Autor: García Serrano, Rafael. 
   Donde, al final, aparece Boccaccio     
 
 El Alcázar.    16/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

DIETARIO

DONDE, AL FIN AL, APARECE BOCCACCIO

MIÉRCOLES, 14 DE DICIEMBRE. Por la noche conocí las certeras palabras del general de la VI Zona

de la Guardia Civil en el acto de entrega de un donativo a la viuda de un Guardia Civil, uno de tantos,

asesinado bellacamente. Evidentemente, no voy a comentar conceptos técnicos sobre el empleo táctico de

la Guardia Civil y la responsabilidad que alcanza al político que no sabe medir su utilización desde el área

de poder correspondiente. Mis conocimientos son tan nulos en esta materia que mis opiniones, aunque

corrieran el riesgo, lejanísimo, de ser certeras e inteligentes, se desvalorizarían por mi ignorancia

autoproclamada. Pero siquiera destacar aquellas palabras que se refieren a la expresión religiosa —oficial,

por supuesto— del dolor ante la muerte: «Y lo sentimos tanto como sintió la muerte de un joven en

Málaga el obispo de aquella diócesis, que tuvo la caridad de oficiar una misa ante el cuerpo sin vida del

infortunado, en el propio cementerio malagueño», decía el general Prieto, para concluir: «¿Dónde está el

señor obispo de Salamanca, expresamente invitado a este acto? No vemos un representante suyo ni hemos

recibido excusas a su ausencia. Esperemos que en su indudable caridad cristiana haga como lo hizo su

colega malagueño, oración eucarística por el alma de este muerto nuestro, Antonio Tejero Verdugo.»

Eso es hablar claro, si señor. Temía «Cándido», no sé si como tal o como Carlos Luis Alvarez, en uno de

sus últimos artículos, que la consolidación de dos posibles y grandes partidos únicos, el del mushascho de

Cebre-ros, y el del mushasscho Felipe (calculo que este último conformando una especie de Frente

Popular), iba a forzarnos a mirar de frente «el terrible rostro de nuestra Patria, el verdadero problema de

España» —la frase se me quedó dramáticamente grabada porque olía a 1936—; y aún comentaba,

finalmente, que a este problema, en definitiva el de las dos España, "Franco le había puesto una escayola

y que ahora resultaba claro que una escayola no era suficiente. Lo cual, también, es hablar claro. Pido

perdón a «Cándido» o a Carlos Luis, tan exacto y preciso, por mi vago-rosa cita, de la que no me siento

demasiado seguro, porque la confié a mi memoria, y si su razonamiento no respondiese sustancialmente a

lo que aquí escribo, la verdad es que hubiera sido necesario que alguien escribiese lo que yo atribuyo a mi

admirado colega, incluso para algo tan mínimo como darme ocasión de unir, a fin de expresar mi íntima

preocupación, las palabras de un general con las de un estupendo cronista. No fue mala la escayola de

Franco; lo que pasa es que duró poco —él la proyectó para más tiempo, pero fue traicionado en cuanto la

muerte le impidió firmar en el BOE, e incluso antes, según testimonio de cierto ilustre y veleidoso

historiador— y los primeros golpes sobre ella los dio parte de la Iglesia Católica española, no tanto a

cuenta del Vaticano II, como acaso de su mala conciencia respecto no tanto a su decisiva beligerancia

durante nuestra Guerra de Liberación, que ella misma calificó de Cruzada, como a su avidez de botín y a

su torpeza al no aprovechar con sentido moderno, ágil y abierto el campo de misión e influencia que les

cedió Franco. Personalmente, siempre he pensado que el Caudillo se pasó de generoso, no ya con la

Iglesia española, sino con la Universal. La nuestra, salvo maravillosas excepciones personales, se mostró

torpe, montaraz, caleta, y patinó abudantemente en la enseñanza, en la cultura, en su aproximación a la

juventud y en su tendencia clasista. Los jesuítas, por ejemplo, fueron los primeros en romper la unidad

interclasista en el Frente de Juventudes. Hace ya mucho tiempo que el Episcopado español, en su triste

mayoría, sirvió de cobertura a la subversión, generando una serie de incidentes sociales y diplomáticos de

mucha menor importancia que las tempestades desatadas en el alma de sus fieles. La acción de la ETA no

hubiera sido posible sin la ternura que jerarquías eclesiásticas baskas sintieron hacia la violencia de esa

subversión. Los muertos del lado de la subversión, en casi toda España, y aunque fuesen oficialmente

ateos, gozaron de concelebraciones numerosas, algunas de cartel de Beneficencia, y pobres y humildes

muertos de uniforme, soldados de España, y alcaldes amenazados, que se negaban a llevar pistola porque

tenían la conciencia tranquila y el rosario en el bolsillo de la chaqueta, encontraban soledad religiosa,

indiferencia, al menos, y, desde luego, el mínimo fasto posible a la hora de sus funerales Eran

de tercera los soldados y paisanos de España, y lo son. A la viuda de un policía, a las dos o tres semanas

de la muerte de su marido, le negaron sufragios por el difunto, diciendo, más o menos, «que ya estaba

bien de misas». Desde el pulpito, un cardenal alabó las virtudes de los ajusticiados y olvidó condolerse,

caritativamente, de sus víctimas, muertas o mutiladas. No hablemos del amparo prestado a la subversión

durante las ocupaciones de iglesias, ni de la placidez con que la Caritas Diocesana correspondiente acudía

en socorro —comidas, mantas, hasta televisores— de quienes, en más de una ocasión, profanaron el

sagrado recinto con acciones que todos recordamos. Conventos hubo convertidos en depósito de armas,

en cátedra de terrorismo, en convenciones marxistas o separatistas. La Iglesia —parte de ella, y, desde

luego, la mayoría de su episcopado— ha elegido partido, ha elegido su España. No la total España, sino

una de las dos que se configuran, que son las de siempre, y ha elegido, guiada por el demencial ejemplo

italiano, cuya política ha sido especialmente dirigida desde el Vaticano, la que aparece como vencedora.

En el fondo, nuestra Iglesia quiere mandar, es decir, lo que siempre ha hecho, desde Recaredo, por la

parte civil, hasta Tarancón, por la parte de la curia. (Salvo de esta acusación a venerables y santos obispos

y a muchos sacerdotes, muchísimos, la mayoría, verdaderos curas de almas, ejemplo de silencioso valor

cuando no de justa y arriesgada protesta, sin abandonar su condición esencialmente pacificadora.)

Me temo, sin embargo, que nuestros cónsules eclesiásticos pueden haberse equivocado al seleccionar su

bandería. Y no sé por qué he de temerlo, ya que a la hora de la victoria siempre sabrán colocarse al

amparo del vencedor. Lo hicieron, incluso, con la II República, cuyo cosmopolitismo masónico no supo

entender el gesto. Lo terrible es que, entre las dos Españas, nuestra Iglesia siempre se queda con una y no

hace nada por unir las dos. Eso, aquí, en España, no lo intentó más que un hombre en solitario: José

Antonio. Y como ya le parece a nuestra Iglesia (o a la parte más influyente de ella) que es un vencido,

desde hace algunos años hasta el funeral de cada aniversario le ha sido negado en más de un lugar. Y

después de la guerra lo intentó Franco. Y ya vemos lo que con Franco hizo y ha hecho la Convención

Episcopal. Como en el famoso cuento de Boccaccio, esto me demuestra, una vez más, que mi religión

católica es la verdadera. Sin entrar en otros detalles picantes, resumía, a su regreso de Roma, el judío

Abraham a su amigo Giannotto, católico: «Diríase que el sobrerano pontífice y los demás sacerdotes, a su

ejemplo, sólo buscan destruirla (ala Iglesia Católica), en vez de ser su sostén y sus defensores; empero

como veo que, a despecho de sus culpables esfuerzos para descreditarla y extinguirla, ella se difunde más

y más y florece de día en día, de ahí conluyo que es ta más verdadera, la más divina de todas, y que el

Espíritu Santo la protege visiblemente.» Dicho lo cual Abraham se bautizó. A ver si va a tener razón el

antifascista Gironella proponiendo que el Vaticano se traslade a Jerusalén, en pleno Estado de Israel. Uno

va haciéndose a la idea de que mejor que en Roma en cualquier parte.

 

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