Autor: García Serrano, Rafael. 
   Autoridad ¿para qué?     
 
 El Alcázar.    07/09/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

AUTORIDAD ¿PARA QUE?

MARTES, 6 DE SEPTIEMBRE.— La crisis de autoridad que ya en este mismo momento bate

famosas plusmarcas históricas dentro de nuestra peripecia nacional, no se funda solamente en

la resurrección de los demonios familiares, muy vitaminizados además, sino en el escaso

calado político de las gentes que al parecer nos gobiernan —sin que nadie pueda asegurarlo a

menos de faltar a la verdad— y en la mediocre condición de todos los que esperan

gobernarnos, concentrados o no. Con alguna notable excepción científica —y sin que tal

condición por fuerza avale no solamente un carisma político, sino simplemente la capacidad de

traducir en método administrativo una gran calidad y cantidad de conocimientos— si se repasa

la lista de los hombres del gabinete Suárez, se advierte que su masa gris sirve más para indicar

el colorido de sus trajes de otoño que para dirigir el Principado de Andorra, entidad cuya

administración me parece a mí sensiblemente más sencilla, políticamente hablando, que la de

España. En este sentido el tercer Gobierno de Su Majestad —de los otros ya ni me acuerdo—

ha superado la escasa personalidad de algunos ministros republicanos que se hicieron

vehementemente populares a causa del viento que llenaba sus cabezas. Releer los juicios de

don Manuel Azaña sobre el jacobino don Alvaro de Albornoz equivale a examinar una

radiografía del equipo Suárez. Malo es el Gobierno y es lógico que haya rumores de crisis,

porque lo que el paisanaje espera es cambiar de hombres por ver si se cambia de suerte. Los

repuestos que ofrece la Cámara son también de baja calidad, como de "todo a 0,95", con

algunas figuras de mayor talla — pongamos un durito— que apenas si alcanzan el número

suficiente para organizar una partida de mus, pero jamás un Gobierno. Toda solución dentro

del protocolo habitual en los usos democráticos no creo que mejore la calidad del posible y

futuro Gobierno. ¿Habrá que recurrir a elecciones antes de haber hecho esa misteriosa

Constitución que se elabora en la chocolatera de no sé qué comisión muy sonriente? Por bajo

que fuese el nivel mental —político, se entiende, que el profesional puede ser alto, desde la

cátedra al negocio— de las Cortes resultantes de una nueva consulta popular, siempre sería

mejor que el de las actuales, y, acaso, con suerte, pudiera apañarse un gobiernillo tan eficaz

como aquel inolvidable que formó don Ricardo Samper, que al lado de Suárez me parece un

gobernante de la taifa de Cisneros. Lo cierto es que con el tercer Gobierno de la Monarquía, las

cosas van muy mal y es seguro que de perdurar irán a peor. El Gobierno carece de autoridad

en absoluto, mendiga patéticamente por los barrios extranjeros y suele cosechar sonrisas en el

mejor de los casos. La democrática obediencia de los partidos, de los sindicatos, de los

municipios, de las provincias, de las regiones, de los ciudadanos, y no digamos de las recién

descubiertas nacionalidades a la autoridad gubernamental es prácticamente nula. El español es

duro a ia obediencia si no se siente bien mal dado. Y esto no es un tópico, sino algo bien

analizado por García Morente: "La virtud de la obediencia —escribió en su "Idea de la

Hispanidad"— no será´ fácilmente practicada por el español cuando el jefe a quien deba

obedecer no tenga en su persona cualidades reales, individuales, que lo impongan

naturalmente como jefe. El español se somete con gusto y entusiasmo a otro yo real en quien

perciba fuerza, energía, poder de mando, dureza y superioridad de carácter. No se inclina ante

la autoridad puramente metafísica de un concepto". Se comprende así que sólo en pura

metafísica pueda decirse que España posee un gobierno y que éste, a su vez, tiene autoridad.

Sobre el concepto de autoridad en la España de hoy cuelga un letrero que dice "Se alquila" o

"Se toma", o "Se necesita", o "Agotadas todas las existencias". Lenin dijo aquello de "Libertad,

¿para qué?" y Suárez ha debido confesar a sus colaboradores "Autoridad, ¿para qué?".

 

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