Autor: Paso Gil, Alfonso. 
   ¡Qué diluvio tan formidable!     
 
 El Alcázar.    27/07/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

¡QUE DILUVIO TAN FORMIDABLE!

Recuerdo con alguna emoción a un matrimonio amigo mío que se gustaban hasta los huesos.

Ponerle uno la mano encima a la otra y empezar ella a tiritar de limpio deseo, era cuestión de

un segundo. Tenían un dañoso inconveniente: él era un ardiente comunista y ella una

franquista consumada. Se trataban en discusiones políticas hasta que la mujer, despojándose

del vestido, decía: — Esto lo arreglo yo ahora mismo, Pepe. Vamos a ponernos de acuerdo.

Desde el "consumatum est" de las Cortes inorgánicas hasta la fuga de capitales, la instalación

de los ETA extrañados en sus ciudades natales, para que dejen de extrañarse, todo me resulta

agreste y repulsivo. Por lo tanto voy a obrar como la señora, en otro aspecto. Por hoy no quiero

hablar de política. Voy a hablar de teatro. Pero, naturalmente, no de ese teatro de cachivacheo

al que tan bien le va el colmillo político y que debe su éxito, principalmente, a la Ley de

Reforma que se bautizó en las Cortes franquistas, sino a esa otra cosa que se llama teatro y

que, en ocasiones, contiene humildes mensajes o previene al espectador sobre parcelas de la

vida contemporánea que son más o menos interesantes. El mejor espectáculo que se ha

montado en España desde hace muchos años se llama "El diluvio que viene", una fábula de

mis grandes amigos italianos Giovannini y Garinei, que se representaba en un gran teatro de

Madrid con la estupenda veteranía de Franz Joharn, el talento de Lía Ulla, el encanto de María

Elias y Josefina Güell, la simpatía de Manolo Zarzo y la auténtica y asombrosa interpretación

de Lorenzo Valverde, tenor al que auguro éxitos muy importantes. No soy crítico y en su día mi

compañero Manolo Diez Crespo hizo la crítica, cumplidamente elogiosa de "El diluvio que

viene". Lo que ocurre es que me he ido a ver por segunda vez esta pieza mágica que ha

montado sobre el escenario el ardimiento de los hermanos Riba, y me he puesto a pensar y a

pensar. Porque es, sin duda... ¡Y por fin!... la pieza más cristiana y occidental que se ha

estrenado en nuestros escenarios. Porque es una obra de arte de una categoría tal que pasma

y confunde. Porque ese diálogo entre el párroco humilde sujeto a la debilidad humana y el

propio Dios, tiene tal sentido del humor, tal gracia y tal carga de humanismo bien entendido que

a veces le deja a uno sin habla. Porque en esta obra se elogia a la colectividad sin hacer

demagogia; se habla de un sexo limpio y sincero, nadie se desnuda. Y para colmo, en esa

Eucaristía final, cuando el sacerdote pide que Dios baje a la mesa en donde todo el pueblo está

celebrando el final del diluvio, una paloma cruza el patio de butacas y se posa en el respaldo de

una silla. ¿Saben ustedes lo que hizo el público? Ponerse de pie, gritando "bravo". Y yo me

conformé porque todavía somos cristianos, todavía nos emociona esa llegada del Espíritu

Santo, que es la llegada de Dios a compartir el dolor y la alegría de los hombres. Los

escenarios rodantes o girarnos prestan a la obra un dinamismo y un encanto como pocas

veces se ha visto en España, y el mensaje con la burla implacable del Cardenal gigantón que

todo se lo sabe y que no admite la comunicación de un párroco a quién Dios ha hablado por

teléfono está tan claro, es tan bellamente cristiano que me atrevería a decir que dentro de un

rearme ideológico que los humanistas cristianos podemos exhibir frente al materialismo ateo,

es ésta una pieza de cabecera y sensacional. Sensacional por su arte y también porque el

lenguaje que utiliza, su dialéctica, es tan positiva, tan pura, tan bella, que uno sale del local

confortado, entre otras cosas porque ve que sus compatriotas no han dejado todavía de creer

en Dios. Esto es, precisamente, lo que podemos oponer al marxismo leninismo triunfante en

casi toda Europa. Esto es, precisamente, lo que podemos decirle al mundo: Dios está con

nosotros, baja a nuestra mesa. El ser humano está en dependencia de Dios. Y ese Dios

misericordioso y omnipresente, nos salvará tarde o temprano del "diluvio que viene". Algo

fantástico, fuera de la realidad cotidiana y marchita de nuestra escena, que o se dedica a pagar

"royalties" al extranjero, sin motivo, o se recrea en que algunas señoritas y ciertos gamberros

enseñen prácticamente la matriz y los conductos testiculares. Vayan a ver "El diluvio que

viene". Se sentirán nuevos, bañados de pureza, iluminados. Y verán que poco les apetece

después ver los desnudos que se representan en este Madrid de mis pecados.

Alfonso PASO

27 — JULIO— 1977

 

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