Autor: Valero Bermejo, Luis. 
   Otra manera de ver la historia     
 
 El Alcázar.    05/11/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

OTRA MANERA DE VER LA HISTORIA

La reconcialiación nacional es un bien que los hombres del 18 de julio no hemos despreciado jamás. Por

el contrario, ha sido un objetivo deseado y perseguido, y prueba de ello es el actual espectáculo de la

política española. Los que hicimos la guerra, luchamos en campo abierto, buscando una victoria que fuera

para todos. Personalmente puedo decir que. en Zaragoza, licenciado en octubre de 1939, me dediqué a

servir a la juventud sin distinciones, ni matices, más bien con más entrega para quienes eran hijos de los

adversarios derrotados y a reincorporar al trabajo a combatientes de los dos bandos. Más tarde, en

Guipúzcoa, como delegado de Sindicatos, traté de constituir un sindicalismo integrador, sin odios de dase

y, menos, de orden político. Quienes durante veinte arios dedicamos toda nuestra vida a fundar el Estado

Nacional del 18 de julio, nunca dudamos de que la reconciliación se había conseguido, y porque no

fuimos exclusivistas, nuestro afán de sumar esfuerzos y voluntades, nuestro respeto al hombre, nos llevó a

no exigir del Estado una congruencia política totalitaria. Valorábamos equivocadamente e) peso de tanta

sangre derramada, de tanto sacrificio impuesto por quienes desde fuera pretendían asediamos, bajo el

estímulo de los derrotados. No pretendíamos ser dogmáticos, es más, lo considerábamos innecesario. El

consensos nacional surgió de forma evidente, decaída toda resistencia exterior e interior, en los años

cincuenta. Así fue como el poder del Estado, la utilización de sus resortes y de sus medios, fue a parar a

manos de jóvenes generaciones, que no habían hecho la guerra, y bastantes de sus componentes con una

inequívoca hostilidad hacia el Movimiento, que se expresaba en público, y operaba desde el propio Poder.

Ni fuimos obstáculo para nadie, para que en la Universidad accedieran a las cátedras personas de

reconocida hostilidad hacia el régimen. Ni vetamos, en el sindicalismo nacional, nombres acreditados por

sus antecedentes libertarios o premarxistas. En treinta y cinco años, solamente se celebró un Congreso del

Movimiento, o de FET y de las JONS. En el año 1953, y repasando hoy sus conclusiones, es fácil deducir

que nuestras aspiraciones en el orden político eran la de soldar fracturas en la sociedad nacional sin

pretender el monopolio, ni muchísimo menos, en la Administración del Estado. Los servicios o

Delegaciones del Movimiento, nunca suplantaron la autoridad estatal; su misión fue siempre la de

secundar los objetivos de Patria, Pan y Justicia establecidos como fines indeclinables del Estado, desde la

publicación en plena contienda del Fuero del Trabajo. El «arco constitucional», el conjunto de ideologías

que sustentaron durante cerca de cuarenta años al régimen, no excluyó más que a los activistas marxistas,

y después, con el transcurso del tiempo, a los aliados de éstos en las acciones, instrumentadas siempre

fuera de nuestras fronteras, con notoria impunidad de sus actos tipificados en bastantes ocasiones en el

Código Penal, reformado y sin reformar. Seguro estoy que su número no superó las dos mil personas.

El talante de los sucesivos ministros del Movimiento, Fernández Cuesta, Arrese, Solís y, finalmente, y en

cortísimo período. Herrero Tejedor, distaba sideralmente de toda aspiración al control político efectivo y

práctico para la imposición dogmática de un estilo o de una disciplina. En muchísimas ocasiones se ponía

de manifiesto que eran otros ministros los que, ante planteamientos claros de repercusión política,

terminaban por imponer sus criterios, que casi todos, con lealtad hacía la unidad integradora, acatábamos.

La variedad de «corrientes» que circularon a lo ancho y a lo largo de nuestro suelo durante todo este

tiempo, fueron variadísimas. Una estadística de los altos cargos de la Administración del Estado y de las

Diputaciones y Ayuntamientos importantes, y de su filiación política, haría enrojecer a quienes, aún hoy,

nos siguen atribuyendo el monopolio político de una etapa histórica, que es inútil tratar de borrar, de

alancear villanamente, como si de « moro muerto se tratara ». Hoy surgen como hongos los « reprimidos.

Los « pretextos» que se escuchan en justificación de su enanismo resultan ridículos, infantiles,

vergonzosos..., parece que hablan en broma. No se sabe si reaccionar ante ellos con la carcajada o con el

desprecio, aunque haya momentos que, con envidia, se recuerda con nostalgia las «ayudas» justicieras de

Jehová, con sus Angeles Extermina-dores. Pero bien sabemos que no estamos en los tiempos del Antiguo

Testamento. Y, por eso, resulta más adecuado sonreír. Y con esta referencia no quiero extender ni mi

comentario a la paradógica conducta de la Iglesia española, que nos criticó durante veinte años por

nuestros «excesos de comprensión» y, después del Vaticano II, nos colocó en la picota, pasándose de

bando, con mitras y báculos...

Luis VALERO BERMEJO

 

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