Autor: Kindelán Duany, Alfredo. 
   España y el Oriente Medio  :   
 María de Chipre, Reina de Aragón. 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 10. 

ESPAÑA Y EL ORIENTE MEDIO

María de Chipre, Reina de Aragón

CON dos medios de expansion casi únicos contaron los Estados medievales: las guerras y los matrimonios reales. Ni de unos ni de otros pudieron valerse las nacionalidades españolas para expansionarse en Europa, mientras duró el período álgido y heroico déla Reconquista, hasta la muerte de Almanzor, o quizá hasta la victoriosa batalla de las Navas de Tolosa. Hasta entonces, todas sus energías estuvieron polarizadas hacia la expulsión del suelo nacional del invasor sarraceno, incluida entre ellas la atención, de sus monarcas, que no podía distraerse asomándose a ventanales para mirar al resto del mundo. Por eso la exogamia en las relaciones matrimoniales fue flor tardía en las dinastías españolas, muy cruzadas entre sí.

Contadísimas fueron las excepciones, y aun estas no fueron a buscar lejos las novias, sino en pueblos cercanos: Aquitania-Inés; Borgoña-Cónstanza y Berta; Provenza-Dulce, y Toledo-Zaida.

Desde el comienzo del segundo milenio, aliviados los Reyes hispanos de los agobios de la Reconquista, pusieron sus o jos en princesas de países lejanos, llevados, a la. vez, por la necesidad de mezclar sangre nueva con la tan cruzada de las monarquías cristianas peninsulares y por el deseo de intervenir en grandes tareas universales que tácitamente "se reparten entre sí los dos grandes reinos: Castilla se orienta hacia el océano Atlántico, al otro lado del cual la espera un nuevo continente; Aragón se expansiona hacia Oriente, cruza el Mediterráneo occidental y se anexiona el reino de Sicilia. Las distancias ya no asustan a nuestros monarcas: Alfonso casa con una princesa polaca, Rica, y Alfonso VIII, con una.inglesa, Leonor.

Aragón, convertido en gran potencia marítima por ,obra de aquel magnífico conde soberano, Berenguer III, justamente llamado el Grande, se atreve a salir del continente europeo para ir a buscar una reina en la lejana isla de Chipre: de esta Soberana voy a ocuparme hoy. Me incitan a hacerlo mi afición a la biografía de damas que tanto han influido con frecuencia en la Historia, y que acredité en mi libro "Cuatro novias inglesas", y, sobre todo, la lectura reciente de un trabajo publicado por un erudito investigador de archivos, cartularios y cronicones: don Eugenio Sarrablo.

Al comenzar el siglo XIV ocupaba el Trono ,de Aragón un Rey culto, sabio, enérgico y emprendedor, Jaime II, al que hoy aplicaríamos los adjetivos de intelectual y europeísta. Este monarca quedó viudo el 14 de octubre de 1310 de la Reina Blanca úe Anjou, mujer de excepcionales dotes en todos los aspectos, incluso en el de la fecundidad, cualidad muy apreciada en las familias reales del medievo. El pueblo la llore y veneró su memoria, y el Rey quedó desconsolado, pues la quería con profundo amor. Tuvieron diez hijos.

Trató el Rey viudo de permanecer fiel a. la memoria de la difunta; pero no le fue posible a su temperamento y a su edad—cuarenta y tres años--. Sus consejeros palatinos así lo comprendieron, y

antes de que transcurriera un año comenzaron a buscarle .nueva esposa. Destacáronse entre los casamenteros los caballeros hospitalarios, residentes en la isla de Rodas, quienes propusieron como novia a una príncesa de la isla de Chipre, en la que, por entonces, reinaba un monarca, Enrique II, de la dinastía Lusignan, de origen francés. Este Rey era bien deferente del aragonés: apocado, enfermizo y temeroso de sus nobles, que lo tenían asediado y a veces preso, capitaneados por sus propios hermanos y ayudados por los caballeros templarios.

Al Rey Jaime, erudito, emprendedor y romántico, le pareció de perlas su enlace con una princesa oriental, que podría, además, traerle como dote dos coronas : la de Chipre y la de Jerusalén; pero su natural prudente le llevó a informarse antes de iniciar negociaciones de boda; y puesto que va. a poner de su parte un gran reino, se considera con derecho a imponer condiciones. Entre éstas figuraban : que la elegida fuese hermana y sucesora del Rey Enrique; que fuera bien afamada, buena y no mayor de veinticinco años; y que las dotes y arras fueran las correspondientes a su elevado rango. A Frey Juan de Licha correspondió la misión informadora, que desempeñó con gran discreción, .siendo la noticia acogida con agrado por la Reina madre de Chipre y por el mismo Rey. Este, sin embargo, puso el veto a que fuese elegida la menor de sus hermanas, Helvis, más joven y bella que la mayor, María, aduciendo como razón que no podía postergar a ésta en sus derechos sucesorios, siendo su más fiel consejera en todos los asuntos de Estado. Iba ésta a cumplir treinta y tres años, pero era bella, culta y muy inteligente.

En aquellos tiempos las dificultades de comunicación hacían se eternizaran las negociaciones; un año tardó el Rey Jaime en recibir la información de Frey Juan, y hasta mayo de 1313—ya con dos años y medio de viudez—no pudo enviar al Rey de Chipre,una Embajada pidiéndole la mano de su hermana María; la componían: el hermano natural del Rey, don Sancho de Aragón; el caballero Simón de Azlor, Veguer de Barcelona y de Valencia, y otras personas de categoría.

Estos embajadores llevaban la precisa instrucción de no presentar la petición de mano sin ver previamente a la novia y quedar satisfechos de su físico; precaución discreta en una época en que los matrimonios por poder se contraían sin que los novios se conocieran, ni aun por retratos o descripciones detalladas.

Muy agasajada fue "esta Embajada en Chipre, pero no lo fue menos por Jaime II la que envió Enrique II con la concesión de la mano solicitada de su hermana María, la cual Embajada traía, además, poderes para concertar el contrato matrimonial, en el que se fijaba la dote de María en 300.000 besantes (unos 6.000.000 de pesetas). El novio, en reciprocidad, le asignaba, en pleno dominio, las ciudades de Tortosa y de Morella, con sus términos. El insigne procer y noble caballero don Martín Pérez de Oro fue honrado con el encargo de marchar a la isla de la novia para contraer con ésta matrimonio, por procuración, en nombre de don Jaime; le acompañaban el notario Soler y otras personas de viso. El viaje de esta Embajada fue muy ´difícil; hasta el 15 de junio dé 1315—cuatro años de burocracia y viajes—Pérez de Oro no casó por poder con la princesa María, y con ella y un nutrido séquito, emprendió el viaje a Aragón, que duró cuatro meses y fue muy peligroso y molesto. Por fin, a fin de octubre fueron ratificadas las nupcias, con gran solemnidad, en 1a catedral de Gerona.

La nueva Reina entró llena de ilusiones en su nuevo Estado. También la recibió ilusionado su real esposo, pero mientras las de María eran puras y desinteresadas, en las de Jaime, con la parte sentimental se mezclaban aspiraciones políticas que podían tornar realidad en un hijo, que no acababa de llegar. A esta desilusión se unía otra de orden íntimo; la belleza de la mujer oriental se aja pronto; a sus treinta y cinco años habría ya, la recién casada Reina, perdido su lozanía: la morbidez de sus curvas", la firmeza de sus senos y la, tersura de su rostro. María se vio por ese doble motivo abandonada, y recorrió la escala dolorosa que tantas esposas han recorrido en sus vidas desdichadas: un primer año de mimos, caricias y asiduidad del esposo; otros dos o tres de trato correcto y afectuoso, y por fin, una separación paulatina y fatal de cuerpos y de almas.

Poseída la Reina de intensa nostalgia, se confinó en la soledad de su abandono, de lo que se resintió su salud y llegó a estar a punto de morir. Desde entonces, los esposos residían en distintas ciudades: ella en Tortosa, casi siempre, y él en Barcelona. Ella entregada .a obras de caridad y a prácticas religiosas, hasta que Dios se apiadó de ella, llamándola a su Gloria el 10 de septiembre de 1322. Esta virtuosa y desdichada Reina fue infeliz en Aragón tan sólo por no haber concebido un hijo. Como compensación histórica, también fue muy desgraciada una princesa aragonesa, Leonor de Aragón Ribagorzana, que fue Reina de Chipre un siglo más tarde.

Alfredo KINDELAN

 

< Volver