Autor: Galinsoga de la Serna, Luis (SIUL) / (LUIS DE CARTAGENA). 
   Conciencia de mártir en Calvo Sotelo     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 4. 

CONCIENCIA DE MÁRTIR EN CALVO SOTELO

•Hoy se cumplen veinticuatro años del asesinato de José Calvo Sotelo. cuya memoria es para todos nosotros imborrable, y esta definitivamente grabada, con letras de oro, en la Historia de España. Calvo Sotelo solía visitar nuestra Redacción todas las noches de aquellas tragicas jornadas de julio que precedieron al 18. Era director de A. B. C don Luis de Galinsoga, que siguió síendolo hasta el 20 de julio, fecha, en la que se apoderaron de nuestra Casa las hordas rojas. El protomartir de la Cruzada pasaba largas horas en su despacho, y luc el día 11 de julio, antevíspera del crimen, cuando, por ultima vez, presintiendo impávidamente la muerte,"Calvo Sotelo estuvo en A B C con Galinsoga. He aquí el homenaje que este ilustre periodista le rinde a los veinticuatro años de! marlirio.

RETREPADOS en una inconsciencia celtibérica, las gentes tomabar alegremente su horchata o su cerveza en las terrazas de los cafés madrileños. No sabían que un rnes más tarde el cincuenta o el sesenta por ciento de aquellos estómagos qué recibían el bálsamo grato de unos refrigerios se hallarían acribillados a balazos en las checas o en los descampados del paisaje velazqueño. Las terrazas de los cafés y bares madrileños—naturalmente que también las de Barcelona, Sevilla, Valencia, La Coruña, etc.—eran, en efecto, el lugar geométrico de esa insensatez precursora de los grandes terrores multitudinarios. Si muchos otros síntomas no nos lo hubieran advertido, habríamos podido columbrar que nos hallábamos en vísperas de tragedia, a juzgar por aquella ola, mezcla de terror, de indiferencia, de desánimo y de escepticismo que envolvía a España. Entretanto, un hombre, todo un hombre, cargaba sobre sus anchas espaldas la angustia y la preocupación colectivas. Dijérase que conjuraba sobre sí, mientras sus brazos apocalípticos batían el trémulo aire en el hemiciclo del Congreso de los Diputados; el rayo que estaba a punto de estallar. Ese hombre se llamaba José Calvo Sotelo.

Sus amigos no ignorábamos que él se sentía plenamente consciente del peligro que le circundaba. Uno de nosotros, Joaquín Bau, lo escuchó así del tribuno al atravesar cierta tarde, en medio del aturdimiento, y de la inconsciencia de marras, la Gran Vía madrileña: "Esta gente no reaccionará hasta que a mí me maten." Era la profecía de su propio holocausto. Y el abajo firmante cuenta entre los mayores honores de su vida y entre sus recuerdos más emocionados, aquellas visitas que muchas noches me hacía en mi despacho de la Dirección de A B C Calvo Sotelo, acompañado de sus fieles discípulos y colaboradores Andrés Amado, Joaquín Bau, Salgado Biempica, Zunzunegui—¿te acuerdas, Luis?—, etc. Es de evocar, porque pertenece a la pequeña historia; y la pequeña historia suele ocultar e! órgano motor de los grandes hechos trascendentales, lo siguiente: alta noche del 16 de junio de 1936. Hacía pocas horas que aquel siniestro jefe del Gobierno republicano, llamado Casares Quiroga, anunciaba a Calvo Sotelo desde la cabecera del banco azul su inminente asesinato al endosarle, en efecto, toda responsabilidad de lo que sucediese en la calle en cuanto se derramara la sangre de un ciudadano adicto al Régimen. Era tanto como pregonar la cabeza del tribuno, monárquico. Y la visita de aquella noche a la Dirección de A B C tuvo- para mí una emoción singular, porque en un discreto aparte me dijo Calvo Sotelo lo siguiente: "Ya comprenderás

que después de lo que ha dicho esta tarde Casares en el Congreso, mi vida está pendiente del menor ´incidente callejero, auténtico o provocado por ellos mismos, y yo quisiera que tú, que estás en el periódico hasta el amanecer, me advirtieras inmediatamente de cualquier , suceso de esta especie, para, que no me sorprendan desprevenido las represalias, aunque creo que todo será inútil, porque me considero sentenciado a muerte." Este mismo encargo me fue reiterado a lo largo de aquel escaso mes que medió entre el 16 de junio y el 13 de julio en las diversas ocasiones en que Calvo Sotelo venía a A B C, solo o acompañado por amigos íntimos para comentar los últimos y siempre trágicos sucesos del día. Aún en la noche del sábado 11 de julio, antevíspera de su asesinato, estuvo en mi despacho y me repitió la consigna inolvidable. Pero la fatalidad dispuso que la noche del domingo 12, en que cayó muerto a balazos, en la calle de Augusto Figueroa,el teniente de Asalto. Castillo, yo no me encontrase en ABC, por ser domingo y, por tanto, día de descanso en el periódico. No pude cumplir su encargo, que era para mí un mandato sagrado. No pude advertirle a tiempo, porque yo mismo lo ignoraba, de que ya se había producido el crimen. previo y, seguramente provocador, para asesinarle inmediatamente a él. Se ha repetido muchas veces y yo suelo invocarla todos los años en este aniversario la cita de San Pablo de que "sin sangre no hay redención". Estaba determinado por Dios el sacrificio de Calvo Sotelo, como verdadera génesis fulminante del glorioso y fecundo Alzamiento Nacional.

Invoco estos antecedentes aun lamentando la ineludible tangencia que tienen con mi modesta persona, porque me sirven como argumento de que Calvo Sotelo renovaba cada mañana, y yo cada noche era testigo de ello; su conciencia de mártir, su firme resolución de serlo, su inquebrantable propósito de llegar hasta la última consecuencia de su combatividad contra la República; a la que había aborrecido desde su origen mismo y con |a que no transigió´ jamás, ni aun en los momentos en que la República parecía vestirse con la piel de cordero consabida. Todas sus. cautelas, prudencias y precauciones humanas, pero, además, gallegas, porque en la raza galaica no se suele dejar nada a la improvisación ni al albur de las. contingencias; todo ello no sirvió para nada en la heroica batalla sostenida por Calvo Sotelo. "La gente no reaccionará mientras´ no me maten a´ mí", como le dijo a Bau. "Estoy sentenciado a muerte". como me dijo a mí. Y, sin embargo, cada día, cada tarde "se hacía más tremante y más encendido su verbo en aquel escaño del Congreso sobre el cual convergían en impúdica tromba las groseras imprecaciones, los insultos procaces, las amenazas cínicas de una mayoría reclutada entre forajidos y pistoleros. Todo inútil. Calvo Sotelo erguía cada tarde sus anchos hombros de gigante de la Historia, trémulo de ansiedad por salvar a España de tanta vergüenza y de tanto crimen. Sí; aquel hombre sabía muy bien lo que se hacía. Aquel hombre sabia que le iban a matar.

Lo que acaso no sabía es que al jugarse la vida estaba realizando su mejor obra ante la cual empalidecen todos sus desvelos de hombre estudioso, de inteligencia privilegiada, de estadista, de ministro, . de gobernante. Fecunda , lección de históricas consecuencias, porque no está mal que los pueblos tengan siempré un asidero de esperanza al que agarrarse en las horas desesperadas como a un áncora que les salve del naufragio. En aquella hora trágica de España .ese asidero se llamó José Calvo Sotelo. Y el áncora de salvación fue su muerte, a un tiempo gloriosa é infame. Porque por una vertiente, la de la´ víctima, su sacrificio fue sublime e impar, pero por la vertiente de los victimarios el crimen de Estado perpetrado en Calvo Sotelo a la lívida luz de la madrugada, en la calle de Velázquez inauguraba, como ha ´recordado el Caudillo Franco varias veces, todo un sistema y toda una escuela de delincuencia común, de ejecuciones desde el Poder . aplicadas a la política. Calvo Sotelo sabía que su vida era el precio inicial de la reacción de España en defensa de sí misma y, por clave, de todo el Occidente...

Luis DE GALINSOGA

 

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