Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   La triste farándula     
 
 El Alcázar.    23/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

LA TRISTE FARÁNDULA

MADRID se ha quedado casi sin teatro y sin subteatro, es decir, sin la ultraprocacidad animada en los

cafés-teatro y otras subespecies del género. La huelga dictada por los centros del terrorismo intelectual

marxista ha sido seguida con indudable asiduidad. Nunca como en esta ocasión se ha puesto más en

evidencia la exactitud del diagnostico de ese libro excelente titulado «Los intelectuales de cha/se longue».

El suburbio seudointelectual ha lanzado un gemido colectivo sufrimiento de clase y ha decidido declarar

la huelga de gesto caído, que Interviú denominaría jornadas de orgasmo ideológico. Aunque el teatro,

cómo la política, haya quedado reducido a grosera y zafia exhibición pronográfica, salvo contadas

excepciones muy estimables, es lo cierto que estamos sin teatro, aunque pueda ser para bien. Pero no

importa mucho. La falta ha sido salvada merced a la democracia. No hemos tenido teatro convencional,

pero ha habido sesión plenaria de la Cámara de Diputados. El actual pleno ha vuelto a darle la razón a

Esperabé de Arteaga. La calidad es deleznable y la farsa demasiado evidente. Se produce con exactitud de

relojería lo que desde hace años advertíamos algunos desde la experiencia extranjera: el Parlamento es un

coro de títeres que interpreta con ajuste mecánico el papel encomendado por los oligarcas de la

partitocracia. No hay nada más triste ni más humillante para un demócrata de buena cepa que un

parlamentarismo como en el inventado para el período constituyente premarxista. Durante casi diez horas,

los forzados del voto han asistido adormilados a las pobres peroratas de sus portavoces. Es justo que esos

señores sean llamados precisamente portavoces en el actual estadio de la descomposición democrática. Es

acertado decir de cada uno de ellos que es el encargado de portar, de trasladar, de llevar una voz que no es

la suya. Se podría suponer que el portavoz es la voz del partido. Pero la contemplación del hemiciclo,

incluido el banco azul, demuestra a través de una teoría desternillante de rostros y miradas que muy pocos

de los sujetos allí sentados pueden ser portadores de verbo inteligible. Ellos saben que fueron creados

parlamenaríos para mirar en cada caso al jefe de fila y aplaudir cuando éste lo ordena, patear cuando lo

considera oportuno y votar sí o no, según se mande. Pese a parecer la cosa tan sencilla, la pequeña

historia de esta nueva experiencia parlamentaria española acusa no pocas torpezas infantiles de las

pintorescas sus señorías. De los forzados del voto es fácil saber por qué votan sí o no, ríen, soplan, se

encrespan, aplauden o dormitan, que es lo normal. Más difícil es acertar sobre las profundas razones de

comportamiento de los oligarcas de la partitocracia. He leído varias veces, por ejemplo, las intervenciones

del socialista multinacional señor Fernández Ordóñez en la inacabable sesión plenaria. que en su primer

tramo debía debatir los Presupuestos del Estado. Me he quedado sin saber a dónde quiere llevarnos el

ministro de Hacienda. Bien es cierto que el mayor mérito del señor Fernández Ordóñez consiste en que

nadie sepa de dónde viene ni hacia dónde va. El señor Fernández Ordóñez es uno de esos calvos que

tienen dos caras, según se le mire boca arriba o boca abajo, igual que aquel viejísimo anuncio de un

acreditado betún para los zapatos. Su justificación de unos Presupuestos Generales del Estado para 1978

absolutamente irreales ha resultado tosca y vulgar. ¿Pero acaso podía aguardarse otra cosa? Tampoco lo

merecía la audiencia ni la ocasión. El ministro de Hacienda subió al podio de la democracia partitotiránica

convencido de que allí sobraba todo y que la aprobación estaba garantizada. Y así ha sido. Las Cortes

verticalistas, que dirán los conversos, fueron un prodigio de eficacia legislativa autónoma, al lado de la

pedestre pasividad aprobatoria de este Parlamento, que sólo parece desperezarse cuando le echan la más

mísera carroña demagógica. En el actual Parlamento interesan mucho menos los problemas vitales de la

Nación y del Pueblo, que las ocasiones para arremeter torvamente contra las más serias y sufridas

instituciones que aún restan en pie al maltrecho Estado español. La AISS, como era previsible, se ha

convertido en el gran tema del supuesto debate parlamentario. Ya es significativo que ante unos

Presupuestos llenos de despropósitos, de excesos e insuficiencias de gran porte y de anacronismo, los

forzados del voto vayan a encandilarse, precisamente, con los dineros indispensables para la

supervivencia de unos miles de honrados funcionarios a quienes la estupidez, la ceguera y la cobardía de

ciertos políticos han dejado sin función, pese a que ésta era muy necesaria a millones de trabajadores que

se resisten a la inscripción obligatoria en unos sindicatos sometidos a servidumbre política, los cuales les

dejan en la estacada cada vez que conviene a los partidos padrinos. Pero acaso fuera necesario que

sucediera así, a fin de dar al Partido Comunista la ocasión de mentir de nuevo un rostro complaciente y

benefactor, a través del cual se presenta como defensor de unos funcionarios cuya indefensión provocó

previamente. La liquidación del aparato sindical y el aniquilamiento de su estructura humana fue una de

las condiciones que, según se dice. Carrillo impuso al señor Suárez desde un principio. Uno de los puntos

en que tampoco opondría resistencia el presidente del Gobierno durante las cuatro entrevistas que al

parecer celebró con Carrillo en el Pozo del Tío Raimundo, antes de que éste se quitara la peluca, fue

precisamente la de echar a la basura el sindicalismo fascista con todos sus hombres. Pese a que les

dejaron libre el campo, les rompieron desde el poder toda posible competencia y, además, les dieron

millones a esgalla desde el sindicalismo verticalista; ni Comisiones Obreras ni UGT han logrado

progresar seriamente en la confianza de los trabajadores. Es razonable, entonces, que el Gobierno dé

ocasión al PCE para que intente atraerse a los hombres de la AISS, en los que confía en última instancia,

para avanzar allí donde las estructuras profesionales del Partido se estrellan. En las Cortes se ha jugado

con la AISS a lo mismo que. en otro terreno electoralista, han intentado la Coordinadora comunista del

Campo y el Ministerio de Agricultura. En vísperas de la Nochebuena asistieron a otro denigrante

espectáculo como el montado en ocasión del caso Blanco. De nuevo las Fuerzas de Orden Público serán

puestas en el banquillo por las autodenominadas fuerzas democráticas, a costa del cumplimiento del deber

al servicio de la Patria en Málaga y Tenerife. Mientras tanto, los asesinos siguen sueltos. El

envilecimiento se adueña cada vez más profundamente del sistema, que yo llamaría «el régimen de los

hijos del Régimen».

Ismael MEDIANA

 

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