Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   Extranjería política     
 
 El Alcázar.    04/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

CRÓNICA DE ESPAÑA

EXTRANJERÍA POLÍTICA

LA inserción de Salvador de Madariaga en el pensamiento de la moderna escuela

historiográfica española, no constituye ninguna novedad. El suyo es uno de los caminos que

inaugura el esfuerzo titánico de Menéndez Pidal. En tal sentido, debemos reconocer

consecuencia ideológica a «El auge y el ocaso del Imperio español en America». No es un libro

de descubrimiento. Pero sí de clarificaciones. Aconsejo que se lea con atención, pues la

actualidad política de la historia imperial del pueblo español resulta incuestionable. Cuando, por

ejemplo, fenómenos políticos de separatismo, nacidos en el siglo XIX al socaire de intereses

imperialistas ajenos, se proponen hoy como exigencias remontables a tradiciones nacidas nada

menos que en el siglo XII, parece aconsejable la zambullida de los políticos en el estudio de la

historia. No vayan a tener que lamentar luego, como Tito, el no haber aprendido Historia a su

debido tiempo. Insuficiencia esta que no pagan los políticos, sino los pueblos. Madariaga, y

esto es lo que hoy me interesaba subrayar, confirma que el origen de los fenómenos

independentistas en los virreinatos de nuestro Imperio, deben buscarse en los movimientos de

disidencia resultantes de la ruptura espiritual que se produce en España con la Guerra de

Sucesión y el cambio de dinastía. Con ese cambio irrumpe el absolutismo racionalista, cuyos

mas influyentes teóricos serían Montesquieu, Vortaire y Rousseau. Tampoco es desdeñable la

alusión a la influencia que en el sesgo de los acontecimientos tuvieron las tres cofradías, a

saber: judíos, francmasones y jesuítas expulsados. A partir de los comienzos del siglo XVIII, en

definitiva, se plantea en toda su dramática dimensión el problema denominado de fas dos

Españas. que no es, como se pretende, entre la derecha y la izquierda, sino entre la conciencia

nacional heredada y la conciencia elitista importada. Las vías de la importación hemos de

buscarlas en las tres cofradías de que habla Madariaga. A través de ese triple rastro podrán

explicarse las diferencias entre los diversos separatismos decimonónicos y por qué hasta la

aparición de ETA, criatura marxiste, Guipúzcoa y Vizcaya muestran comportamientos

ideológicos diversos en el fenómeno nacionalista. Todo lo anterior, de otra parte, podría

integrarse en un desarrollo de la inteligente respuesta que José Bugeda ofrece a los dientes

extranjeros que vienen a buscar a España, en el bosque exótico del postfranquismo, la

mariposa liberal. Nosotros, en efecto, inventamos el término liberal. Pero, tiene razón Bugeda,

lo que en el mundo racionalista entienden por liberal en nada se parece a lo que los españoles

queremos significar cuando usamos dicho vocablo. La cosa se complica aún más al descubrir

que nuestras clases dirigentes intelectuales y políticas asumen el lenguaje de ese mundo

racionalista a que pertenecen los clientes de José Bugeda. Ahí reside la clave del permanente

desentendimiento entre esa clase y nuestro pueblo, y también la razón de que después de

iniciar en común determinados procesos revolucionarios, no tarde en marchar cada cual por la

andadura natural de su consecuencia histórica. Es curioso que esas clases dirigentes hayan

clasificado como liberal al bando isabelino de las guerras carlistas y como absolutista al bando

roquete. Se trata a todas luces de una clasificación planteada desde la perspectiva europea.

Desde la conciencia del fronterismo español, los absolutistas eran los llamados liberales,

mientras los otros defendían valores tan distantes del absolutismo como son las viejas

libertades forales. Madariaga y Bugeda nos sitúan ante una cuestión gravísima: confirmar que

el problema de fondo de la actual coyuntura política nacional sigue siendo el mismo que

emergió con el cambio de dinastía en 1700. Lo acaba de poner en evidencia el Congreso del

Partido Carlista, cuya denominación comienza por constituir una aberración desde la lógica del

tradicionalismo. En 1968 sostuve en Roma una larguísima conversación con Carlos Hugo de

Borbón. Creo que le ha sucedido con el tradicionalismo igual que a los clientes de José Bugeda

con el liberalismo: ha interpretado en clave racionalista europea, en dialéctica de la Sorbona o

de la Ecole Nórmale, el sustrato comunitario y fronterizo del foralismo. En vez de abordar una

proyección moderna del viejo espíritu de libertad inserto en la conciencia nacional española, ha

convertido el tradicionalismo en socialismo autogestionario, en el marco del intento intelectual

de la burguesía europea de aguar el marxismo. La natural desviación extranjerizante que

Carlos Hugo hace del tradicionalismo, es tan extraña a su esencia como la versión absolutista o

conservadora de un sector del tradicionalismo que se cree custodio de la ortodoxia. Pero no es

exclusiva del carlismo esa doble desviación. La encontramos también en la diversidad de los

grupos que se atribuyen la ortodoxia falangista. Y, asimismo, en el pujante renacer de las

instancias anarcosindicalistas, fruto también de intentos espontáneos de adaptación de la

conciencia nacional española a la realidad moderna. Este reiterado choque de tos dos Españas

por debajo de las etiquetas y de los engañosos formalismos políticos, fue captado por Marx,

aún cuando se declarara incapaz de asimilarlo. Creo que los comunistas actuales, o algunos de

ellos, han profundizado más objetivamente que los otros sectores políticos ideológicamente

extranjerizantes. Y ello explicaría el juego peculiarísimo de Canillo, cuyo mayor temor reside en

la percepción del rebullir creciente de esas instancias populares, que amenaza con desbordar

nuevamente al PC E, pese a su actual poderoso entramado organizativo. El eurocomunismo

táctico de Camilo difiere de sus homónimos europeos en la necesaria aceptación de la

diversidad neta del fenómeno político español. Lo cual le lleva a desarrollar una estrategia de

absorción de la espontaneidad popular, vitalmente antimarxista, desde el temor permanente a

que el comunismo derive hacia formulaciones autogestionarias y salte desde ahí a una eclosión

neofronteriza. Ello supondría la completa destrucción de los esquemas marxistas y la

materialización de lo que, a través de desarrollos normales, sería la desembocadura común de

tradicionalismo, del nacionalsindicalismo y del anarcosindicalismo. Cuando el actual proceso

político español lo proyectamos sobre el telón de la Historia, se descubre enseguida su

artíficiosidad, su malformación congénita y, en consecuencia, su inviabilidad. El desfile de los

dirigentes políticos por las pantallas de televisión recuerda, en efecto, los intentos de

representar el teatro griego con señores vestidos a la usanza actual. A la clase política

española sólo le falta el paleto.

Ismael MEDINA

 

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