Autor: J. L. R.. 
   Contrabando y contrasentido     
 
 ABC.    05/08/1959.  Página: 18. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

CONTRABANDO Y CONTRASENTIDO

A unos pasos, muy pocos, del verdaderamente Excelentísimo Ayuntamiento. En el más ancho remanso de utia calle hasta, entonces angosta, empedrada al uso de aquellas ciudadades en que la lluvia es, durante casi todo el año, complemento del maravilloso paisaje, y antes de que, ´a dos pasos del puerto, la pendiente se cambie en escalinata. Ante un bodegón típico, muy popular, en cuyo escaparate cuelgan los flecos de los pulpos y se curva el sospechoso brillo de las lampreas, donde se expende un vino de tierra adentro que deja teñida de púrpura la porcelana más blanca de lis tazones. Allí se alza todas las mañanas un pequeño mercado, con mucho de zoco. Tenderetes de tablas y lonas, con frutas y enormes hogazas de pan. Y quesos dorados, con el último retoque de un pesan que les da nombre.

Allí hay también oíros puestos en los que se amontona lo más dispar que llega por el mar de otras latitudes, y baja, Dios sabrá cómo, de los barcos que atracan dentro de la ría. Kilos de café, portugués envueltos en paquetes de celofán. Botellas de "whisky" escocés de las mejores marcas. Cigarrillos de Cuba, de Inglaterra, de Norteamérica. Delgados charutos de Bahia, más graciosos gite convincentes de fumar. Libras dé picadura del orondo Gener. Latas de pina tropical y de tímido caviar alemán. Jabones y barras de rojo de labios. Relojes de procedencias dudosa¿. Hierba mate de la, Argentina. Encendedores de diversas índoles, y sus piedras. Hojas de afeitar. Gomas de mascar hinchables... Todo lo que no suele ser muy fácil de- hallar en la meseta, si no es a precios excesivos, ofrecido por la- mitad o la, tercera parte de lo que por acá se paga, si se encuentra. Y todo a la vista, sin tapujos, sin complicidades, sin cabildeos.

Expuesto -en montones, vendido y comprado a las claras, sin asomó de delito o de clandestinidad. Sin misterio. Establecido, abierto, permitido. El lugar tiene hasta su nombre y de su popularidad da prueba la gente que acude a buscar allí lo que precisa o a comprar, sencillamente, lo que llama por los ojos a los otros sentidos. No hay que ocultarse para ello, ni que echarle teatro. Es un mercado abierto en el corazon mismo de la hermosa ciudad.

Si no se pregonan las mercancías es, sin duda, por no fatigar el acento. Si no hay rótulos luminosos es porque los tinglados se desmontan al atardecer.

Allí se despierta el deseo de comprar ante la relativa rareza del producto y´ lo mágico de su baratura. Es una plazoleta de una ciudad de España. Para llegar a ella no se exige pasaporte ni se requiere formalidad alguna. No hay quebraderos de conciencia que nublen la alegría del hallazgo o de su adquisición. No preocupa el por qué ni el cómo, ya que la. operación es tan meridiana como la de comprar POCO más arriba el diario local en un quiosco o una libra de ciruelas en el cajón inmediato. Lo que es ya. de España es de los españoles, y se acabó.

Pero no se acabé.

Pasados más de doscientos kilómetros, en tierras altas donde el verdor comienza a dejar de ser absoluto, porque así se anuncia la proximidad de Castilla, hay un lugar, cerca de lo que, paradójicamente, señala el mapa como Sierra Je Peñas Libres, donde irnos carabineros, demasiado activos o demasiado aburridos, obligan al coche a detenerse. De improviso los dos kilos de café (que en Madrid no se encuentra ni al doble de ese precio ni a ninguno) y el cartón de cigarrillos cubanos—bien parva compra porque las prisas de última hora no dieron ocasión de volver al mercadillo para un mayor acopio—resultaron contrabando. Contrabando, sin . paliativos. Delito, defraudación al Estado, que sequía siendo el mismo Estado de unas horas antes. Introducción ilícita. Crimen casi.

Inútil razonar con el carabinero. Hombre del sur, hecho al oficio tal ves en la raya de Portugal, en las riberas de Ayamonte o en el Campo de Gibraltar, no quiere creer lo que se le dice, que es la pura, verdad, porque le parece increíble, nada más. Otro, que conoce hasta por su nombre el lugar de origen, corrobora unas explicaciones que su celoso compañero, mientras saca y mira con curiosidad, y vuelve a guardar, repetidas veces, uno de los paquetes de cigarrillos del cartón, no consiente cti comprender, aunque las cosas sean.^ como son, fuera de la medida de la ´inteligencia, de la información o de la comprensión de un funcionario.

Si aquello es contrabando,- la culpa resultará- de otro cualquiera, mucho antes que del comprador, que no ha cruzado ninguna frontera, que no ha subido a, ningún barco, ni descendido a ninguna, cueva, secreta.

Que no ha andado con tapujos y ni siquiera ha bajado la vos para la transacción. Que ha comprado, a la luz del día, en una plaza pública, de una ciudad española aquello elegido en los ´montones que se ofrecen, como normal y corriente mercancía, dentro del territorio nacional, y que no hay rasan para que se convierta en fraude en un puesto cualquiera del mismo territorio.

El viajero, que en vano se esfuerza en repetir la, evidencia de un hecho del que no es responsable, sufre la molestia de un total registro da su equipaje, cuando desde el principio había dicho, honradamente, lo que llevaba, sin ocultamiento, en un asiento da su coche, y hasta la humillación de ver cómo se golpeaba el interior de las portezuelas del automóvil por si algo sonaba dentro a sospechoso, por si cu su inocente carrocería se hubiera dispuesto un hábil escondrijo. Hasta un sencillo aparato dentro de una caja de plástico, una pila con una lámpara, que se adapta a la frente para reparar de noche, en carretera, averías de-motor, y que se vende en Madrid con patente nacional, adquirió sospechas de receptor de radio.

Llega a temer que las rosquillas compradas en un puesto, en Ribadavia, constituyan contrabando en.Puebla de Sanabria, y hasta que la mosca tenas que buscó asilo en el interior del coche, huida de un bar de Verín que combate la, superabundancia de la,, especie cubriendo el mostrador de polvos venenosos, sea una importación ilegal en algún pueblo de. Castilla, donde la- producción local cumple la tarea de abastecer generosamente las necesidades de la población.

Cualquier temor asalta ya, cuando el tiempo perdido por la, detenida -requisa retrasa el horario previsto para un largo viaje y cuando le discusión larga, a base de los mismos, únicos, razonamientos rebaja, la, moral del más templado. Todo se arregla, al fin; pero es después de todo. El carabinero deja en su sitio, por última vez, la manoseada caj~ tilla. Una tardía comprensión, tras una larga demora y un revolver maletas, permite continuar camino arriba, gracias, más que nada, a que la carga ilegal es insignificante, y ello con aire de condescendencia. Un paquete^ más de café, ya lo advirtió el agente fiscal, hubiera sido el acta, el decomiso, el expediente, la sanción. Tal ves, la cárcel infamante. O la muerte civil.

Lo que se compra, porque se autoriza a vender, a las claras, en un lugar da España, no puede constituir delito cinco horas más tarde. Esto, cu buena ley. En mala ley, claro, el margen es mucho más amplio para la, arbitrariedad en los arbitros, para, la diversidad en los procedimientos, con no escasas molestias y hasta posibles perjuicios, para el unico inocente de un desordenado sistema.

Luego, al llegar a Madrid, los mismos cigarrillos que en un cartón constituyen flagrante delito en un lugar de Orense, do cuyo nombre no puedo acordarme—¿Fumaces? ¿San ´´Cristóbal?—, los venden abiertamente, expuestos a la luz en un cajetín, en cualquier esquina de la calle de Sevilla, sin ir más lejos, esos benéficos seres que cumplen con la obra de misericordia de dar de fumar al fumados la labor que éste,por su determinada afición, quiere consumir como señor de sus humos.

Allá las tolerancias, que en eso ni entramos ni salimos, si no es para, bendecirlas. Pero si en el comprar, en su momento, no, hay engaño, el sentido de ser uniforme, no acá o allá distinto y al mejor o peor juicio de cualquier vigilante que mira con recelo obstinado unas sustancias tan volátiles como el café y el tabaco., limpiamente adquiridas y transportadas en cantidad que, a, poco adepto que se sea de ambos excitantes, no cubren más allá de dos semanas el consumo de una familia o de itn fumador dadivoso.—J.

L. R.

 

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