Autor: Palomino Giménez, Angel. 
   Esos cuarenta años     
 
 El Alcázar.    26/11/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

ESOS CUARENTA AÑOS

Cuarenta años. Son los que vienen manejando para entendemos y, so-bre todo, para confundirnos. Ahí

están, con algunas evidencias que nadie puede negar. La primera evidencia es la guerra, de la que no haré

comentario: Sólo el pequeño detalle de que Franco la ganó y los otros la perdieron. Después, una larga

paz. Soy español de a pie, de los que se trabajan el pan de cada día. Si tomamos el automóvil como

medida de situación, españoles de a pie somos la gran España de los que no tienen coche oficial ni coche

por cuenta de la empresa ni coche de importación; somos españoles de a pie quienes vivimos de nuestro

trabajo sin acumular riquezas, contentándonos con procurar bienestar, coche y seguridad a nuestra

familia; españoles de a pie son desde el fontanero al médico, desde el ebanista al escultor, al catedrático,

al director de empresa, al mismo empresario medio, al empleado del Estado, que también es español de a

pie cuando vive de un sueldo oficial por su condición de funcionario y no por pertenecer a un

determinado grupo de políticos que trabajan a favor de su partido, por cuenta del Estado, desde el sillón

dorado del cargo-recompensa. No trato de hacer estimaciones éticas respecto a los españoles de a pie;

sólo intento dar la medida de mi modesta condición de miembro independiente de la clase media, con

civilizado respeto para quienes tengan un Mercedes, un palacio en Puerta de Hierro, un yate en Marbella

y una renta anual de varios millones qué —mientras no se demuestre lo contrario— considero siempre

legítimamente adquirida y, por lo tanto, inatacable y hasta sagrada. A mitos ricos, en general, me caen

muy bien, aunque los frecuento poco, quizá porque no soy escritor de izquierdas ni catedrático del PC; los

ricos son gente agradable y es corriente verlos trabajar como descosidos porque la riqueza, inestable y

vertediza como el agua, se escapa por cualquier coladero; los ricos, además, se esfuerzan en ser

simpáticos y atractivos, como deseando hacerse perdonar los millones. Así, pues, soy uno de tantos

millones de españoles que podemos opinar desapasionadamente sobre la España que hemos vivido sin el

condicionamiento que supone el que un determinado régimen o un determinado gobierno pueda hacernos

o nos hizo privilegiados, o pueda arrebatamos o nos arrebató algún privilegio. Franco ni me hizo ministro,

ni me expulsó de una cátedra, ni me concedió licencias de importación ni me sentó a su masa. Soy testigo

suyo. Somos testigos dé aquella España ruinosa y miserable de 1936, de 194O. Somos testigos de algo

que los políticos y economistas extranjeros llamaron «milagro español» y que consistió en hacer de la

España polvorienta y alpargatera la novena potencia industrial del mundo, la cuarta en producción de

cemento, la tercera en construcción de barcos, la primera potencia turística, la nación de más rápido

crecimiento económico de Europa. Ya sé que todo esto es puro metal, materialismo y sudor, coca-cola y

alienación. No faltará quien responda que ese progreso material se ha conseguido a costa de la libertad de

los españoles, que así es muy fácil, que con un sable en la mano cualquiera hace milagros económicos,

que mientras se conseguía esta adormecedora prosperidad, millones de españoles vivían como cristiano

en catacumba. Pues bueno: durante la feroz dictadura, don Felipe González pudo organizar un partido

socialista que por poco no fue número uno en las elecciones a Cortes dieciocho meses más tarde. Un

partido tan asistido de hinchas fue creado y se extendió por aquella España policíaca y represiva sin que

don Felipe González pisase la cárcel una sola vez. De lo que me alegro mucho; me alegro más que él,

quizá. Otros hombres importantes de la Oposición, antifranquistas probados, hoy ministros, presidentes

de cámaras, líderes departidos, partidillos y selecciones nacionales da talentos a la brasa, perseguidisimos

por fa feroz dictadura, escribieron libros, publicaron críticas durísimas, conspiraron, cobraron sueldos del

Estado, ocuparon cátedras, crearon bancos y sociedades anónimas, defraudaron al fisco y algunos,

muchos, se hicieron de oro —honradamente, no lo dudo— sin que el dictador quebrase la evidente y hasta

escandalosa prosperidad de disidentes, antagonistas, incompatibles y adversarios tan ilustres, tan valerosa

y fieramente instalados en sus fastuosos despachos, tan aguerridamente caminando por el sendero de

rosas de un régimen que para ellos fue rico caladero capitalista—ahora, merced al cambio, ya fin de que

parezca otra cosa lo llaman economía de libre mercado— mientras, quizá, recitaban aquello de «oigo

Patria tu aflicción», conmovidos por el desespero del Pueblo sacrificado. Pero hay más: hay como un

florecer a porrillo de señores que,— ahora nos estamos enterando— desde posiciones abiertamente

antifranquistas fueron procuradores, gobernadores, directores generales y hasta ministros de Franco. En

aquel ambiente de opresión, de terror, los liberales enemigos del régimen, participaban en el gobierno, en

la administración, en la cátedra, en las finanzas, en la legislatura, en la industria estatal—el INI, Dios lo

sabe, fue siempre generoso— en los colegios profesionales, en los circuitos espirituales, y, lo que es más

chocante, en aquellos puestos" para cuyo desempeño había que arrodillarse previamente—ante la distante

mirada de Franco— y jurar sobre los Evangelios determinadas fidelidades que a estos jurantes debieron

parecerle encantadoramente democráticas y hasta antifranquistas. Son éstos quienes con mayor severidad

manifiestan su condena de los cuarenta años en un descarado intento de confundir a los españoles de a

pie, de hacemos olvidar lo que de positivo y de digno hubo en aquella España que fuimos; intentan

arrebatar a la Historia nuestra gratitud, impedir nuestros recuerdos, hacernos desistir de nuestro

testimonio y, de paso, se salen del tiempo que han vivido, se colocan aparte, se sitúan en el nuevo

esquema, con el propósito y la esperanza de asegurarse otros cuarenta años de lo mismo.

Ángel PALOMINO

 

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