Autor: García Serrano, Rafael. 
   Crónica imaginaria del domingo pasado     
 
 El Alcázar.    26/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 20. 

DIETARIO PERSONAL

CRÓNICA IMAGINARIA DEL DOMINGO PASADO

VIERNES, 25 DE NOVIEMBRE. (Recibo una divertida e inteligente carta de una lectora, Ana Jiménez,

y entre otras cosas me cuenta: Cambio 16 dice que los reunidos en la plaza del Caudillo pedimos su

resurrección... ¿Te imaginas lo que hubiera sido si Dios, en un rasgo de humor, así lo hubiera hecho?

Dedico a Ana Jiménez la pequeña crónica del acontecimiento, pero la verdad es que con semejante tema

podría escribirse una novela.) Nadie ha conseguido ponerse de acuerdo sobre cómo ocurrió el hecho, pero

lo cierto es que ocurrió. Parece que se aclaró el cielo por la parte de la Casa de Campo y que un rayo de

sol, como un foco, marcó un itinerario luminoso que desde Gara-bitas avanzó velozmente hacia Bailen,

por la parte de las antiguas Caballerizas, donde se resolvió la misteriosa luz en un pequeño grupo: un

hombre de uniforme militar, a caballo, y cuatro soldados de a pie que le acompañaban: un falangista, un

roquete, un pipi de infantería y un legionario. También se veía a un aviador y a un marinero. Marchaban

hacia Palacio y la multitud se abría a su paso como el famoso mar Rojo ante el avance de los israelitas.

Fue un contable del INI el primero que se dio cuenta de que aquello tenía un significado:

—Mira —advirtió a su hijo—, por allí va una comparsa disfrazada de Franco y de sus soldados.

Pero la gente que estaba en las orillas de Bailen se apercibió inmediatamente de que aquel era el Franco

del año 1945, el del día del Desfile de la Victoria, 1 de abril, cuando montó a caballo porque ié iban a

matar comandos extranjeros o comandos indígenas al servicio del extranjero, y revisto la tropa para dar

facilidades en compañía de Asensio, ministro del Ejército, y de Muñoz Grandes, capitán general de la

Primera. Y aquel Franco estaba vivo y tenía cincuenta y tres años. En un par de segundos resucitaron los

viejos gritos, los que tantas veces aludieron a sus ríñones, y para cuando Franco apareció en el balcón de

Palacio ya estaban todos los demás balcones llenos de gente en uniforme de Falange, en uniforme

diplomático, en uniforme de cardenales y obispos, o con los fraques repletos de pequeñas

condecoraciones además de las bandas de colores. Nadie corre más que los políticos ansiosos de poder y

es una pena que no practiquen el atletismo. Con sus medallas de oro no importaría nada ni el oro de la

URSS ni el tesoro de «El Vita». Un helicóptero se posó en el Campo del Moro. Martín Villa telefoneaba

al presidente:

—Adolfo, que por mi madre te juro que es verdad, que ya sabes que esta gente cree en el milagro y no

hay nada peor que eso. Que no nos ha dado tiempo a acabar con la fe y ahora lo pagamos...

—Mira, Rodolfo, yo soy escéptico en materia de milagritos, de modo que déjate de bromas.

Pero cuando vio que Rafael Ansón aparecía en la gran pantalla acompañado de Ricardo de la Cierva

dando vivas a Franco y a la unidad de España, comenzó a buscar su guerrera blanca de secretario general

y sus condecoraciones más falangistas, y para las doce cuarenta y cinco ya estaba en el balcón

presidencial, un par de minutos más tarde que Martín Villa, que enardecía de júbilo cantando el Himno

Sindical y el «Corazón Santo» —por si acaso— acompañado por una orquesta de pulso y púa dirigida por

el presidente de las Cortes, señor Hernández Gil, que enarbolando un gigantesco crucifijo gritaba ¡Viva

Cristo Rey! de manera tan descompuesta e inarmónica que tuvo que llamarle la atención desde la calle, de

una certera pedrada, don Mariano Sánchez Covisa:

—¡No te pases, macho! —vino a aconsejarle paternalmente entre voces y señas.

Don Leopoldo Calvo Sotelo apareció en la puerta de Palacio con un retrato de su pariente el Protomártir y

otro de su suegro, a quienes algunos maliciosos llamaban el Protosordo. Oreja no encontró su uniforme de

consejero nacional por Guipúzcoa —el hombrecillo no recordaba que lo había regalado al hijo de un

asalariado de la Unión Cerrajera que iba a hacer la primera comunión— y se arregló pidiéndole a un

amigo falangista el uniforme de flecha de su hijo. La guardia no le dejó pasar hasta que dijo que llevaba

un ramo de flores en nombre de los pequeñuelos del Distrito de Palacio y a la vista de su pantalón corto,

de sus muslos escocidos aliviados por el talco y de su mirada inocente, le autorizaron a subir al balcón

acompañado por un levitón del Colegio del Pilar, que siempre son bien vistos, lo mismo en la Monarquía,

que en la República, que en el Imperio, que en la Democracia, que en la Anarquía. A Luis Calvo le entró

un ataque de risa y gritaba: «¡Que-vedo, uno, Quevedo, grande, Quevedo, libre!» Alvarez de Miranda

rezaba un rosario cada cinco segundos en la Almudena y Joaquín Ruiz Jiménez había entrado en

(evitación en el cruce de Ortega y Gasset con Marqués de Riscal, mientras clamaba al cielo: «¡Gracias,

Señor, gracias. Señor; ahora sí que vamos a mandar los demócratas cristianos y no con esta mierda de

elecciones de Suárez!» Lalo Azcona recordaba sonriente a sus oyentes que él, antes que Azcona, se

apellidaba Arriba, y que en la Plaza de Oriente había diez millones de personas, y Fontán, presidente del

Senado, se daba de disciplinazos delante de López Rodó, clamando: «¡Tú me entiendes, Laureano,

camarade!», mientras Laureano se disponía a marchar a Groenlandia, que es un lugar donde a nadie se le

ocurre que pueda estar nadie. Se ordenaba restablecer la boina roja en las unidades de algún Regimiento.

El ministro de la presidencia telefoneaba al BOE para que se procediese a quemar toda la colección a

partir del 20 de noviembre de 1975. Las rotativas de Ya, perfumadas de incienso, se disponían al número

extraordinario. Informaciones estaba a punto de sacarlo a la calle: «Franco en Madrid», titulaba, y debajo:

«Para esta tarde se espera a Hitler en Bonn». Pablo VI, en los jardines del Vaticano, recitaba lo de «to be

or not to be». Breznev comentaba: «Este truco ya lo empleó en cierto modo Carlos I de España y V de

Alemania, pero con menos medios» y Salvador de Madariaga declaraba a la AP : «De nosotros, los

gallegos, puede esperarse todo». Tarancón, en primera fila de balcón, pensaba: «Esta tarde le llamó al

señor Arburúa para que me diga qué tal va el último modelo del Mercedes.» En su casa de Madrid un

joven aspirante a subsecretario le decía a su mujer: «Anda, saca la camisa azul que me guardaste hace

años». Y recogiendo un hermoso artículo que acababa de re-fritar de uno de treinta y pico de edad, se

disponía a ocupar Arriba, escribírselo él sólito y poner en la calle un extra para las seis de la tarde. Pero el

edificio «Arriba» aparecía con las ventanas encendidas, como en Navidad, y en lugar de verse una cruz,

se veía un esquemático emblema falangista a favor del mediodía gris y lluvioso. De modo que el joven

aspirante a subsecretario se fue camino de Hoja del Lunes, no fuera que alguien le quitase el sitio.

A todo esto Franco.no había comenzado a hablar.

Un ministro de los actuales le dijo a otro:

—Esta es la ocasión de cargarnos EL ALCÁZAR...

—¡Hombre!... —le respondió el otro así como extrañado.

—En algún editorial han llegado a decir los muy lenguaraces que la obra de Franco era perfectible...

—¡Hombre! —volvió a exclamar el otro, pero ya con distinto tono, como cuando Talleyrand sintonizaba

con Fouché para hacer una buena cabronada, a un tercero.

Y los dos se pusieron a gritar: Franco, Franco, Franco, y hasta iniciaron el cántico sindical que dice:

«¡Viva, viva la revolución, viva, viva Falange de las JONS!»..

En la puerta del Palacio del Pardo, los padres, hermanos, hijos y amigos de tenis del joven presidente y de

los jóvenes ministros esperaban con ramos de flores —rosas en general— y con las tres banderitas

hermanas, la rojigualda, la rojinegra y la rojiblanca, el regreso del Caudillo. Mientras tanto cantaban

«Montañas nevadas», «Si te preguntan alto quien vive» y «Falangista soy». A paso ligero entraba por la

antigua puerta de la Guardia Mora un pelotón rojo y púrpura.

—¡Anda la leche! —dijo un ordenanza— ahí se nos viene encima la Conferencia Episcopal...

Rafael GARCÍA SERRANO

 

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