Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   Los peligros de presidencialismo     
 
 El Alcázar.    16/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

LOS PELIGROS DEL PRESIDENCIALISMO

ENTRE los libros sobre los que trabajo durante estas breves vacaciones agosteñas, esta

"Trayectoria de un sindicalista" de Ángel Pestaña. Se trata de la recopilación de los papeles del

que fue líder anarco-sindicalista y frustrado creador del Partido Sindicalista. Es interesante, el

analizar de unos años críticos de España a través de los escritos de Pestaña, especialmente si

éstos se cotejan con otros escritos políticos de la época. Pestaña no era un ensayista.

Tampoco un profesor o un funcionario de Cuerpo profesionalizado en la política. Era dirigente

nato de un movimiento popular español, cuyo hondo arraigo podría explicarse sobre todo en su

entronque, casi nunca reconocido, con una tradición nacional reiteradamente burlada desde la

invasión ideológica del absolutismo europeo. Sus escritos no podrían tomarse como

intelectualmente modélicos. En 1933, después del triunfo de las huestes de Gil Robles, en las

que Pestaña contemplaba el único peligro cierto de fascismo para España, escribió el dirigente

sindicalista: ´Tener una República gobernada y dirigida por un Gobierno cuyos componentes

tengan arraigado un profundo sentimiento monárquico es lo peor que puede haber".

Uno de los más dramáticos condicionamientos que ha solido tener la política española

moderna, ha sido precisamente la falsificación sistemática de las identidades: Durante las

guerras carlistas, los liderales eran realmente absolutistas y los pretendidos absolutistas eran

fueristas, es decir, profundamente nacionalistas y anticentralistas. La Dictadura del General

Primo de Rivera, no asumió definitivamente el signo fascista y su tiempo, bajo el que nació. La

Monarquía destruyó la Dictadura desde una mentalización republicana. La República se sintió

coronada. Los socialistas fueron siempre una enorme morcilla de cocina francmasónica. La

UGT fue una pastaflora burocrática, de la que se adueñaron ocho militantes comunistas, según

el relato despiadado de Enrique Castro Delgado, e indigna de integrarse en ninguna plataforma

auténtica de unidad sindical, según proclamaba Pestaña... Me temo mucho que ahora esté

sucediendo algo muy parecido a lo que Ángel Pestaña condenaba de la República. A juzgar por

lo que se escucha en las Cortes, lo que dicen los dirigentes de los partidos y lo que se lee en la

prensa, la democracia suarecista tiene en su composición parlamentaria una indudable mayoría

republicana. ¿Una Monarquía, entonces, con espíritu republicano? En realidad, el

presidencialismo de Suarez no sólo trasciende a la estructura orgánica de la UCD. El

crecimiento de la "conciencia presidencialista" estimulada desde casi todas las plataformas de

la democratización a cualquier precio, reduce progresivamente el aura que la Corona precisa,

al menos en España, para la perdurabilidad de un imprescindible sentimiento popular

monárquico. Si la Monarquía española debiera confiar en la "clase política", mal porvenir habría

de augurársele. La Monarquía como fundamento de la unidad nacional, se consolidó en

España a través de una ruda lucha entre los Reyes Católicos, apoyados en las autonomías

municipales, es decir, en el pueblo, frente a la aristocracia política de su tiempo. E incluso

cuando la Corona se había desligado del pueblo, tras su conversión al despotismo ilustrado,

siempre ha sido el pueblo el que la ha salvado en última instancia de la voracidad de los

cortesanos y los apetitos de la burguesía. En suma, de la "clase política". La exaltación

sistemática que determinados espacios políticos tradicional y visceralmente antimonárquicos

(los partidos marxistas, en particular) hacen del presidencialismo en la figura de Suarez, formar

parte de una actitud conceptual inamovible, si es que no de un plan metódicamente diseñado.

A este respecto sería interesante disponer del cesto taquigráfico o de la cinta magnetofónica

del encuentro que meses atrás tuvo Santiago Carrillo en París, en la sede de un semanario

español, con una serie de personajes del radicalismo francés. El tema de las autonomías está

sirviendo sobre todo para acrecentar el perfil presidencialista de la actual situación política

española. El Presidente Suárez se entrevistará otra vez con el Presidente Tarradellas, nos

informa con insistencia . los periódicos. El asesor del Presidente Suárez se entrevistará con el

Presidente de la Generalidad, informan los servicios de RTVE. Y así sucesivamente.

Mientras tanto parece desearse el alejamiento de la imagen del Rey hacia espacios limbescos,

similares a los reservados a la Corona belga, por ejemplo. Y eso nunca ha sido conveniente a

los intereses de la Monarquía en un pueblo cuyo sentido nacional del mando político es tan

peculiar y personalista como el español. Pero más grave aún resulta que todo esto se produzca

cuando el Presidente Suarez dice abiertamente en unas declaraciones ser partidario de las

autonomías y parece existir una clara voluntad de presentarlo como el artífice excepcional de

las mismas. Las autonomías tuvieron sentido en España cuando eran municipales y desde

éstas se engendraban con espontaneidad democrática órdenes superiores de asociación, que

casi nunca respondieron a delirios historicistas, sino a intereses objetivos y mensurables. El

Rey, ejerciente del Poder, era la institución que los forados se sentían unidos e identificados

para una empresa nacional a realizar en común. Por el contrario, las autonomías que se

propugnan ahora no son tales, sino meras instancias separatistas nacidas el siglo pasado en

espacios burgueses y a instigación de los imperialismos dominantes en el mundo de entonces.

Por su propia naturaleza, esas "nacionalidades" burguesas de la dispersión, creadas y servidas

por traidores a la unidad de España y al profundo concepto de la Monarquía, fueron siempre,

por ello mismo, contramonárquicas. La tendencia instigadora se aumenta ahora, cuando lo que

se pretende por las "nacionalidades" separatistas, y el Presidente del Gobierno parece

dispuesto a otorgar, es sencillamente la restauración formal de los Estatutos de la Generalidad,

o centralismo de Barcelona (1932) y del País Vasco o centralismo de Bilbao (1936).

Es decir, el Presidente del Gobierno, de confirmarse tales informaciones que publican los

periódicos, reconocería las reclamaciones de los presidentes de la Generalidad y del País

Vasco, cuyos orígenes y sentimientos son irreversiblemente republicanos. Sin perder de vista el

criterio del Partido Sindicalista de Pestaña en materia de autonomías, el tema merece ser

ampliado. Habrá ocasión para ello.

Ismael MEDINA

 

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