Autor: J. R. A.. 
   Dos años, dos épocas     
 
 Pueblo.    21/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

DOS AÑOS, DOS ÉPOCAS

Ni quiere ni debe nuestro diario sustraerse al co-mentarlo sobre el segundo aniversario de la muerte de

Franco, convertido —incluso por quie-nes le rodeaban, desde su propia intimidad en tema polémico en la

reciente historia de España. Sólo han pasado dos años desde su muerte, y es como si hubieran transcurrido

políticamente varias décadas desde que su cuerpo exánime era trasladado desde el palacio de Oriente

hasta el valle de Cuelgamuros. El hombre que tuvo la previsión de construirse su propio y grandioso

panteón, como un Felipe II del siglo XX, representaba, pese a cuanto se proclamaba, una política

personalista, y era como si toda la pirámide de nuestra existencia política gravitase sobre el propio

vértice, con lo cual y al faltar éste era inevitable que se desplomase la laboriosa y no sólida fábrica

política así construida en varias décadas. ¡Pero cuidado, porque cuarenta años de vida española no sé

miden en unas líneas ni se valoran con una pirueta! Hay no una sola figura de Franco, sino varias a lo

largo de esas décadas. La primera es la de una guerra civil, a la cual sucede otra mundial muy cruenta, y

la segunda aquella otra etapa que desde Katyn a Potsdam, y pasando por Yalta, desemboca en la «guerra

fría» de los años 50. La España que no había intervenido en la guerra se salva entonces de algo que pudo

haber sido tan fatal para las derechas como para las propias izquierdas: la vuelta atrás y la reversión de

una victoria militar, que en aquellos momentos y con o sin intervención de las potencias, no se hubiera

resuelto o saldado sin otra guerra civil, secuela gravísima de la primera. Si tras nuestra propia guerra, que

hicimos entre todos y de la cual todos también fuimos autores y cómplices, España se salva de intervenir

en la mundial, una parte del mérito se debe a Franco casi exclusivamente. Pero el desdén al pluralismo y

en cierta manera al mundo intelectual hizo baldíos algunos meritorios esfuerzos. Se gobernó como se

pudo, sin grandes y solitarias voces que, ¡ay!, clamaban en el desierto. El poder ciega, y el poder absoluto

ciega absolutamente. Después llega la larga y difícil paz, que va desde el primer golpe de Praga en 1948

hasta la ley Orgánica desde la ley de Sucesión hasta los efectos pacificadores del Concordato con el

Vaticano y el pacto con Norteamérica, y se extiende así desde 1947 hasta 1967. Son los veinte años en

realidad fecundos de la amarga paz española, cuando desde la carencia de infraestructuras políticas

entramos en un desarrollo económico que, casi como un milagro, saca al país de la miseria. Pasamos en

dos décadas de la alpargata al 600, del botijo a la nevera, de la vieja radio a la televisión mientras el

turismo nos enriquece y la emigración nos desertiza, al tiempo que de nación agraria pasamos a serlo

urbana e industrial, indiscutiblemente. Gobiernan y administran las derechas, que sin saberlo ni sentirlo

van creando las condiciones de vida y la indispensable clase media y obrera para que un día sea factible

un triunfo desde las urnas del centro moderado y de las izquierdas. Porque aquella España de antaño sólo

podía ser, y lo era desde antes de Fernando VII, pueblo misérrimo entregado a la exasperación y a la

miseria. y apto, por tanto, para las guerras civiles y las dictaduras turnantes, progresistas muy pocas

veces, reaccionarias casi siempre. Con Franco cambiaron en España la política, la economía, la sociología

y, desde luego, el equilibrio de las clases y de los medios, con un campo vacio y unas ciudades repletas.

Nos hicimos más europeos de lo que éramos, y nos desbalcanizamos aceleradamente. En otras palabras:

se hizo posible la democracia, cuando oficialmente se proclamaba lo contrario, a veces con escaso

convencimiento. Y al ser más europeos pudimos un día ser demócratas, cuando el botijo y \i alpargata son

dos recuerdos para los turistas y no una forma de existencia. Después llega la cuarta época de Franco —la

que Tamames ha llamado «Era»—, que pudo haber desembocado en una democracia organizada desde el

Poder, pero que se esterilizó con la involución desde la ley Orgánica y con aquellos «25 años de paz» en

los cuales no se tendió la mano al adversario vencido, como se debiera. El régimen, que pudo

evolucionar, se petrificó en su misma sustancia, acaso porque el hombre de quien debiera partir el

impulso ya tenía la inevitable esclerosis de sus propias ideas. Quedamos desde 1967 hasta 1975 como

congelados en el tiempo, más aislados de Europa que en la época de los intentos de acercamiento de

Castiella, sumidos en un integrismo sólo compensado con los efectos, indiscutiblemente beneficiosos, de

la ley de Prensa que rompe con la de 1938, que fuera como un grillete para las ideas. Fue la Prensa la que

inició el cambio, haciendo recordar aquella frase de Narváez, segiin la cual «no basta con detener

periodistas, habría que fusilarlos». Se fusiló a un diario y a varias revistas, pero las ideas salieron a flote

sin que fuera posible detenerlas. La España de Franco dura hasta 1975, pero desde 1969 estaba inerte.

Precisamente cuando el nombramiento de sucesor permitía todas las esperanzas, pero la sucesión efectiva

no se hizo a tiempo. Acaso porque desde la cumbre del Poder no se practicó aquella excelente máxima del

general De Gaulle de «dejar las cosas antes de que las cosas nos dejen a uno». Sencillamente, se perdió la

década que ahora tenemos que estar ganando aceleradamente. Por eso, y al revisar la era de Franco,

surgen en ella los balances positivos y los negativos; los grandes errores, como la involución, y los

aciertos, como la neutralidad o´el desarrollo, o algunas leyes que no llegaron a regir desde 1967. El mayor

acierto de Franco fue no meternos en el gran avispero mundial de 1939-45, y el segundo, el

regeneracionismo tipo Costa —regadíos, fábricas, caminos, escuelas—, que nos permitieron salir de la

vieja y plurisecular miseria. Pero porque Franco era el eje de todo su mundo dejó de existir en cuanto el

eje faltó un 20 de noviembre, aunque muchas vueltas ya se dieran antes en el vacío, y no desde el acierto.

Así dejó su sistema de tal manera desasistido de entusiasmos, que un 18 de noviembre de 1976 la reforma

la hicieron sus propias Cortes orgánicas, que sólo lo eran desde la apariencia y sin convencimiento. Desde

el régimen se cambió al régimen, sin que faltaran ni el ímpetu del joven Monarca ni el propósito de su

Gobierno, ni las manifestaciones del pueblo, ni tas incitaciones de la Prensa, España quería vivir de otra

manera, y en dos años lo ha hecho sin barricadas y sin batallas, sin mártires y también sin héroes. La

democracia ha surgido como las hojas en la primavera, cuando el sol calienta al árbol que parecía helado

y viejo. La voluntad de cambio, en sólo dos años, nos ha convertido en una más de las democracias

europeas. Con serenidad y sin pasión, sin remover viejas y no cicatrizadas heridas, hemos querido hacer

este comentario al hilo de una efemérides. Sin condenas excesivas y pasionales, que conlleven una carga

de incomprensión o de ceguera, y sin estériles elogios, que nos hagan mirar atrás y convertirnos en

estatuas de sal de algo que nunca volverá, porque la Historia es como los ríos, que jamás retornan al lugar

donde nacieron. La Historia, que es el supremo e inapelable tribunal de los hombres, hará el resto. Dos

años después de Franco, España es como debiera, y no como algunos quisieran que fuese. La ha

impulsado la Monarquía, la ha conducido el Gobierno y, sobre todo, la ha querido así el pueblo. El resto

del balance, hágalo cada cual desde sus ideas y su conciencia.

R. A.

 

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