Autor: Ramírez, Eulogio. 
   Laicidad del Estado     
 
 El Alcázar.    17/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

LAICIDAD DEL ESTADO

Tarde se preocupa la mayoría progresista del Episcopado español (mayoría gobernante de la Iglesia), de

los efectos en la vida pública española, del laicismo o secularismo que ese mismo Episcopado ha

promovido y aun patrocinado oficialmente!

Ahora, las noticias de agencia nos muestran a un Episcopado desazonado por la suerte que puedan correr

en la futura Constitución española, la Iglesia y el catolicismo. « En medios eclesiales ha causado

extrañeza, asimismo, que los propios políticos cristianos no se hubieran dirigido a los representantes

eclesiásticos para consultar sobre este tema», aseguraba la agencia Logos, perteneciente a la empresa de

que es consejero religioso el Secretario del Episcopado.

Acostumbrados a que los Gobiernos de Franco consultase con la Jerarquía eclesiástica todo cuanto, de

cerca o de lejos, tenía que ver con la Iglesia, parece como si en esta materia el Gobierno de la Iglesia

española —que ha incluido en su temario de la próxima asamblea, el tema de la Constitución civil

española—, continúa siendo franquista.

La homilía del cardenal Tarancón ante el Rey —que abogó por los derechos humanos, no por los

divinos—; la insistencia, por parte del mismo presidente de la Iglesia española, sobre la autonomía del

Estado ambiguamente expuesta; la imparcialidad oficial de la Iglesia ante las elecciones del 15 de junio;

el «réquiem» gozoso por la muerte «de un poder político de la Iglesia española», entonado en El País y en

La Vanguardia, por el vicario de Pastoral de la archidiócesis madrileña, P. Martín Patino, y coreado por

publicistas católicos dominantes y celebrados como Aranguren, Comín y González Ruiz, hacían prever

que la Iglesia, en lo futuro, se desentendería por completo de la política.

Ahora, por el contrarío, al advertir, por ejemplo, que la democracia liberal hace imposible, no sólo el

concordato viable en el régimen de Franco, sino, eventualmente, la subsistencia de las escuelas católicas y

el sostenimiento económico del clero, parece que el Episcopado progresista y gobernante de la Iglesia se

echa las manos a la cabeza y pretende meter sus manos en un negocio como el de la Constitución, que los

diputados democráticos están substanciando a hurtadillas, sin querer conocer la opinión del pueblo y de

los publicistas españoles en todas las fases de esa substanciación.

La Iglesia se ha equivocado. Creyeron estos obispos que con asegurar los derechos humanos, los

católicos, llegado el caso, ejercitarían sus derechos humanos y civiles para conseguir lo que les interesa a

esos obispos, que se sienten dolidos de que no se haya consultado con ellos en materias constitucionales.

Y la Iglesia se ha equivocado tanto más cuanto más imbuidos de laicismo (liberal o marxista) están todos

los componentes de fa clase política, incluso la católica.

«La nueva Iglesia», como la llama Monseñor Estepa, ha olvidado su vieja sabiduría y su añosa

experiencia y sólo ahora parece empezar a darse cuenta del suicidio que supone —como dice Maritain en

«L´homme et l´Etat»— separar la iglesia del Estado, aislar la religión y la vida, relegando la Iglesia,

primero, a la sacristía, como pretende el laicismo, y después a las catacumbas, como pretende el

socialismo científico. Hasta la fecha, los gobiernos de nuestra monarquía liberal van progresivamente

relegando la Iglesia a la sacristía, es decir, gobiernan como si Dios no existiese y como si no hubiera

promulgado una ley moral o natural.

Y hay que volver a la sabiduría de la Iglesia tradicional, que se expresaba así por el cardenal Ottaviani,

cuando era prefecto del Santo Oficio: «Infiel es el hombre que peca, cuando se aleja del Reino de Dios,

trata de construirse otro reino alejado de El, sin El, contra El; aquellos que, a lo largo de tantos siglos han

constituido las sucesivas traiciones consumadas por el hombre solamente contra Dios desde la Reforma

protestante, han tomado el nombre de Ilustración, Racionalismo, Humanismo y ahora de laicismo. En el

laicismo convergen las más contrarías, las más diversas concepciones del mundo, desde las de los

liberales —entre los cuales hay incluso católicos—, a las del comunismo ateo; desde las de los masones y

de los radicales a las del socialismo. Así. en nombre del laicismo se ha dado una batalla a la Iglesia».

Efectivamente, ahora en España, todos los pronunciamientos son en favor de una Constitución y un

Estado laicos. Lo ha declarado por radio un protagonista socialista de la Constitución como el profesor

Peces-Barba.

En este momento, en defecto de la clarificación de nuestros obispos progresistas, valen las palabras del

cardenal Roques, en 1948, contra los que invocaban la laicidad del Estado francés: «Hay que entenderse

sobre el sentido de las palabras y no confundir laicidad y laicismo. Si la laicidad significa soberana

autonomía del Estado en su dominio temporal, o bien posibilidad para cada uno de practicar su religión en

un país dividido en materia de creencias, nosotros no tenemos nada que objetar. Es el caso de un Estado

no confesional. Por el contrario, si la laicidad significa una doctrina filosófica, a base de materialismo, un

sistema político de gobierno que, por mediación de la escuela, impondría a toda la nación y querría hacer

triunfar en ella una filosofía racionalista y materialista, entonces nosotros ya no estamos de acuerdo.

Siguiendo la historia de la laicidad, desde 1880 hasta nuestros días, se percibe muy netamente el

deslizamiento de la laicidad-neutralidad a la laicidad-laicismo: y se expresa en esta fórmula de M. Bayet:

en el plano de la inteligencia, la laicidad es el racionalismo.» Como que la Constitución laica no es una

Constitución neutral, sino una Constitución que prescinde de Dios y cohibe la libertad de vivir

cristianamente.

Eulogio RAMÍREZ

 

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