Autor: García Serrano, Rafael. 
   El Heroe y el gracioso     
 
 El Alcázar.     Páginas: 1. Párrafos: 6. 

EL HÉROE Y EL GRACIOSO

MARTES, 29 DE NOVIEMBRE. Ya es grave que a estas alturas el presidente Suárez no haya intentado

renovar la confianza recibida de Su Majestad. El hombre se siente, indudablemente, seguro con su Obra

Bien Hecha, y como lo de la Obra Bien Hecha suena a fascista desde los tiempos del olvidado don

Eugenio d´Ors, acaso se siente satisfecho de su mano izquierda, que no solamente ignora lo que hace su

derecha, sino que también desconoce los movimientos de sus pies, que son dos, el izquierdo y el derecho.

Objetivamente he de reconocer que la desastrosa y, por desdicha, ensangrentada labor del presidente

Suárez, el cual, a poco que continúe en ta Moncloa conseguirá que los cuadros de mando de las Fuerzas

de Orden Público sean quitados gracias a su espléndida tarea de reconciliación nacional, se ve

considerablemente aliviada por el buen trabajo que desarrola en pista su inefable ministro de Asuntos

Exteriores. España es teatral por esencia —y esa es una de las razones por las que en RTVE no vemos

jamás teatro, y si lo vemos, las funciones son de Ibsen, un anticuado pelmazo, o el pesado de Eurípides,

que quedaría mucho más claro y entrenenido en versión original con subtítulos de Tono—, y el alma

dramática española necesita del héroe y del gracioso, porque, al igual que nuestra comedia barroca, que

«cultiva, sobre todo, la mezcla de sentimientos, busca el equilibrio entre lo trágico y lo cómico, compensa

al héroe con el gracioso», según decía Pfandl en mis tiempos universitarios. Lo que ignoro es si el origen

muniqués de Ludwing Pfandl, y sus hipotéticas vinculaciones al nazismo, pudieran invalidar esta cita con

la que trato de honrar, por igual, al héroe de la Moncloa y al gracioso de Viana. Menos mal que, forzado

por su papel, nuestro ministro de Asuntos Exteriores deja los temas saharauis en manos de doña Dolores

Calvet, del PSUC, o del señor Massip, presidente de la organización de «Amigos del Sahara»; los graves

problemas de Europa en las balbucientes gestiones del señor Alvarez Miranda o, alternativamente, en las

de su tándem senatorial, el señor Fontán, más viajado por razones religiosas, y parece que, por fin,

abandona las expediciones desde Alaska a la Florida a los intrépidos exploradores Carrillo y González.

En el problema de Navarra, pongo por ejemplo, el señor Oreja no tiene que tocar pelota, por muy

guipuzcoano que. sea. Y eso es lo que me da miedo, porque entonces el que va a saltar a la cancha es el

héroe señor Suárez, el cual, con su tendencia dramatizadora —de desdramatizar suelen encargarse

algunos de sus más célebres peones de confianza— puede envenenar el tema del viejo Reino hasta

extremos graves. Si mis noticias no son falsas, el señor Suárez, encastillado en su lujoso bunker de la

Moncloa, ha cometido la descortesía —en este caso superior a un error político— de no recibir

últimamente a la Diputación Forat de Navarra. Sus propios diputados de UCD —conozco fas graves

palabras que alguno de ellos pronunció en el Palace— no se mostraban demasiado conformes con la

actitud de su jefe, antes, incluso, del vil asesinato del comandante Imaz. Convendría que el señor Suárez,

aunque fuese auscultando el pecho de Navarra desde su refugio de la Moncloa, comprobase la presión

nacional y antieuzkadiana del Reino, antes de dar un paso en falso en torno al número de provincias que

ha de comprender el proyecto preautonómico que se trae entre manos y pies en su irresistible pasión por

deshacer España y tornarla a los cantones y las taifas, nadie sabe bien por qué. Evite en la manera posible,

y con discreción que no cause disgustos, la menor consulta a su ministro de Regiones (ya le llaman al

señor Clavero Arévalo el ministro de las Regiones Devastadas), cuya ignorancia en semejante materia es

solamente equiparable a la de nuestro Metternich para andar por casa, en cuanto a relaciones exteriores se

refiere, de las cuales solamente domina el baile y para eso solamente dos piezas: «El Danubio Azul» y la

«Mutildantza». Ahora ha comenzado con «Angelitos negros», pero no sé si la crisis que viene, por las

buenas o por las malas, le va a dar tiempo. Ojo con Navarra, señor Suárez. Cualquier equivocación en

este sentido puede causar la muerte política del artista. Lo advierto lealmente porque aunque me meta con

ella, la verdad es que la democracia me da mucha risa y lo paso muy bien con sus peripecias y no quisiera

que se me acabase tan pronto y de cara al tiempo frío, que es tan incómodo para tantas actividades. No

juegue al héroe, ni menos al gracioso. Sea nada más galán e incline su cabeza ante la firme voluntad de

una vieja dama con una laureada y más de cinco mil medallas de sufrimiento sobre su pecho.

Rafael GARCÍA SERRANO

 

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