Autor: García Serrano, Rafael. 
   Múgica Herzog, pontifex     
 
 El Alcázar.    09/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

DIETARIO PERSONAL MUGICA HERZOG, PONTIFEX

JUEVES, 8 DE DICIEMBRE, DÍA DE LA PATRÓNA.

En víspera de la Inmaculada, Patrona de España y del Arma de Infantería, la mesa de la Comisión de

Defensa del Congreso cumplimentó al vicepresidente de la Defensa, teniente general Gutiérrez Mellado.

Creo que todos nos entendemos, aunque gramaticalmente parezca como si la Comisión de Defensa del

Congreso fuese una pequeña entidad dedicada a la defensa del Congreso en sus varios aspectos: políticos,

sociales, económicos e, incluso, poliorcéticos, que en España, a través de nuestra Historia, más bien

movidita, ha demostrado no ser arte desdeñable, desde el punto de vista parlamentario.

Al vicepresidente para la Defensa, que uno no sabe si debe llamar señor Gutiérrez Mellado o teniente

general Gutiérrez Mellado —aunque ambas cosas las sea por derecho propio—, en virtud de cierto

confusionismo creado por él mismo a la hora de acceder a la política y retirarse del Ejército, le

acompañaban el jefe del Alto Estado Mayor y los jefes de los Estados Mayores de los tres Ejércitos; al

señor Múgica, que me parece que es del PSOE del País Vasco, aunque él prefiera llamarlo Euskadi y

sostener que es su Patria —con lo cual España queda reducida a una condición de extraño e inútil

Luxemburgo parlamentario—, le daban escolta política el secretario general de Relaciones con las Cortes,

que no sé quién es ni lo dice el periódico que tengo delante de mí, pero que podría denominarse vice

Camuñas, dicho sea en honor de un exministro con sentido del humor y con bastante mayor capacidad de

elegancia que los políticos de hogaño, y los vicepresidentes Pujol, Pérez Crespo, amén de los secretarios

Martín Villa (Emilio) —¿hermanito?— y Puerta Giménez, a todos los cuales pido perdón por no

conocerles, ya que no soy para ellos ni familiar, ni amigo, ni cliente. Con nuestra recién estrenada

democracia me ocurre lo que con los mapas de África y Asia; quiero decir que, en cuanto me salgo de la

geografía y me meto en la política, me hago un lío y me pierdo como Li-vingstone, sin la más mínima

esperanza de que aparezca un Stanley diciendo;

— El señor García Serrano, supongo...

Lo que más siento es que eso mismo me va a pasar, de aquí a un año, con el mapa de España.

El señor Múgica Herzog —este segundo apellido es judío y era nada menos que el del señor Maurois, un

hebreo militarista y francés hasta la médula, lo cual me hace concebir la esperanza de que nuestro Múgica

escriba algún día «Los diálogos sobre el contramando», «Los silencios del coronel Beorlegui» (un héroe

vasco de grueso calibre) o la biografía de «El Generalísimo Franco» (equivalente a la que el académico

francés de su mismo apellido escribiera sobre Liautey, pongo por ejemplo)—, el señor Múgica Herzog

dijo algo tan pintoresco como que «las funciones que nuestra Constitución encomienda a las Fuerzas

Armadas..., son la defensa de la independencia y soberanía nacionales, defensa del orden institucional y

defensa de la integridad territorial de España».

Másemenos, esto es lo mismo que el Régimen anterior encomendaba, atado y bien atado, a las Fuerzas

Armadas; pero ya se encargaron los políticos al uso que no hay principios fundamentales en política, sino

la libre expresión de la voluntad popular. Todos los regímenes del mundo han encomendado siempre

idéntica tarea a sus Fuerzas Armadas, de modo que, acaso, anduviéramos hoy bajo los cónsules romanos

si los pueblos y los Ejércitos no hubieran tenido nada que decir. Me gustaría haber investigado cuántas de

las nueve constituciones que ha tenido España, desde la de 1812 hasta ésta, que todavía anda en pañales—

¡la décima!—, han sido impuestas o derribadas por el propio Ejército, generalmente a solicitud de los

políticos de turno, pero, la verdad, es la tarde de la Patraña, la estoy celebrando con holganza y gloriosas

lecturas, y no me apetece meterme en repasos matemáticos de historia. Quizá pudiera fiarme de la

memoria, pero no me agrada hacerlo en temas así.

Algo más raro me ha parecido que el señor Múgica Herzog se crea en la obligación de «establecer un

puente importante, tras los cuarenta años del sistema anterior, entre las Fuerzas Armadas y el pueblo

porque —dice el Pontífice euzkadiano, supremo Inquisidor parlamentario de la milicia—, se trata de que

el Ejército y el pueblo se comprendan y después se estimen para que nazca el afecto mutuo que debe

existir» . La verdad, que en estos cuarenta años el pueblo y el Ejército nos hemos llevado muy bien, y si

el Pontifex cree que jamás ha existido comprensión y afecto entre uno y otro, hay que suspenderlo en

Historia y declararle ignorante de lo que fue la zona nacional. Seguramente sus conocimientos arrancan

—bien directamente o por tradición oral o escrita— de lo que fue la zona rojo-separatista, donde hasta los

militares republicanos o bermellos eran perseguidos por lo que sus políticos llamaban pueblo. ¿O no ha

leído el Pontífice a don Manuel Azaña? Posiblemente, piense el señor Múgica Herzog en organizar

cursillos entre algunos baskos para que dejen de asesinar soldados, clases, oficiales y jefes del Ejército, o

prescindan de ese tic nervioso de quemar banderas nacionales, ya contagiado a otras regiones o futuras

nacionalidades.

También ha declarado a los periodistas que «las Fuerzas Armadas tienen salud democrática», lo cual, a mí

manera de ver, vulnera todas las normas de apoliticismo sabiamente dictadas por el señor Gutiérrez

Mellado. Si yo dijese que nuestras «Fuerzas Armadas gozan de una insolente salud autoritaria, o

totalitaria, o falangista, o camuñis-ta», probablemente iría a parar, con toda justicia, ante el Tribunal

correspondiente. La salud de las Fuerzas Armadas —y conste, lealmertte, que no es ésta mi concepción de

la función militar dentro de un Estdo moderno— no debe ser, justamente en una democracia, más salud

que la del hierro y el silencio. El Ejército debe volver al papel al que lo redujo la grande y ejemplar

democracia francesa, al del «gran mudo». ¡Y así le fue a la grande y ejemplar democracia francesa!

El hecho de que desde que De Gaulle se negó a obedecer a Petain —acto que a mí me pareció hermoso y

razonable por la misma razón que me n iego a aceptar la derrota hasta después de mi muerte— el «gran

mudo» haya hablado, incluso, con voces dispares, en la política francesa y la haya condicionado y la

condicione en gran parte, no desmiente la pureza democrática, según la cual el Ejército de una

democracia no tiene por qué ser democrático, sino solamente Ejército. Lo que desmiente el que Francia

sea una democracia.

No es hoy el día de comentar el tema —prefiero la lectura, las viejas canciones, los imborrables

recuerdos—, pero el mundo de la era ató mica camina hacia el cesarismo y serán los Ejércitos los que

impidan a los políticos la total destrucción del mundo, cuyos males —aunque anteriores a la fecha que

indico— se acentúan cuando el imbécil de Demóste-nestuvo la malhadada idea de echarse una piedrita en

la boca y comenzar a decir las mismas tonterías irremediables del famoso ministro de Regiones

Devastadas, por poner un ejemplo de moda pacificadora, convivente y reconciliante.

Rafael GARCÍA SERRANO

 

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