapia, sea ésta auténtica o mentida, para celebrar con el

deseado boato la fiesta de su onomástica. Pero instauremos de una vez una Fiesta Nacional inamovible,

que responda asimismo al sentido objetivo de la Historia. El Estado español moderno empezó con la boda

entre Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, si bien sólo comenzó a consolidarse con la muerte de los

padres de ambos, titulares de los respectivos Reinos. Pero es con la conquista de Granada cuando se

consuma la unidad nacional, fundamento de ese Estado. Granada se rindió el 25 de noviembre de 1491 y

los Reyes Católicos entraron en ella el 6 de enero de 1492 ¿Por qué no hacer de esta última fecha la Fiesta

Nacional?. En sus vuelos llevaría, además, otras connotaciones difícilmente separables de la encarnadura

tradicional del Estado español.

28-JUNIO— 1977

 

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