Autor: Izquierdo Ferigüela, Antonio. 
   Un saldo demoledor     
 
 El Alcázar.    28/11/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

UN SALDO DEMOLEDOR

MÍRESE por donde se quiera: nuestro puebla vive un proceso acelerado de autodestrucción. Diríase que

los llamados a remediar la situación —los políticros— parecen decididos a colaborar en la muerte física

de España con el talante de quien se inclinase en favor de un procedimiento de eutanasia para evitar

padecimientos. Se necesitaría una dosis incalculable de optimismo para entrever un halo de esperanza en

esta hora siniestra en que la frivolidad de unos y la astuta complicidad de otros va a darle el tiro de gracia

a una entidad que tras un lento proceso de integración obtuvo su unidad —y con su unidad su expansión y

su proyección en el mundo— hace casi cinco siglos. Si asistiésemos a un proceso revolucionario de

índole social, de usos y costumbres, de modos y entendimientos, la aceptación de los hechos no sería

cómplice: sería moralmente lícita y sólo quedarían marginados de ella quienes por pereza o cansancio,

por nostalgia o falta de imaginación se sientiesen incapacitados para aceptar el reto. No es esto lo que

ocurre en España, sin embargo. Camuflar un proceso de destrucción con un proceso de evolución es

injusto y hasta inútil. Hasta hace pocos meses, el aire juvenil y resuelto, con que el Gabinete de S.M.

afrontaba la reforma, podía ser defendido desde una contemplación más o menos generosa o evolucionada

de la sociedad. Esa visión no sirve cuando la ardiente realidad del yermo no admite ningún género de

dudas. Se vive un proceso análogo al que padeció España en los años treinta: ruptura de la unidad

nacional y predominio de las nacionalidades; influencia de las internacionales sobre la acción política

nacional; multiplicación de los partidos; desorden moral, social y económico; ruina y desesperanza. Pero

lo trágico —lo delirante— es que esta caprichosa aniquilación de la fecundidad en que se desarrollaron

las dos últimas décadas no es el resultado de una presión revolucionaría sobre el Poder, sino la aceptación

desde el Poder de unas previsiones revolucionarias adoptadas, tras muchos años de estudio y elaboración,

en Bucarest por el comunismo internacional. Los separatismos no son una quimérica amenaza, sino una

realidad promovida desde el Boletín Oficial del Estado, como la Generalidad. El fomento del marxismo

no es el resultado de una eclosión popular o de una conquista revolucionaría, sino el saldo que ofrece una

programación informativa —fomentada desde los medios oficiales— propensa al proselitismo antiespañol

y pro-marxista; el sentido católico y cristiano de la existencia, que fue motor esencial en gran parte de los

logros nacionales, se desmonta primero por el propio desinterés de la Jerarquía que, a última hora, parece

rasgarse las vestiduras ante un texto constitucional que ignora, adrede, aquel manantial tan característico

del espíritu común. ¿Se extrañan ahora? ¿Qué condena o voz de alarma se alzó cuando fueron expulsados

los Crucifijos de nuestras instituciones parlamentarias o cuando la pornografía lo invadió todo como

envoltura de otras mercancías políticas o cuando se convirtieron los templos en centros de agitación

revolucionaria?...

España es una ruina moral y material, aunque sobre los últimos rescoldos algunos patriotas hayan sentido

el coraje suficiente para reunirse en una plaza y proclamar una esperanza desde la evocación de dos

memorias inmarchitables. Es tan grave y extrema la situación que ese grito acaso haya quedado ahogado

por eh estrépito del derrumbamiento. Unos partidos proscriben la Bandera Nacional y nadie se siente

obligado a sancionar severamente tamaña felonía... Pero, ¿cómo podrían alzar sus voces contra el

atentado quienes han reconocido símbolos antinacionales o han sustituido el Escudo Nacional en los

pulcros salones parlamentarios de la nueva hora? La osadía de los dirigentes —Felipe González solicitó

que se tapase el símbolo del Estado como condición previa para acceder al hemiciclo de las Cortes— sólo

tiene como réplica aupar a los líderes hasta las más altas tribunas o los más refinados salones de la

negociación y el parlamentarismo; la próxima conferencia de Felipe González —dicen— será en el

CESEDEN. Me asalta la duda de si todos nosotros estamos equivocados y el justo destino de España era

éste: perecer bajo el paso triunfal de Carrillo y La Pasionaria, bajo el clamor de las nacionalidades que

erradican la bandera de todos —¡tantas veces teñida de sangre generosa!— para elevar otras, múltiples y

variopintas, a golpes de amnistías discriminadoras y del olvido lacerante de quienes hasta el último

minuto cometieron el error de ofrecer su vida para sostener la de España, como el comandante Imaz, en

Pamplona. No hay nada de superación ni de camino hacia el futuro: no se está abriendo una senda

transitable para la convivencia. Se ha iniciado la orgía de la desfachatez tribal y la melopea amenaza con

contaminarlo todo. Regresamos aceleradamente hacia las páginas más oscuras y desapacibles de la

historia mientras que al hombre de la calle se le deja en cueros, sin aliento espiritual porque ha creído en

algo que no existía y porque se le limitan los sentimientos espirituales en los que desarrolló la existencia a

través de generaciones y generaciones. No es que se proclame que España es laica: se redacta una

Constitución atea; se aniquila a la familia y se empobrecen las fuentes de riqueza mientras se ensanchan

los cauces de la protesta y la degradación. De aquella realidad pujante de los años sesenta va a quedar

muy poco; no va a quedar nada y hasta es probable que de aquí en adelante seamos reos de manifiesta

estupidez quienes aún alimentamos la fe católica y un viejo y entrañable amor a España. Esta es la obra,

como digo, de unos hombres mediocres, ambiciosos, indocumentados en algún caso. Pero, ¿dónde están

los otros?, ¿dónde están las voces serenas, las inteligencias lúcidas, las actitudes arrogantes, la

responsabilidad colectiva que afloró siempre en España cuando la pusieron en el atolladero? Es la hora de

tos incalificados y descalificados por su propia contextura, como diría Ortega; la hora del resentimiento y

de buscar, pase lo que pase, un adversario a quien ofender o humillar; la hora insólita de hallar el rayo de

sol que más calienta y acomodarse en él; la hora, en fin, de la denigración. Frente a esta orgía, ¿qué

vamos a hacer? Algo si podemos hacer quienes conservamos aún la sensibilidad necesaria para

diagnosticar, sin equívocos, el mal colectivo: organizamos colectivamente, civilizadamente,

inteligentemente. Vamos a renunciar a cualquier legítimo afán de protagonismo para ser de nuevo una

simple piedra en una colosal empresa de reconstrucción nacional. Pocos o muchos, no importa. Lo que

importa es que sepamos cuál es nuestro deber y que lo aceptemos con humildad y resignación si es que el

deber es duro o trágico. Un universitario, sin par, aseguró en tiempo de catástrofe, que «ser español era

una de las pocas cosas serías que se podía ser en el mundo». Pensaba, quizá, en Cortés y Fray Junípero de

Serra; en Cisneros y Cajal; en Eloy Gonzalo y Unamuno; en Fray Luis y Noval... Hagamos posible que

esto siga siendo así por encima de esta transición tabernaria, chalanera, sucia, viciada, absurda. De lo con-

trario a nuestros hijos se les dirá —y con razón— que ser español fue una de las cosas más estúpidas o

tristes que se pudo ser en el último cuarto del siglo XX, cuando la civilización cristiana y occidental fue

asaltada, por la espalda, desde la península Ibérica.

Antonio IZQUIERDO

 

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