Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   Los signos de la revolución     
 
 El Alcázar.    16/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Crónica de España

LOS SIGNOS DE LA REVOLUCIÓN

CADA nueva jornada nos llega más cargada de crespones agoreros. Es indudable que caminamos aprisa

hacia el frío. La dulzura engañosa del otoño democrático es barrida por continuos frentes borrascosos. Las

cuadernas de España gimen sin recato bajo los embates del temporal político. En esta noche entristecida

quisiera encender hogueras literarias de esperanza. O cuando menos, de menor desesperanza. Quisiera,

bien lo sabe Dios, jugar con las palabras, como otros hacen, en vez de amasar duramente ta crónica con la

harina áspera de los hechos. Quisiera poseer la buena fe o la heroica lealtad al compromiso pactado por el

vicepresidente del Gobierno para Asuntos Económicos. Pero no puedo. No puedo, pese al desesperado

esuerzo que me exijo para creer en el milagro. Por si fuera poco, ha sido un día de trasiego intenso y, por

consiguiente, deescucha de radio. A las tres y media de la tarde, un señor, cuyo nombre desconozco ha

leído uno de sus habituales y cursilones engendros, en los que no se sabe qué admirar más: si su

capacidad para enhebrar vaciedades o su irrecuperable incoherencia. Total, que ha concluido por

recomendarnos a todos los españoles que hagamos el amor con naturalidad y libertad. Me temo que a este

paso en eso termine el quehacer parlamentario. El aburrimiento y la falta de imaginación para superarlo

suelen concluir así, sobre poco más o menos. Al filo de la medianoche nos han ilustrado con los hallazgos

democráticos del nuevo rector de la Universidad de Barcelona. Este señor sabrá mucho de filología. Es

posible. Pero, puesto a decir tonterías sobre la Universidad y la política, resulta difícil que alguien le gane.

Para el nuevo señor rector de la Universidad de Barcelona, lo principal es seguir la lucha por la

democracia, pues los subalternos sólo pueden ahora participar en la elección dé rector y no en la regiduría

universitaria, programación de sus actividades, etcétera. Yo creía haber aprendido hace muchos años que

el contenido principal, o esencial, de la Universidad era formar, es decir, enseñar, en el más válido y

profundo concepto de la docencia. Después de escuchar al nuevo señor rector democrático de la

Universidad de Barcelona, he acabado de entender por qué la Universidad española es todo menos una

Universidad: plaza asamblearia, escenario mitines-co, laberinto burocrático, albergue de indigentes,

innominación de incapaces, etcétera. ¿A que no saben ustedes cuál es el sueño del señor rector en orden a

la encardinación Universidad-Generalidad? Pues que en la normal vida docente cada alumno se exprese

con naturalidad en su lengua materna, sin cortapisas, ni trabas, «igual que comenzó a hacerse en los años

treinta». El señor rector acaba de descubrir la Torre de Babel como objetivo de comportamiento

universitario. Para un filólogo puede ser una experiencia descomunal. Para la Universidad es un desatino

monumental. Otra perla radiofónica fue la entrevista que a las nueve y media hicieron un miembro del

PSP sobre la asamblea deportiva que ha inaugurado el Monarca. Con independencia de la proclividad de

RTVE a buscar casi siempre a socialistas y comunistas como interlocutores válidos, lo cual subraya la

verdadera entidad política de «Los Pactos de La Moncloa», ese señor nos ha permitido conocer hacia

dónde vamos. Nada vale ni es admisible, en efecto, si no está hecho y controlado por los partidos. Los

municipios, la cultura, la enseñanza, la técnica, el deporte, el arte, absolutamente todo debe ser

democrático, es decir, monopolio de los partidos. Y en último extremo, de los apéndices sindicales de los

partidos. Nada sin los partidos. Mejor dicho, nada sin los partidos democráticos. Lo que significa, todo

para los partidos del Frente Popular ampliado. ¿Será cierto que cada mañana, al comenzar la jornada,

todos los políticos y funcionarios del complejo palaciego de La Moncloa forman para gritar con fervor:

¡Alabí, alaba, alabí bom bam. Carrillo, Carrillo y Suárez además!? Esos son los visos. Aunque suene a

chunga, esa es la realidad política española. La democracia partitocrática encubre una realidad irrebatible,

que de alguna manera habrá de recoger la Constitución en una de sus próximas lecturas: «España se

constituye en Estado partitotiránico, bajo la forma política que convenga. Los partidos políticos

participantes en la liquidación del franquismo serán permitidos en tanto convenga al Partido Comunista y

a la grande Unión Soviética». Lo dicen ya hasta en Bruselas, que, según es fama comunitaria, suele ser el

último lugar de Europa donde se toma conciencia de la realidad. La crónica del corresponsal de ABC la

considero aleccionadora: El Gobierno Suárez —resumo— ha concedido al Partido Comunista una

importancia que no posee, lo cual suele conducir a que la adquiera. Los españoles, o un cierto número de

españoles, hace tiempo que nos habíamos dado cuenta de tan anómala situación. Esa anticipación nos

empuja más allá de una constatación archidenunciada. Nos preguntamos el por qué. Y también en ese

terreno hemos dado con insistencia una respuesta: el señor Suárez ha entregado España a un Frente

Popular ampliado, desde el que se procede con apremio a cumplir los trámites obligados de la revolución

marxista.

Ismael MEDINA

 

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