Autor: Ramírez, Eulogio. 
   Convivencia con el comunismo     
 
 El Alcázar.    26/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

CONVIVENCIA CON EL COMUNISMO

Para mí está claro: todo ciudadano que estime que el comunismo es malo, que es, como decía Pío XI,

«intrínsecamente perverso», debe no sólo dejar de presentarlo y propagarlo, sino atajarlo y aún

combatirlo. Y, por el contrario, todo aquél que encuentre que el comunismo es bueno debe promoverlo y

afiliarse a él. Esta verdad que es obvia en el plano teórico o lógico es obligante en el orden práctico,

mientras la conciencia moral sea el juicio próximo-práctico de nuestra inteligencia, y nuestra moral

reflejo de nuestra razón, asistida o no por la fe. Y no hay transacciones, ni contemporizaciones, ni

convivencias posibles con el comunismo, mientras entendemos que el comunismo es malo. Así lo

entendían los prelados lombardos cuando estaban presididos por el arzobispo J.B. Montini (hoy Pablo

VI), quejándose de la debilidad del anticomunismo de sus feligreses. Sin embargo, Jaime Campmany, en

«Informaciones», asume el absurdo, inconsecuente oficio de inquisidor de los inquisidores del

comunismo y de sus presentadores en sociedad a quienes Trotski denominaba «tontos útiles». Está claro

que si resulta hoy censurable el oficio de inquisidor, «a fortiori» lo será el de Campmany, inquisidor de

inquisidores. Campmany censura, en efecto, a aquellos que tienen el derecho de censurar en público a un

hombre público, por un acto público: el de manifestarse anticomunista al tiempo que se consuma un acto

pro-comunista espontáneamente como prueba de credibilidad democrática o de reconciliación: el de

presentar a Santiago Carrillo, para que exponga la mercancía del euro-comunismo a los oyentes del club

Siglo XXI. Campmany no se queda en inquisidor de tos que no digieren tamaña inconsecuencia, sino que

trata de cohonestarla, en nombre de ´ la convivencia. Pero, claro está, la convivencia con Carrillo y con el

comunismo, en modo alguno nos obliga a facilitar o promover el advenimiento a España de un régimen

comunista y el ascenso de Carrillo a la Presidencia del Estado o del Gobierno, secreta aspiración del

dirigente máximo del PC Español. La convivencia y la caridad pueden obligarnos a dialogar y a cooperar

civil y profesionalmente con nuestros conciudadanos comunistas, pero no nos obligan a servir

objetivamente los fines de una ideología, como la marxista, que es intrínsecamente perversa en teoría y en

su praxis conocidas: ni la caridad ni la convivencia nos obligan a coadyuvar con el mal, antes al contrario.

Pero el problema suscitado por esta peripecia no es tan superficial y baladí como cree Campmany. Si bien

se considera, el problema que plantea a un ciudadano que tenga fe cristiana, la mera coexistencia con un

conciudadano que tenga fe marxista o fe liberal, consiste en dilucidar cómo es, en último término, cómo

ha de organizarse esa convivencia desde los Poderes legislativo, ejecutivo, judicial, informativo,

educativo, económico, militar, etc., si conforme a los principios y dogmas de la fe liberal, conforme a los

postulados y praxis de la fe marxista, o conforme a los artículos y preceptos de la fe católica; es decir,

cómo pueden cooperar al hacer un periódico o una Ley o un programa de gobierno o una labor educativa

o una programación empresarial, un liberal, un católico y un comunista, etc., etc. Y el caso es que cada

uno de los tres creyentes en estas tres fes incompatibles se dice para su coleto o manifiesta públicamente:

que toleren ellos; que se impongan mis reglas políticas de juego. Alguien, en efecto, tiene que tolerar el

que no se organice la convivencia como él prefiere, a fin de que se organice la convivencia como prefiere

alguno de los otros. Pero sucede que el único que no puede ser tolerante, transigente, claudicante (objetiva

y subjetivamente), el único que no puede renegar de su fe es el católico. En virtud de su fe, el católico

tiene hecho un pacto o compromiso con Dios, de acuerdo con el cual el católico se compromete a vivir

privada y públicamente como Dios manda. En cambio, ni el liberal ni el marxista se sienten obligados

moralmente, por nada ni por nadie. El marxista puede tomarse táctica, circunstancialmente liberal y el

liberal puede devenir episódicamente marxista o claudicar ante el marxismo, ya por razones pragmáticas,

ya por razones electorales, como pueden entrambos transigir con el católico, por razones civiles, de

convivencia. Así pues, como por razones de principio, el católico no puede renegar ni transigir, es a los

liberales y a los marxistas y socialistas y agnósticos a quienes corresponde el transigir, el ser tolerantes,

por civismo, como quieran convivir con los católicos. Como San Pablo, escribiendo a los corintios, el

católico que profundice en su fe ha de preguntarse: «¿Qué comunidad puede haber entre el fiel y el infiel,

entre Cristo y Belial?» Y el católico consecuente que no quiera retirarse al «ghetto» no encuentra otra

respuesta que la siguiente: entre un católico y un infiel no puede haber otra comunidad o posibilidad de

convivencia que la facultada por un Estado confesionalmente católico, único Estado en que el católico

puede vivir católicamente, en un régimen de libertad religiosa. En el Estado católico viven los liberales y

los marxistas con más libertad que los católicos en un régimen liberal o marxista. Subjetiva y

objetivamente, considerado el conjunto de las tres familias (católica, liberal y marxista), el mejor de los

tres Estados posibles es el Estado católico. Por eso debe defender a toda costa el católico la organización

de la convivencia civil según la concepción católica.

Eulogio RAMÍREZ

 

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