Autor: Marías Aguilera, Julián. 
   Sobre el peligro y la seguridad     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 12. 

SOBRE EL PELIGRO Y LA

HAY personas timoratas Dará quienes lo primero es la seguridad ; ´ hay, otras más arriesgadas para quienes cuentan más otras, cesas, por ejemplo la vivacidad, la innovación, la sinceridad, acaso, en formas frivolas, la curiosidad o el espíritu de cambio. Una tercera categoría está formada por las personas que creen que la vida es sustancialmente peligrosa y está hecha de inseguridad, y que el afán de seguridad a todo precio suele ser muy caro y, a última hora, "la precaución inútil", acaso lo más peligroso de todo.

Sea dé ello lo que se quiera, en lo que la opinión común suele estar .de acuerdo es en la manera como la seguridad y el peligro se reparten en el mundo. La seguridad—se piensa—está en la inmovilidad, y el peligro en el movimiento (a pesar de´ la amonestación que los aviones trazan en el cielo, al volar sobre nosotros) ; lo autoritario es seguro, lo liberal peligroso; la seguridad acompaña´ a la repetición, y el peligro -a la innovación; es peligroso el seglar y seguro el eclesiástico; inseguro el intelectual, el literato o el artista; .seguro el teólogo, el administrador o el hombre de Estado.

Yo, personalmente, no estoy seguro de que sea así siempre, y me parece sumamente peligroso darlo por supuesto. Hace poco, mis lecturas me han hecho poner en duda esa creencia general muchas veces. Voy a referirme aquí a un ejemplo "viejo,y que, por serlo, no tiene ya esquinas: es como un canto rodado,.desgastado por los años, y que puede servirnos para reflexionar sobre esa arraigada convicción.

Todos conocen el famoso discurso de Castelar en las Cortes Constituyentes de 1869, hace ahora noventa años, el que terminaba con los párrafos "Grande es Dios en el Sinaí". que nuestros abuelos solían aprender de memoria. Todos admiraban la retórica de Castelar y sentían un estremecimiento cordial al repetir sus frases. Pero al mismo tiempo sentían un escalofrío de emoción frente, a lo arriesgado y audaz. Castelar era generoso, arrebatado, lleno, si se quiere, de sentimientos religiosos, pera no era... seguro. La seguridad correspondía a su adversario, • el ilustre canónigo Vicente Manterola, el paladín, de los intereses de la Iglesia frente a los riesgos del liberalismo;

Pero resulta—magia de la retórica— que mientras todos sabían y muchos recuerdan lo que dijo Castelar el 12 de abril de 1869 en el Congreso, muchos ignoraban y hoy casi nadie sabe qué había dicho Mantérola, a quien Castelar replicaba. Castelar se había dolido de la expulsión de los judíos, y Mantérola respondía estas palabras:

"Extraña cosa es, señores diputados, que los judíos, tan sabios • en aquellos tiempos, hoy llamen tan poco la atención del mundo civilizado, porque yo, al oír al señor Castelar, me preguntaba: ¿dónde está hoy la arquitectura de los judíos, dónde las ciencias y las escuelas de los, Judíos? Aparte, señores, de algunos conocimientos químicos que han aprendido de los árabes, fuera de algunos dijes y de esa menuda industria de las babuchas, yo no sé qué saben los judíos." Y a ésta declaración agregaba inmediatamente esta otra:

"Los judíos tienen mucho dinero, y el señor .Castelar tiene mucho talento; los judíos tienen mucha riqueza, y el señor Castelar posee grandes y profundos conocimientos políticos aplicados a la forma de gobierno de los Estados; haga, pues, Su Señoría que; los judíos empleen una parte insignificante de su riqueza en levantar de nuevo el templo de Jerusalén, vaya Su Señoría a inspirarles el pensamiento republicano, consiga que los judíos lleguen de nuevo a constituir un pueblo con su cetro, con su bandera o con su presidente, porqué me basta con que lleguen a ser una república y ya desde ese momento se ha matado la Iglesia Católica porque se ha matado la palabra de Dios."

Esto decía en 1869 el más ilustre de los diputados eclesiásticos de las Cortes Constituyentes, el canónigo don Vicente Mantérola. Nadie se preocupaba, nadie se sentía inquieto, nadie consideraba que Mantérola fuese ún hombre peligroso.

Al contrario, estaba encargado de corregir al audaz Castelar, a aquel hombre a quien el lirismo y la retórica y un amor desmedido a la libertad llevaban a todo género de riesgos. Una vez que sonaba la palabra de Mantérola, se podía uno sentir tranquiló, porque su voz autorizada y segura, llena de prudencia y sabiduría, enemiga de peligrosas novedades, había puesto las cosas en su punto. Aquellos de nuestros abuelos que todavía eran románticos y liberales se entusiasmaban con Castelar; pero a poco prudentes que fueran, reconocían que era un exaltado, y que debería sentar la cabeza y aceptar la seguridad religiosa que le dictaba el sabio canónigo:

Ahora bien, resulta que el canónigo don Vicente Mantérola estaba anunciando la muerte de la Iglesa Católica para ochenta años justos después. "Porque, como todos sabemos, en 1940 el doctor Weizman era elegido presidente de la República de Israel, y los judíos volvían a ser un pueblo con una bandera y un presidente. Si Mantérola hubiese tenido razón; la Iglesia Católica llevaría muerta —y la palabra de Dios también—exactamente diez años.

¿Dónde estaba el peligro, dónde la seguridad? Sería difícil, aunque se recorrieran las palabras pronunciadas y escritas por. todos los "inseguros", por todos los "arriesgados", por todos los "arrojados" de los últimos doscientos años,, encontrar, nada tan peligroso como las palabras del sesudo canónigo Mantérola.

¿Se tratará de un caso aislado? En modo alguno. Se podría, hacer, con no mucho esfuerzo, una escalofriante antologia de cosas que han escrito los hom. bres oficialmente "seguros", sin pestañear y sin que pestañeen los demás, dando por buena su seguridad. En el ejército se suele usar esta fórmula: "Valor: Se le supone." También acontece así muchas veces con la seguridad." En la milicia, sin embargó, hay otra fórmula más interesante: "Valor: Reconocido." Quizá sería bueno aplicar la misma norma a los juicios sobre la seguridad.

Con toda la imaginable, impávidamente, sin saber que lo hacía, el canónigo don Vicente Mantérola profetizaba la muerte de la Iglesia Católica. Hoy sabemos que era un profeta falso. Pero acaso no ha constado hasta noventa años después. Y este retraso es lo que a mí personalmente me parece peligros».

Julián MARÍAS

 

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